El siglo XIX en el escáner

Primeros resultados de la digitalización en la Biblioteca del Poder Legislativo

Palacio

Al entrar a la Biblioteca del Poder Legislativo (BPL) uno queda rodeado por altísimas y hermosas paredes de libros. La página web de la institución anuncia un “finísimo trabajo de carpintería” y eso es lo que uno encuentra al traspasar la puerta. El recinto aloja unos 250 mil libros. Además la Biblioteca posee 700 mil diarios y semanarios y 150 mil revistas, que se conservan en la Hemeroteca (en frente al Palacio, en el edificio anexo “José Artigas”). La BPL es la segunda institución en el país, en cantidad de ejemplares, luego de la Biblioteca Nacional.

Una importante porción del patrimonio letrado de nuestro Estado-nación se encuentra en la capital, en un área delimitada por la BPL, la Biblioteca Nacional y la Biblioteca del Museo Histórico (Casa Lavalleja) en la Ciudad Vieja. En Magallanes y Uruguay, a unas pocas cuadras del Palacio, está la Biblioteca de la Facultad de Humanidades con sus 100 mil libros entre los que se encuentran los que integraron la Biblioteca Ángel Rama y la colección Arredondo. Si uno tiene ganas de caminar un poco más, puede llegar a la Biblioteca Central de Educación Secundaria “Carlos Real de Azúa”, localizada en el Instituto Alfredo Vázquez Acevedo (IAVA). Desde allí hasta la Ciudad Vieja varias facultades, ministerios, museos, y otras tantas instituciones, públicas y privadas, tienen sus bibliotecas, y seguramente albergan en ellas distintos tesoros bibliográficos.

Muchas veces habrán oído hablar de la centralización de las infraestructuras en Montevideo (el ejemplo clásico son las vías del tren y luego las rutas nacionales). Algo similar ocurre con la cultura, específicamente con el patrimonio literario. La digitalización de libros y otros materiales no sustituirá la experiencia de entrar a una biblioteca, interactuar con el personal o con otros lectores ni la de manipular un objeto en tres dimensiones. Pero la tecnología puede facilitar algunos intercambios y fundamentalmente abrir el acceso a esas publicaciones fuera de la fortaleza de la ciudad letrada, en distintas partes del país y del mundo, al menos para quienes tengan acceso a Internet (que son muchos).

¡A digitalizar, a digitalizar!

El 21 de diciembre de 2015 Creative Commons Uruguay (CCU) y la BPL firmaron un convenio que ya tenía algunos antecedentes, como la digitalización por parte de la BPL y la Biblioteca Nacional de la primera Constitución uruguaya. El objetivo de CCU es favorecer la libre circulación de la cultura y el acceso ciudadano a las obras en dominio público. Concretamente, esto implica digitalizar y poner a disposición el acervo bibliográfico, y de muchos otros materiales, a través del portal autores.uy.

En el marco del convenio, y con el apoyo del Fondo Concursable para la Cultura, fueron digitalizadas 31 obras, la mayoría pertenecientes a la colección Camareta, luego de un proceso de selección liderado por la BPL. El conjunto de textos digitalizado es heterogéneo, en su mayoría del siglo XIX, con materiales relevantes para los estudios literarios, históricos, jurídicos y sociales.

La libertad de prensa

En lo jurídico se destacan el ensayo La prensa periódica (1857) de Facundo Zuviría y La prensa irresponsable (1883) de Anacleto Dufort y Álvarez. Ilustran la vigencia del debate sobre la libertad de expresión y de prensa en Uruguay, a la luz de los debates generados por la ley 19.307 que regula los servicios de comunicación audiovisual.

Zuviría, en 1857, reflexiona sobre la necesidad de moderar la libertad de imprenta para evitar los excesos y concluye que los delitos de insulto, ultraje, calumnia y difamación deben ser juzgados por la legislación civil o penal, sin tribunales específicos, pues entiende que al ser cometidos por vía de la prensa “agrava su penalidad por la publicidad” (pág. 158). Más de 20 años después, Anacleto Dufort y Álvarez expone la hipótesis opuesta: que la prensa debe ser declarada irresponsable frente a “los magistrados” y que esta idea debería consagrarse en la Constitución de la República (pág. 24).

Malditos unitarios

Además de este debate de actualidad, se digitalizaron materiales importantes para la historia de la literatura uruguaya como las dos obras vinculadas al período de Rosas (1829-1852): la obra de teatro Una víctima de Rosas (1845) del uruguayo Francisco Xavier de Acha y El Peregrino. Canto Duodécimo (1846) del argentino José Mármol. Estas obras pertenecen a un período riquísimo de nuestra historia literaria: la introducción del romanticismo por parte de los argentinos unitarios que huyendo de Rosas se exiliaron en Montevideo y tuvieron una importante actividad político-literaria.

A ese público antirosista estaba destinado seguramente la obra de De Acha. En la primera página del impreso se hace constar que el gobierno (de Rivera) publica la obra a causa del éxito que tuvo y las opiniones favorables que recibió. El tono de Mármol es patriótico y hace referencia al “infortunio del proscripto”. El poema está plagado de citas a Rosas, que incluso son explicadas luego en notas a pie de página. Además de El Peregrino José Mármol escribió y publicó otras obras en Montevideo: las piezas de teatro El poeta y El cruzado (1842) y un libro que recoge sus poemas sueltosArmonías (1851). La obra de Mármol es un ejemplo cabal de que si hay algo “nuestro” en la literatura uruguaya (y en la porteña) del siglo XIX, es que es rioplatense.

Miscelánea

Para los interesados en la historia de la literatura y el arte hay dos textos vinculados al cuadro de Juan Manuel BlanesÚltimos momentos de José Miguel Carrera (1873), uno de Juan María Torres, del mismo año; y otro de Pedro Mascaró(1879). Además hay textos de Alejandro Magariños Cervantes, los Ensayos literarios (1860) de Ángel Floro Costa y un folleto que Melchor Pacheco y Obes escribió en francés al editor en jefe de Times de Londres en 1852.

Dos italianos vinculados a Garibaldi vinieron a Uruguay: Bartolomé Odicini, cirujano mayor de la Legión Italiana y médico personal de Garibaldi; y Roberto Armenio, ingeniero militar del héroe italiano, que vino a vivir a Uruguay hacia fines del siglo XIX. El libro Instrucción popular para socorrer a los ahogados (1856) pertenece a Odicini y bien podría ser objeto de estudio de algún investigador en el Instituto Superior de Educación Física (ISEF) o de la Facultad de Medicina. La publicación de Armenio ya es otra cosa, apuesto que hay varios investigadores anotados para entrarle alMapa militar de la República Oriental del Uruguay (1885).

Por último hay algunos textos digitalizados sobre distintos períodos históricos del Uruguay como Los treinta y tres(1895) de Luis Melián Lafinur, La conclusión de la Guerra Grande (1887) de Domingo Ordoñana, las Aclaraciones históricas (1884) de Antonio Pereira (Un oriental) o la compilación de autores varios Documentos oficiales referentes a los sucesos que han tenido lugar en la Villa de Tacuarembó (1856).

Un repaso panorámico por menos de la mitad de los libros digitalizados alcanza para dar cuenta del valor que aporta la BPL con su acervo a la difusión de nuestra cultura letrada. A partir de ahora estarán disponibles en formato digital para todos.

Alejandro Gortázar

Publicada originalmente en el blog de autores.uy.

Malone al sur (Beckett II)

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Alguien dice en la tapa del libro que Malone muere. Y al abrir el libro, el propio Malone dice: “Bien pronto, a pesar de todo, estaré por fin completamente muerto”. Molloy, Moran y ahora Malone. Los narradores de Beckett son los protagonistas de sus novelas, a tal punto que desintegran la trama, los personajes y hasta sus propias voces.

A diferencia de Molloy esta novela no está partida en dos, escindida, sino que es el discurrir de un narrador cuya bandera es la indeterminación. Malone muere, y mientras muere, cuenta sus cuentos: “No serán los mismos cuentos que antes, eso es todo”. Malone muere y miente, porque aunque no sean los mimos cuentos de Molloy, algunos escenarios y situaciones se repiten o se re-escriben.

Luego Malone nos dice que “esta vez” sabe a dónde va. Entonces traza un plan: “Pienso que podré contarme cuatro cuentos, cada uno sobre un tema diferente. Uno sobre un hombre, otro sobre una mujer, un tercero sobre una cosa cualquiera y otro, en fin, sobre un animal, quizá un pájaro (Sí, dijo “contarme”, el lector sabrá entender que poco importa él en el rollo del narrador) Quizá no tenga tiempo de terminar. Por otro lado, quizá termine demasiado pronto. Ya estoy de nuevo con mis viejas dubitaciones”.

Una página después dirá: “todo está muy claro” y en el mismo párrafo: “Ahora hay que decir lo contrario. Porque siento que tal vez no siga hasta el fin esta ruta bien señalada”. Malone muere abrazado a la bandera de la indeterminación. Es un narrador al que la conciencia le importa un bledo: “Para mí, perder el conocimiento era perder poca cosa. Pero quizá me hayan dado un golpe en la cabeza, en un bosque, tal vez. Sí, ahora que digo bosque recuerdo vagamente un bosque”. He ahí uno de los tantos indicios que Malone deja en relación a lo que se narra en Molloy.

El Señor y la Señora Sapocast, los Louis y su hijo Edmond, Jackson, Macmann, Moll, Lemuel… Malone muere, y sus personajes también. Aquí hay una sola voz cantante, la de Malone. Que no hace más que empezar y terminar historias, para regresar siempre a sí mismo, al inventario que dice estar preparando antes de su muerte.

Siempre hay una habitación, siempre hay alguien escribiendo en una habitación. Hay también bosques, escondites en los bosques, playas, ciudades. Pero todo se reduce a poner el culo en la silla de una habitación. Escribir es poner el culo en la silla, decía Flaubert: “Pensar y escribir sólo se puede sentado”. O acostado, como Malone, que pierde el lápiz en la cama.

Malone sigue con el inventario:

(…) hay toda una serie de objetos que aunque no tienen, en apariencia, nada particular en común, no me han abandonado desde que estoy aquí sino que han permanecido prudentemente en su lugar, o sea en el rincón, como en cualquier cuarto inhabitado. O, en todo caso, van y vienen rápidamente, sin que yo lo advierta. Todo esto suena a falso. Pero nada me dice que siempre será lo mismo. De otro modo no puedo explicarme el aspecto cambiante de mis posesiones. Ni siquiera así. De suerte que, rigurosamente hablando, me es imposible saber, de un instante a otro, lo que es mío y lo que no lo es, según mi definición. Entonces me pregunto si debo continuar levantando un inventario, pues mis relaciones con la realidad son harto lejanas, y si no haría mejor terminando de una vez y entregándome a otro género de distracción que tuviera menos consecuencias, o sencillamente esperando sin hacer nada, o quizá contando, uno, dos, tres y así sucesivamente, de modo que me fuera imposible encontrar obstáculos de ninguna clase.

Malone está apartado. El inventario de la realidad le resulta un obstáculo. Y, como en cada instante, duda, se llena de tedio, divaga, corta el relato. Hay un final, es decir, la novela termina: esto es nunca / esto es esto es / nunca más”.

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Beckett publicó la segunda parte de la trilogía en 1952, un año después de Molloy. En 1958 el escritor José Bianco la traduce y la editorial (de la revista) Sur la publica. José Bianco fue secretario de redacción de la revista entre 1938 y 1961. Formaba parte del grupo de las hermanas Ocampo, Borges, Bioy Casares, entre otros. Ellos proponían a través de la revista, y con sus propias obras, una literatura desligada del problema de “la realidad”, subjetivista, intimista, indeterminada y/o fantástica.

En el otro extremo estaba el realismo socialista, doctrina impulsada por Stalin (con Zdanov y Gorki) en el Primer Congreso Soviético de Escritores de 1934. Tenía entre sus supuestos la idea de un escritor que debía representar la realidad objetiva y concreta, así como educar al proletariado sobre el socialismo. La base de esta literatura era el realismo social del siglo XIX: Balzac, por ejemplo, y su intento de representar con sus novelas una totalidad social, una “comedia humana”.

En 1963, cinco años después de que se publicara Malone muere en Buenos Aires, la editorial Era de México publica Significación actual del realismo crítico de Georg Lukacs. El hombre proponía un “realismo (burgués) crítico”, ejemplificado en Thomas Mann, frente a una vanguardia “artísticamente interesante” pero decadente, cuyo máximo exponente era Kafka. Por eso, uno de los capítulos del libro plantea la siguiente pregunta en el título: “¿Franz Kafka o Thomas Mann?”. Eran años de deshielo, luego de la muerte de Stalin, de afloje del realismo socialista, de búsqueda de otros referentes (al menos en Lukacs).

El marxismo litearario no fue siempre tan amable con Beckett como lo es hoy Terry Eagleton. Lukacs identifica a Beckett (a través de la lectura que Maurice Nadeau hace de su obra) dentro de la “vanguardia decadente” abstracta, sin contenidos, sin tipos sociales, “huida de la realidad del presente”, que niega todo contenido humano.

Todas estas lecturas influían en los años en que aparece esta novela de Beckett en el Río de la Plata. Este libro de 122 páginas entró al sur en el medio de una batalla entre escritores realistas y no realistas, que podía expresarse en el conflicto Borges (y sus amigos de Sur) versus anti-Borges (y sus amigos de Sur). Un debate que hoy puede ser objeto de una reconstrucción arqueológica (a lo Foucault) pero que de ninguna manera opera en el vocabulario crítico contemporáneo hegemónico.

Tomás de Mattos en el Chuy (por Martín Palacio Gamboa)

Foto de Javier Calvelo / Adhoc Fotos

Foto de Javier Calvelo / Adhoc Fotos

El 25 de junio de 2004 la sala de literatura del Liceo 1 del Chuy realizó un encuentro con los escritores Tomás de Mattos (1947-2016) y Rafael Courtoisie (1959), en el marco de las conmemoraciones por los 50 años de la institución. El acto adoptó la forma de una entrevista, a cargo de Martín Palacio Gamboa, en la que ambos creadores hablaron sobre diversos temas. En este post podrán leer algunos fragmentos de la entrevista en los que Tomás de Mattos habla de sus lecturas, de su forma de escribir, de ¡Bernabé, Bernabé! (1988) y de las relaciones entre historia y ficción.

Ayer Martín Palacio Gamboa puso a disposición en Facebook la transcripción completa de la entrevista en un archivo de descarga libre. Lo hizo pensando en su posible utilidad como material didáctico y de difusión, pero también como homenaje a Tomás de Mattos, fallecido el 21 de marzo pasado.

La transcripción completa de la entrevista fue realizada por el poeta y músico Julio Pico Decuadra; la revisión y la corrección de notas por Martín Palacio Gamboa.

 

Tal vez la pregunta de rigor, frente a un público que recién se está acercando a la obra de ustedes, sería el cómo surge la necesidad de escribir, no obviando el hecho de que -en última instancia- se está hablando también de una modalidad de lectura.

¿Por qué somos escritores y por qué, antes que nada, somos lectores? ¿Cómo es que se llegó a tal caracterización? A modo de dar un testimonio, digamos que donde yo vivía no teníamos todavía televisión; el entretenimiento fundamental era el cine en los sábados, mientras que en los domingos la alternábamos con fútbol. Más aún si había campeonato departamental. Otro entretenimiento eran las historietas de superhéroes (pienso, ahora, en Batman) y, obviamente, las de cowboy (Roy Rogers, El Llanero Solitario, Gene Autry) que, por supuesto, pasaron a un segundo plano cuando llegó la adolescencia. Era una lectura habitual que, al estar vinculada al dibujo, con sus textos “en globito” y los recuadros donde se ambientaba la acción, lo hacía de fácil asimilación. Ahora bien, vale aclarar que fui lector no tanto por la ausencia de televisión, y no tanto por la existencia de estas revistas, sino porque fundamentalmente en mi casa se leía. Si bien mi padre ejercía la medicina y mi madre era una simple ama de casa, eso no implicaba la falta de lectura aunque, claro, por líneas e intereses diferentes. Mi madre leía revistas; recuerdo una en especial que, por recomendación de ella, la leíamos todos. Se llamaba “Leoplán” y allí uno podía encontrar una inmensa variedad de textos, incluso hasta de Borges. A mi padre le gustaban, más precisamente, las novelas de cowboy mientras que a mi madre le caían mejor las policiales. En ese mundo en que los dos leían, yo -hijo único- fui cayendo de algún modo en la lectura.

Hasta ahora diste una genealogía de cómo se fue dando en ti el lector en acto. ¿Y el escritor en potencia?

Fui un pésimo alumno de Idioma Español. Las maestras (que me perdonen) no eran muy originales. Todos los años me condenaban a escribir sobre la primavera, el otoño, lo que había hecho en las vacaciones o la vaca. De allí que yo hubiese ideado un sistema, en letras alargadas o en redondillas, para aprender el español. Bajaba las ideas, como mirando para el techo, y cuando la lograba redondear la desarrollaba –siempre con la letra larga y ancha, así ocupaba más renglones- poniendo tres o cuatro adjetivos a cada palabra.

Todo eso hasta que llego a primer año de liceo. De entrada tuvimos una profesora de Idioma Español que tenía una característica fundamental: corregía con un lápiz azul y rojo (de esos que tenían dos puntas). Con la roja corregía las faltas de ortografía, y con el azul las de sintaxis; pero también tenía un lápiz de color ocre para marcar todas las palabras que sobraban. Cuando hice la primera composición, pensaba que iba a tener un bueno muy bueno porque era la nota estándar. La cuestión es que me encuentro con un regular, y era regular porque mi escrito era todo ocre. No tenía casi azul ni rojo, pero el ocre hacía gala de presencia porque todas las palabras sobraban. Y así nos tuvo la profesora hasta mitad de julio: además de exigirnos el saber comenzar una redacción, también nos exigía el saberla terminar, el retardar un final previsto, acelerarlo, jugar con todo eso. Hasta que un buen día, de buenas a primeras, nos dice: -“A partir de hoy, y hasta fin de año, van a tener temas libres en redacción”.

Siempre había soñado con esto, siempre había protestado contra las maestras que nos fijaban temas espantosos, y hete aquí que me encuentro con una profesora que nos daba total libertad. Pero el gran problema de la libertad es que siempre suscita terror. Nos dio una cantidad de pautas para poder ejercer esa libertad y recuerdo todavía que nos dijo: -“Pueden, por ejemplo, ir al cine y contar una escena que les guste de la película”. En esa época daban “Ben-Hur”, un éxito de cartelera como lo fue hasta hace poco “La pasión de Cristo”: todo el mundo hablaba de esa producción cuando comenzó a exhibirse en Montevideo. Por supuesto que a Tacuarembó llegó como a los cuatro o cinco meses. Y a mí me impactó la escena de la carrera de cuadrigas, en la que Ben-Hur compite con su adversario Mesaras, y cómo Mesaras termina muriendo.

Era de suponer que iba a escribir sobre ese episodio; recuerdo que hice el texto; me esmeré por hacerlo bien porque me gustaba la escena, aunque fui sin ninguna esperanza de mejorar mi nota que estaba en bueno regular. De pronto me encuentro con que no sólo había sacado un muy bueno sobresaliente (casi un salto cuántico, unos cinco puntos más de los que tenía), sino que además la monja (la profesora) me esperó con un libro que no era el de Ben-Hur, sino “Quo vadis?” y en el que ella había marcado la parte en donde estaba la escena que yo había apreciado en pantalla. Dice: -“Ya que viste la película, es fundamental que leas la escena que la inspiró, y que de algún modo te inspiró a ti. Lo único que te pido es que recuerdes que el escritor es un premio Nobel y se llama Henryk Sienkiewicz”. Yo ni lo conocía. Leí el fragmento y le devolví al otro día el libro a la monja. Me vuelve a decir: -“¿No te interesa leerlo todo?”. A partir de ese momento, creo que me introduje -por vez primera- a lo que es una lectura seria. Un tío mío, profesor de Química, siempre me decía que había que encontrarle (como decimos en Tacuarembó) el “guille” o el “llaveo” de la materia, es decir, saber manejarse con las dificultades inherentes, el intentar resolverlas. Claro está que nunca lo pude hacer con esa asignatura si vamos a lo específico, aunque sí -en ese período de mi vida- comencé a hacerlo con la literatura.

Después vino toda una etapa con Benavides, quien representó la máxima interiorización de la dialéctica propia de lo que es el leer y el escribir. Aunque vale acotar que este proceso ha sido preparado por otros profesores que, a lo mejor, no tuvieron tanto renombre pero que igualmente fueron importantes. Y cuando uno sabe hacer una cosa, o cree que sabe hacer una cosa, en definitiva le empieza a gustar. Por ahí, creo, comenzó mi adicción a la literatura y al libro.

¿Cómo se fue originando tu conciencia de escritor profesional -por decirlo de algún modo- en cuanto tal? ¿Y cuáles fueron las circunstancias en que se movió tu primer libro, “Libros y perros” (1975)?

Yo diría que uno comienza a escribir un poco para explorarse. Los primeros cuentos que escribí no los recuerdo; sé que se enmarcaban dentro del género policial y que para ellos me creé un personaje que los protagonizaba. Si Agatha Christie había creado a “Pharos”, cómo no iba yo a crear uno. Lo hice noruego y se llamaba Wilj Norjick, pero no puedo recordar nada de las aventuras del pobre. Sin embargo, me sucedió una experiencia muy particular.

Yo estaba en preparatorios y era alumno de Benavides, y un día me encontré con un cuento que me invadió totalmente. Recuerdo que fuimos a un encuentro de médicos, ya que mi padre y mi tío lo eran -incluso este último presidía el congreso de Cirugía-, mientras mi tía lideraba la comisión de damas. Por supuesto que había un banquete final al cual nosotros, los primos, los sobrinos, los hijos de ellos, la barra entera, estábamos interesados en participar. Creo que mi tía no quería sentirse presionada por nuestra presencia, por lo tanto no quedamos invitados. Pero igual aparecimos. Yo no era el mayor, sí lo era mi primo con diecisiete años y ducho en todo tipo de fiestas; armó una colecta y conseguimos una botella de whisky con el mozo.

La terminamos (éramos ocho) y pedimos la segunda. Recién la estábamos disfrutando cuando a mi tía se le dio por hacernos una visita intempestiva. El lugar era un club deportivo, y nosotros nos encontrábamos en la parte de arriba. Nuestro primo dijo: “Araca” y, obviamente, adoptamos el mayor cuidado. Pero no cuidamos al menor de nuestros primos que, anticipándose a Carbajal, estaba “borracho pero con flores”: se le había ocurrido ponerse una rosa en la boca. Mi tía lo vio y nos expulsó a todos, sacándonos del paraíso por el fondo de la sede. Ahora bien, para pasar por el fondo, teníamos que atravesar una cancha de bochas en construcción donde había un montón de arena, y a mí se me ocurrió subir. Como estaba un poquitito chispeado -nada más-, no me podía bajar porque me dio una sensación de vértigo. Anduve a los gritos con mis primos para que me ayudaran a bajar hasta que, al fin, optamos todos por recuperarnos. Demoramos una o dos horas en llegar a nuestras casas sin atisbos de alcohol.

Llegué, mis padres estaban durmiendo, y ahí se me ocurrió escribir un cuento. Un cuento raro. Lo leí, me gustó, lo dejé, pero sin la menor pretensión de hacer un cuento en serio. Al otro día lo revisé, pasándolo a máquina; saqué varias copias y le pasé el original, el lunes en la clase, a Benavides. Mis amigos, que no entendían nada de lo que yo había armado, me pedían explicaciones y yo no se las podía dar porque el texto había sido elaborado de un tirón y de manera casi inconsciente. Me defendía diciendo: -“Interprétenlo, cada uno saque lo que quiera…; el cuento tiene su sentido, pero perdería la gracia si se los digo”. Esa era mi defensa.

El miércoles Benavides va a la clase. Antes de entrar me llama y dice: -“¿Sabes lo que escribiste?”. “No” -le contesté y vi que la mano venía bien. Ahí comienza a elogiarme muchísimo el cuento, dándome una interpretación del mismo que yo, ni soñando, lo hubiera pensado. Por lo menos no cuando lo escribí, sino cuando lo leí. Cometí el error de convertir la explicación de Benavides como la única posible cada vez que me la pedían. El viernes siguiente Circe Maia me para en la plaza y me refiere que el “Bocha” le había pasado el texto y que le había parecido excelente, dándome otra explicación que no sólo jamás se me había ocurrido sino que difería totalmente a la de Benavides. Lamenté haber dicho que el cuento tenía una explicación oficial porque ahora podía tener dos. Mi novia me regañaba, pues si “antes decías que tenía una…” Sí, pero ahora tiene otra, sin contar la que me planteó una vez uno de mis tíos que era profesor de Filosofía.

De más queda decir que ese cuento, “El hecho”, es el que yo más quiero de todos los que he escrito, no por su valor en sí, sino por lo que significó en su momento. Poco tiempo después de toda esa peripecia, abro el semanario “Marcha” y me lo encuentro allí. Ahora sí, estaba “recibido” de escritor, ya que lo que había escrito aparecía en letra de imprenta. Por el año ´66, Ángel Rama lo publica en “Cien años de raros”, trabajo de compilación en donde se encontraban textos de Felisberto Hernández, L. S. Garini, Federico Ferrando, Marosa Di Giorgio y Armonía Somers, entre otros.

Vale agregar que aquel primer intento narrativo me sirvió por dos razones fundamentales: la primera, porque me llevó a comprometerme conmigo mismo y debía responder a la altura de las repercusiones que ese trabajo tuvo. Eso, por su lado, implica reconocer dos instancias. La de la vocación, que presupone un llamado; después de ese llamado, la ratificación, el reconocimiento que los demás hacen de nosotros y que nos haga ver que, en esa cuestión, podemos servir. Respecto a la segunda razón esgrimida, fue la incitación reflexiva sobre el acto de escribir que mi cuento promovió y que no me abandonó jamás en la elaboración de las otras obras. Quien realmente escribe la obra es el lector. Hay tantos Quijotes como lectores posibles, y no únicamente el que escribió Cervantes.

Este aspecto fue esencial, y más desde que entré en contacto con las teorías de Borges y Paul Ricoeur. Por ese tiempo, se fue dando el período más duro y severo de mi vocación; incluso me pasé escribiendo una novela que terminé quemándola. Me estaba por recibir de abogado y todavía no había podido largar algo que fuera publicable. En 1975, cuando tenía veintiocho años (véase la extensión del período), me faltó plantar un árbol porque ese año nació mi hijo y edité mi primer libro de cuentos, “Libros y perros”. Me salió de golpe. Un cuento tras otro. Como una reacción a esa novela que había fracasado y a los cuentos que había escrito en vano, que no eran buenos. Después vino otra etapa de sequía; entre el ejercicio de la profesión, un profesorado de literatura, la militancia política, fui dejando todo, y recién en 1983 volví a tener necesidad de escribir, cosa que no paró hasta ahora.

Lo que a mí me quedó de todo esto es que es un proceso y, como todo proceso, es algo que uno mismo lo busca. A su vez, se tiene que obedecer a un llamado de la realidad; de algún modo, ella nos busca para que escribamos, es como una relación amorosa de seducción y, a veces, hay que pasar semanas y semanas de arduos intentos de conquista. La literatura es, para mí, un remanso de humanidad.

Por 1988, “¡Bernabé!¡Bernabé!” obtuvo una peculiar resonancia, convirtiéndose en eso que algunos llaman un best-seller. No sólo porque suscitó una revisión del concepto “testimonio” en la literatura nacional sino porque generó una polémica que cuestionó radicalmente la versión oficial de nuestra historia.

¿Si hubo una polémica? Sí, la hubo. Pero lo que a mí me llamó la atención (o, mejor dicho, me sorprendió, porque no esperaba tal repercusión) fue el hecho de que se creara un debate nacional a partir de un tema que había sido tratado literariamente. Y, sin embargo, teníamos ya algunos antecedentes: por ejemplo, “Salsipuedes”, una obra de teatro de Restuccia y Cerminara, y “La guerra de los charrúas”, trabajo de investigación de Eduardo Acosta y Lara, publicado primeramente en la Facultad de Humanidades. Pese a ser textos fuertemente cuestionadores y de una indudable calidad, no fueron tenidos en cuenta en su momento, ni por la Facultad de Humanidades ni por el público en general. En lo personal, me alegro de haber contribuido a esa situación de revisión frente a tanto mito, prejuicio y silenciamiento.

Mientras conversábamos en casa, recordamos en algún momento la famosa observación de Borges: todo se reduce a ficción, ya sea la filosofía o una demostración matemática cualquiera. Algunas corrientes del pensamiento contemporáneo han trasladado esa noción al campo teórico de algunas disciplinas, entre ellas la historia. ¿Consideras, Tomás, que la historia se sitúa en un plano de inferioridad ante la literatura?

Hay una parte de la realidad que es la que a nosotros nos provoca y se la puede conocer por una vivencia cotidiana, práctica; en mi caso, la defensa de un homicida tal como lo expuse en la novela Trampas de barro, o en Mujer de Batoví. Aunque también se puede dar ese conocimiento por reacción: hay un relato de Melville, Benito Cereno, que dio lugar a que yo lo re-escribiera pero desde otro punto de vista, La fragata de las máscaras. En cuanto a la otra vía cognoscitiva de la realidad, se manifiesta a través del acontecer histórico. Pienso que la historia tiene, sí, una analogía muy grande con la narración, con la ficción. Incluso diría que son primas hermanas. Sin embargo, sus diferencias fundamentales residen en torno a los objetivos y los métodos. La historia persigue una verdad basada en la facticidad, busca explicar y ligar las múltiples secuencias de los hechos por medio de la relación causa y efecto. A lo sumo, puede intentar -sin traspasar sus límites de objetividad- comprender las relaciones de medio a fin utilizando documentos, las manifestaciones de las personalidades más destacadas de un período, y los registros posibles de los sucesos que no necesariamente tienen que estar escritos. En definitiva, la historia no persigue el sentido de los procesos como sí lo podría plantear una filosofía de la historia.

Respecto a la novela, al tratar un tema propio del campo de la historia, puede manejar un concepto muy variable y diferente de la verdad. Mientras la historia busca la veracidad, la literatura ha de prometer verosimilitud. Por supuesto, cuando se toman asuntos que importan mucho a una colectividad, por ejemplo el caso de Bernabé y la responsabilidad que pudieron tener los diversos sectores de nuestra comunidad en aquel momento ante el exterminio de los charrúas, la verosimilitud del novelista tiene que acercarse, aproximarse, lo más posible a la veracidad pero sin confundirla con ella. Aunque, a veces, esa verosimilitud puede apartarse por completo de la veracidad: una buena muestra de lo que estamos diciendo es “Crónica del descubrimiento” (1980), de Alejandro Paternain, en la que se relata allí una expedición de indígenas que se embarcan en piragua en el Río de la Plata y descubren el viejo mundo en el momento que Colón se dispone a partir a ultramar. Claro está que el autor no busca convencer sobre esa posibilidad, sino exponer las confrontaciones que siempre surgen entre distintas civilizaciones: y, haciéndole justicia a lo que significó esa novela, recuérdese que fue una reivindicación precursora de la que luego hubo con los quinientos años.

Repasemos: la historia no puede apartarse de los métodos científicos; los novelistas nos apartamos por completo: abordamos los mitos que la historia, por su propia rigurosidad, no está en condiciones de abordar. Eso implica buscar otras verdades -u otros aspectos de la verdad- a los que la historia no puede acceder por trascender el ámbito de los hechos. La historia no puede pasar de las relaciones y, eventualmente, de la comparación. No puede entrar en la justificación o el rechazo ante el peso ético de los aconteceres y su sentido. A mí, sinceramente, me identifica la posición de Dostoievski: “Yo no sé nada de filosofía, ¡pero cómo me gusta!”. En resumidas cuentas y para finalizar, no quiero que me agarren por el lado de la novela histórica sino por el de la novela dostoievskiana, la que persigue ese sentido.

Escritoras uruguayas en internet

 

Para algunos Internet es la llegada del Mesías del acceso democrático a la información, la cultura, el gobierno electrónico y la mar en coche. Para otros, la posibilidad de que cualquier idiota se autopromocione y el misterio del arte se descomponga en una mesa de disección. Ni calvo ni con dos pelucas.

Internet se ha convertido en un espacio privilegiado para que los escritores difundan su obra y se promuevan sin gastar (o gastando poca) plata. Esto no siempre implica hacerlo al costado de la industria editorial, que está desde hace ya mucho tiempo articulada con Internet, como otras industrias del entretenimiento (que, además, se concentran en unas pocas multinacionales). Blogs, páginas web, perfiles de Tumblr son herramientas utilizadas por muchos escritores en Uruguay.

En el mes de las mujeres me propuse escribir una breve reseña sobre las escritoras uruguayas que están en internet, desde las poetas super jóvenes (difundidas por la página en el camino de los perros, del proyecto orientación poesía), hasta la intelectual orgánica de la derecha, Mercedes Vigil.

Empecemos por las más jóvenes, poetas que tienen entre 15 y 20 años sin libros publicados. Algunas de estas mujeres jóvenes utilizan blogs (blogspot), páginas  o perfiles de Tumblr para escribir: Olivia ArocenaMicaela BlenginiCarolina Silva Rode y Florencia Ciganda. Otras utilizan la plataforma de Orientación poesía para publicar sus textos: Guillermina SartorMilagros KiddMartina Piñeiro (Donnie Harmon) y Maite Benia Padrós.

Otras poetas, no tan jóvenes, tienen sus propios blogs como Sofía RosaLaura Cesarco Eglin o bien fueron publicadas por la red Las elecciones afectivas. Allí encontrarán la obra de muchísimas mujeres poetas: Laura AlonsoStephanie AmaroTeresa AmyMargarita BiescasCarmen BordaMaría Inés CastroLaura Cesarco EglinLaura ChalarXime de CosterDina DíazPatricia Díaz GarbarinoAndrea DurlacherDeborah EgurenPaula EinöderAndrea EstevanMaría Constanza FarfallaMagdalena FerreiroAna FornaroIsabel GalloLéonie GaricoïtsCatherin GonzálezSylvia GonzálezMelba GuarigliaSilvia GuerraLilian HirigoyenMagalí JorajuríaElena LafertCecilia LageOlga LeivaMelisa MachadoClaudia MaglianoRosana MalaneschiiMargarita MuñizLaura Martínez CoronelElisa MastromatteoSandra MíguezMariella NigroTatiana OroñoSilvia ParrisAlicia PrezaSilvia PridaElisa RissoMayra SerraPaula SimonettiInés TrabalNedy VarelaElena Vázquez y Karen Wild. Son 48 mujeres en un total de 136 poetas (el 35,29 %).

Escritoras con libros publicados y de muy diversas estéticas también tienen blogs o páginas web como Natalia Mardero, Lalo BarrubiaClaudia Amengual o Mercedes Vigil.

Oigan, les digo esto último: no se calienten si falta gente, comenten y avisen. Esto no es un relevamiento exhaustivo, es un primer acercamiento con las fuentes a mano. Si a las escritoras les parece mucho decirme públicamente que no están en la lista, me escriben a blogsujetossujetados@gmail.com y las ingreso.

Post scríptum

Dicho y hecho. Me olvidé de una escritora importante en el rubro literatura infantil y juvenil. Les dejo la página web de Adriana Cabrera Esteve (17 de marzo).

Recibí también un mensaje de Marita Cabrera para mencionarme su blog. A partir del suyo pude encontrar la página web de Alejandra Castillo Flores y el blog de María de Lourdes Cabrera (18 de marzo).

Sigo agregando. Ahora a Sol Ferreira y dejo abierto para seguir poniendo nombres. En eso me acuerdo que, en la página web del diario El País (Uruguay), Juan de Marsilio y Laszlo Erdelyi están publicando la serie Los poetas dicen que en cada entrega pone a disposición el audio de un poeta leyendo alguna obra suya. Con un total de 98 entregas han publicado a 23 mujeres (23.46%). Ellas son: Paula Simonetti, Inés Trabal, Laura Alonso, Marisa Silva Schultze, Silvia Carrero, Marita García Pose, Silvia Guerra, Magdalena Ferreiro, Victoria Estol, Paula Einöder, Dina Díaz, Melba Guariglia, Teresa Amy, Silvia Prida, Elisa Mastromatteo, Gabriela Onetto, Selva Casal, Tatiana Oroño, Mariella Nigro, Laura Cesarco, Martha Canfield, Marisa Faggiani, Léonie Garicoits (24 de marzo).

Me olvidé de Anaclara Talento, que además de artista visual, publica sus textos en la red Medium (27 de marzo).

Hoy  el Hoski mencionó en Facebook el blog de Regina Ramos (17 de abril).

Me olvidé del blog de Laura Martínez Coronel (18 de abril).

Un lector me arrimó el blog de Romina Serrano (19 de abril)

Lo que se cree querer decir (Beckett I)

Sam Beckett

Irish playwright and author Samuel Beckett (1906 – 1989) at a first night performance, 25th April 1970. (Photo by Reg Lancaster/Express/Getty Images)

 

Molloy está partida en dos y por la fisura alguien habla: “No querer decir, no saber lo que se quiere decir, no poder decir lo que se cree querer decir, y decirlo siempre, o casi, esto es lo que importa no perder de vista, en el calor de la redacción”. Molloy es el opuesto de Moran. Molloy divaga buscando a su madre. Camina por un bosque, va a la plaza, mastica piedritas en la playa, anda en bicicleta, se consigue una mujer. Molloy es su madre, es mujer, es femenino. Errático, autoexiliado de la lengua materna (Beckett escribe en francés), es el rey de la indeterminación.

El arte de Beckett mantiene un pacto con el fracaso a pesar del triunfalismo nazi, deshaciendo el letal absolutismo de éste con las armas de la ambigüedad y la indeterminación. Su palabra favorita, comentaba, era «quizá». A las totalidades megalómanas del fascismo opone lo fragmentario y lo inacabado. En cuanto a la indeterminación, no es sólo que no suceda demasiado, sino que resulta difícil estar seguro de si sucede algo o no, o qué se podría considerar un acontecimiento (si, se lo robé a Eagleton).

Molloy es el opuesto de Moran. Moran es un hombre, un agente secreto, un padre lógico y racional. También cree en dios. Cuando Moran inicia su viaje en busca de su opuesto, viaja en busca de sí mismo. Y se convierte en Molloy. Moran es Molloy. Aunque no estoy seguro. Todo se desbarata. Siempre. ¿Por qué busca a Molloy? No lo sabe, de todas formas escribe su informe, tiene que hacerlo, no hay opción.

Nadie pisa terreno firme en esta novela. Todos tenemos las piernas jodidas, avanzamos a los tumbos. Los dos narradores y vos, indeterminado lector. A vos te digo: No confiés en el narrador post-Segunda Guerra Mundial (no confíes en ninguno, mejor). Ese, indefectiblemente, será impreciso, mentiroso, te dirá que busca la verdad (como Molloy) y luego la enterrará en páginas y páginas de ficción hasta hacerla desaparecer.

Dice Molloy: “Pero sólo se trataba de una crisis, nada, crisis, poca cosa en comparación con lo que nunca cesa, lo que no conoce flujo ni reflujo, en la superficie del plomo, en las profundidades infernales”.

Poesía y humanismo

Entrevista a Cristina Rodríguez Cabral

¿Cuándo empezó a escribir literatura y cuáles fueron las razones que la llevaron a eso?

Empecé a escribir literatura a la edad de 11 años aproximadamente. Me gustaba muchísimo leer y tenía una mente algo imaginativa, entonces comencé a crear mis propias historias infantiles en forma lúdica, simplemente porque me gustaba escribir. Nunca fui consciente de que era una escritora hasta que me enviaron en 1988 a un congreso de literatura en las universidades de Rio de Janeiro y de Sao Paulo. Era un congreso de dos semanas con motivo de los 100 años de abolición de la esclavitud en Brasil. Fui representando a Mundo Afro, creo que me enviaron no porque me consideraran una escritora sino porque era la militante que escribía mejor, y a otros compañeros les parecía aburrido asistir a un congreso de escritores. Sin embargo, yo estaba fascinada; allí estaban reunidos los escritores afro más importantes del momento en el mundo. Compartí mis versos con alguno de ellos. A los 2 o 3 días, el colombiano Manuel Zapata Olivella me dijo “así que eres escritora además de activista”. Creo que esa fue la primera vez que me llamaron “poeta”. Años después envié un diario de viaje al concurso “Casa de las Américas” en Cuba y logre una mención en ese rubro, eso me confirmó que ya estaba oficialmente en el camino de las letras.

¿Qué lecturas marcaron su interés en la literatura?

Los clásicos españoles fueron mis primeras lecturas: Lope de Vega, Garcilaso, especialmente el teatro de García Lorca me encantaba, la poesía de Machado y Juan Ramón Jiménez. Mi abuelo tenía una gran biblioteca en casa con los clásicos españoles e italianos. Para que practicara lectura y no lo molestara mi abuelo me ponía a leer en voz alta a Luigi Pirandello o a Dante a la edad de 6 o 7 años. Yo no entendía nada pero me gustaba el sonido de las palabras agrupadas en oraciones.

¿Dónde publicaste por primera vez y cómo llegaste a publicar en Uruguay?

La primeras veces, como la mayoría de los autores afro, publiqué algunos poemas en un semanario cultural que sacaba la organización Mundo Afro; luego aparecen otros poemas míos en la Antología de poetas negros uruguayos de Alberto Britos como parte de la Colección Mundo Afro. Luego, ellos también publicaron mi poemario Desde mi Trinchera en 1993. El apoyo para mi desarrollo literario en Uruguay vino totalmente por el lado de las organizaciones afrouruguayas: Mundo Afro, ACSUN (Asociación Cultural y Social Uruguay Negro) y Agostinho Neto donde tenía un taller literario de literatura luso africana.

¿Cómo es la experiencia de vivir y publicar en Estados Unidos? ¿En qué consiste su actividad académica en Estados Unidos?

Mi experiencia de vivir y publicar en los Estados Unidos está íntimamente ligada con mi actividad académica de profesora de literatura Afro/Latinoamericana en mi universidad. El ser profesora limita mis tiempos como escritora creativa, no tengo mucho tiempo para escribir, más allá de la publicación de ensayos y artículos académicos. Sin embargo, soy más conocida en las universidades como poeta debido a los varios artículos y disertaciones que se han escrito en base a mi trabajo poético. La crítica literaria es quien expande el conocimiento de mi obra. Recorro todo el país haciendo lecturas poéticas o dando talleres de literatura Afrolatina.

La mayor parte de su obra ha sido publicada fuera de Uruguay, a su vez ha sido estudiada por importantes investigadores en los Estados Unidos ¿Qué factores cree que inciden en esta situación?

“Nadie es profeta en su tierra”, dicen. Los Estados Unidos es el país donde se han desarrollado más las investigaciones y publicaciones sobre los estudios afro. Hay también mucho en Brasil pero circula mayormente entre las organizaciones y comunidades afro. En Estados Unidos este fenómeno ocurre a nivel académico. De hecho este año estoy trabajando con otro colega para iniciar un certificado en estudios afro latinos como una especialización para estudiantes en el departamento de lengua y literatura española. Por otro lado, en Uruguay interesa muy poco saber y reconocer los aportes culturales de los afrouruguayos. El Candombe se reconoció como música nacional cuando el resto de la población blanco mestiza lo adopta. Y tal vez con el tiempo suceda como con el Tango, que muy pocos saben de sus orígenes afro.

Muchos de los temas de su poesía están relacionados con la denuncia del racismo, la afirmación de lo afro, además estuvo vinculada a Organizaciones Mundo Afro ¿Cómo se articula en su obra la militancia con la literatura? ¿Cómo percibe la relación entre literatura y racismo en Uruguay?

El escritor no vive en un limbo, en aquella Torre de Marfil dariana; vivimos en una sociedad donde somos sensibles a lo que ocurre en el mundo y a nuestro alrededor. Debemos atender tanto a las palabras del poeta como a sus silencios. Mi activismo actualmente lo hago desde la literatura, desde mi cátedra, comunicándome con estudiantes y público en general. Soy humanista y la literatura es otra forma de militancia, de compromiso social y literario. No creo en los políticos ni en la politiquería, pero creo en el poder de la palabra escrita. Por eso seguimos leyendo y/o enseñando a Cervantes o a Galeano para darle un ejemplo de que el mensaje escrito trasciende generaciones, pueblos y etnias. Es militancia eterna.

En el texto “In sisterhood” incluido en Memoria & Resistencia (2004) usted relata su encuentro con una mujer de Ghana en una biblioteca y ciertas miradas de complicidad ¿Qué lugar tiene en su poesía la diáspora africana?

En un momento de mi vida me di cuenta de que lo que me sucedía a mí como mujer afro descendiente, les sucedía a casi todas en cualquier parte del mundo. Mi realidad es la realidad de todas nosotras, trabajando, luchando, resistiendo en las peores condiciones de supervivencia. Esto no significa que me compare a una mujer sudanesa que camina kilómetros con su hijo a cuestas para buscar agua. Me comparo con otra mujer afro en iguales circunstancias y descubrí que enfrentábamos los mismos desafíos. Tanto la estudiante ghanesa como yo, no teníamos computadora en la casa, no teníamos auto, teníamos una hija pequeña a cargo, y teníamos que ser buenas estudiantes para que no nos corrieran del país. Por lo tanto había que encarar el frío, la nieve y la que sea con nuestros hijos para lograr nuestro propósito. Nunca más la vi, ojalá haya logrado su doctorado. Por eso mi poesía es comprendida en todos lados porque hablo de realidades que enfrentamos día a día en nuestra doble condición discriminatoria de ser mujeres y afrodescendientes. Las feministas usan mucho mi poesía en sus manifiestos; sin embargo, yo no soy feminista, soy simplemente una mujer negra responsable.

Esta entrevista fue realizada vía correo electrónico. Quiero agradecer a Cristina Rodríguez Cabral por su disposición para contestar mis preguntas.

Elder Silva: la cita con lo cotidiano

 

Toda poesía adquiere sentido a partir de su lenguaje y de la conciencia que el poeta tenga de él. Esa conciencia nace, entre nosotros, con los poetas modernistas: hicieron del idioma poético un cuerpo realmente sensible, liberándolo del roñoso conceptualismo; al mismo tiempo prepararon una actitud crítica frente a todo poder verbal. Una y otra cosa se han intensificado en nuestra poesía contemporánea. Seguir las aventuras de esa doble conciencia frente al lenguaje: quizá este ha sido el método de mi libro. Guillermo Sucre (La máscara, la transparencia, 1975)

 

Terminé de leer Agua enjabonada. Poesía reunida (1982-2012) de Elder Silva y estoy fascinado con su poesía, con su modo de trabajar las palabras, dentro de esta doble conciencia de la que hablaba Sucre hace tanto tiempo. Toda su obra es una prueba irrefutable de que no existe oposición alguna entre la poesía conversacional (un Mario Benedetti, por ejemplo) y una poesía que teóricamente se centra en el lenguaje sin querer comunicar.

La poesía de Silva se centra en distintos aspectos de lo cotidiano, de su autobiografía, con una retórica que se presenta descarnada, despojada de artificios, simple. La postulación de un discurso poético transparente es en sí misma una máscara. Muchos de los poemas que más me gustaron representan escenas de la vida cotidiana o privada, mediados por una cita que no siempre es literaria.

Por ejemplo, en “Apuntes para un Western” (de 1985) el argumento cinematográfico de una película de cowboys sirve para guionar un recuerdo paterno de la infancia. A veces la referencia es a íconos deportivos como Spencer, Lev Yashin o Usaín Bolt. Pero el procedimiento es el mismo: el arquero Lev Yashin, “héroe deportivo de la unión soviética”, sirve para dar cuenta de ilusiones políticas rotas y una anécdota con Darnauchans.

Algunos poemas de Silva también juegan en el campo literario ya sea citando a otros poetas vivos o bien mostrando los mecanismos de ese mundo, como en “Cuatro sugerencias para llevar minifalda”. El poema termina así:

d.- Y sobre todo tener en cuenta que una tarde,
frente a ti,
puede sentarse un poeta, quien, ginebra en
mano,
palabra fácil,
intentará algún desborde de corte naturalista
y entonces medio país sabrá de tu anatomía,
incluyendo, claro está, a los semióticos, los
académicos
y a toda la crítica especializada.

Un crá, Elder Silva. Sí señor. (Y sino miren este video)

 

Datos bibliográficos

Silva, Elder. Agua enjabonada. Poesia reunida (1982-2012). Fabián Severo. Selección. Gerado Ciancio. Prólogo. Montevideo: Rumbo, 2013.

La edición

Es la primera edición de este libro. Es en primer lugar la lectura de un poeta sobre la obra édita de otro poeta. Solamente hay un poema nuevo que da nombre al libro “Agua enjabonada”. Fabián Severo selecciona poemas de Líneas de fuego (1982. Premio Banco de Seguros), Cuadernos agrarios (1987. Premio de poesía de la 26a Feria Nacional de Libros y Grabados), Un viejo asunto con el sol (1987. Mención especial, Intendencia Municipal de Montevideo), Fotonovela (Canción de perdedores) (1998. Mención especial, Ministerio de Educación y Cultura,), Mal de ausencias (2002. Segundo premio de poesía édita, Ministerio de Educación y Cultura, 2003), La frontera será como un tenue campo de manzanillas (2003, V Premio de Poesía “Luis Feria”, Tenerife, España), Sachet (2009), Bar Bukowski (¿inédito?), siguiendo el orden cronológico de publicación. Los capítulos llevan el título de cada uno de los libros de los que Severo seleccionó poemas. Los premios recibidos por cada libro se consignan en cada capítulo.