Yendo del baño a la Historia (sobre Ciencias morales de Martín Kohan)

 

 

El escritor argentino Martín Kohan ganó el XXV Premio Herralde de Novela a comienzos de noviembre de 2007. Lo hizo con una novela sobre el Colegio Nacional de Buenos Aires (una especie de IAVA, pero con pasado colonial) en el que estudiaron “grandes hombres” del siglo XIX argentino como Manuel Belgrano, Juan Bautista Alberdi o Miguel Cané. La acción se desarrolla en 1982 y tiene como telón de fondo la dictadura argentina y en particular la guerra de las Malvinas. Pero aparecen oblicuamente. Porque Kohan elige narrarlas desde el margen, fabricando el punto de vista de María Teresa, una preceptora (o si quieren, una adscripta de las nuestras) un poco desconectada del mundo real pero muy compenetrada en la vigilancia de su grupo de adolescentes en el Colegio Nacional.

 

El premio Herralde le dio a Martín Kohan una mayor exposición pública. Antes de que la novela se imprimiera en Buenos Aires, ya había cedido al menos una entrevista (en Ñ, suplemento cultural del Clarín), y en las semanas siguientes apareció en otros medios porteños como La Nación, Página/12 y Los Inrrockuptibles. No es que Kohan necesite prensa, de hecho viene publicando su obra desde 1993 y el año anterior había publicado en Mondadori (del grupo Random House), pero este reconocimiento aumenta considerablemente sus posibilidades como lo demuestran las trayectorias de Roberto Bolaño, Alan Pauls, Enrique Vila-Matas y otros tantos luego de obtener el premio.

 

Es difícil superar la saturación que producen las mismas ideas repetidas en cada una de las entrevistas que dio Kohan luego de la noticia, y hasta podría resultar divertido (está bien, lo reconozco, es una diversión un poco rara) leer los modos en que los entrevistadores y el escritor buscan progresivamente diferenciarse de la nota anterior. Pero si a esto se agrega la doble militancia de Kohan, que es profesor de teoría literaria en la Universidad de Buenos Aires y crítico literario, entonces la cosa se complica. Porque el hombre empieza a dar las coordenadas para leer la novela, que si es una reivindicación de género, literatura política, reescritura de esto o aquello, la compara con sus obras anteriores, con la de los demás, cuenta el final (ahí te pasaste un poco, Kohan, dejá un poco para los demás). Sin embargo de la sarta de reflexiones sobre cómo leer la novela, se puede sacar algo en limpio. Ya veremos.

 

La novela está estructurada en 16 capítulos breves, que llevan títulos emblemáticos (“Juvenilia”, “La manzana de las luces”, “Séptima hora”, “Ciencias morales”, “Imaginaria”). Los títulos se van repitiendo, intercalados sin orden aparente, y le dan cierto parecido de familia a las hechos que se cuentan en cada uno de los capítulos. Pero el intercalado de estos capítulos no genera ninguna fragmentación del tiempo, más bien todo lo contrario. Si en el Museo de la revolución Kohan intercalaba dos tiempos históricos (los setentas y los noventas) en Ciencias morales el tiempo es lineal, los hechos ocurren en unos pocos meses de 1982.

 

Una historia y la Historia

 

Con Ciencias morales Kohan sigue rondando el pasado reciente argentino a través de personajes marginales. En Dos veces junio (2002) lo hizo a través de un diario escrito por un muchacho que entra al ejército por sorteo y es testigo de la brutalidad de la tortura y en el Museo de la revolución (2006) combinando su realismo habitual con una parodia de la épica revolucionaria de los sesentas y setentas (ambos textos fueron comentados en la diaria 23/01/07). En esta oportunidad Kohan se concentra en el artificio del punto de vista de María Teresa a través de un narrador en tercera persona que representa la realidad a través de su particular modo de ver el mundo. Los escasos personajes que aparecen son su madre, su hermano Francisco (que se encuentra haciendo el servicio militar y es trasladado continuamente a causa de la guerra de las Malvinas), el Señor Biasutto, jefe de preceptores y tres o cuatro alumnos del Colegio Nacional que María Teresa vigila. Concentrándose en María Teresa, y tomando cierta distancia irónica, el narrador alienta toda una serie de suspicacias que el lector tendrá que tomarse el trabajo de elaborar.

 

Este artificio le permitió a Kohan centrarse obsesivamente en el detalle (algo que, según él, tomó de Juan José Saer) y que puede percibirse en la actitud de María Teresa al inspeccionar el corte de pelo de sus alumnos o el material de sus medias. El mismo trabajo de la descripción minuciosa se puede percibir en los episodios de María Teresa en el baño de varones, donde se encierra para pescar a los alumnos fumando (hecho que podría decirse anima la trama y es el escenario de los momentos más importantes de la novela). Allí María Teresa irá descubriendo su sexualidad, de un modo más bien inocente, y también chocará de frente con la impunidad de la dictadura. Pero no hay discurso moral, a pesar del título que remite al nombre que tuviera el Colegio Nacional antes de llamarse así, ni ideológico ni sentimental. Se puede decir que con todos estos elementos Kohan arma una alegoría de la impunidad durante la dictadura argentina. Es decir, cuenta una historia mínima mientras la otra Historia (así con mayúscula), la de los hechos “importantes”, permanece en el fondo. Un recurso que obliga al lector a descifrar ese otro significado subterráneo sin la intervención moralista o ideológica de un narrador. (Algo similar ocurre con Los pichiciegos de Fogwill re-editada en 2007 por Interzona en Buenos Aires). Creo que cuando Kohan afirma que el Colegio Nacional es un “concentrado de la argentinidad” hasta tal punto que “es la patria” está tratando de referirse a este nivel alegórico de Ciencias morales.

 

Otro elemento, en parte ligado a este, es la representación paródica de la Historia en la historia de María Teresa. El más notorio es la presencia fantasmal del hermano de la protagonista, Francisco, que realiza el servicio militar y es trasladado a lo largo de la novela cada vez más cerca de Las Malvinas pero sin llegar nunca a entrar en acción. Lo mismo sucede con la clase de la profesora de dibujo, en la que María Teresa colabora pasando las diapositivas de los cuadros de Cándido López sobre la guerra del Paraguay o la clase de historia en la que María Teresa, en sustitución del profesor, dicta a los alumnos citas de Sun Tzu, Maquiavelo, Clausewitz y Mao Zedong sobre la guerra. Otro tanto sucede con los actos patrios. Se puede decir que la dictadura, la guerra de las Malvinas o la Historia misma son un murmullo, un mar de fondo, algo que está allí afuera y que penetra subrepticiamente en el asfixiante mundo de la institución educativa que Ciencias morales representa.

 

Finalmente, hay otra forma de la parodia en Ciencias morales. Y es la reescritura (que siempre es una relectura) de Juvenilia, una novela de Miguel Cané publicada en 1882 y que está signada por lo autobiográfico. Cané reunía en ese texto un conjunto de anécdotas del Colegio Nacional cuando él había sido estudiante. El texto es parte del canon literario argentino decimonónico y es prácticamente imposible no leer Ciencias morales como una relectura del texto, a pesar de la interpretación que el propio Martín Kohan hizo. Para argumentarlo Kohan se centró en su elección formal por un narrador en tercera persona frente a la primera persona autobiográfica de Juvenilia. El otro argumento es que él centró su atención en la perspectiva del poder, de los sujetos menores que hacen posible los dispositivos de control, mientras en Juvenilia Cané representa el mundo de la transgresión de los estudiantes a ese control. Alcanza con esta necesidad imperiosa de alejarse del modelo para darse cuenta de que Ciencias morales es una relectura de Juvenilia. El pez por la boca muere.

 

Pero hay otros aspectos interesantes. Como buena parte de la narrativa decimonónica Juvenilia es una novela sobre sujetos masculinos. Kohan elije la perspectiva de una mujer que incluso hace pasar por una reivindicación de género en alguna entrevista. La novela de Cané representa también la nación y sus conflictos a través de la separación de los estudiantes del interior y los de Buenos Aires dentro del Colegio. También Ciencias morales es una representación de la nación y de la impunidad que penetró en todos los niveles de la vida cotidiana en Argentina. La lectura de Kohan provoca un nuevo texto, quiero decir, no va en contra de su “creatividad” decir que es una reescritura de Juvenilia y por eso no se entiende la negativa a aceptarlo. Esta sería una Juvenilia consciente del artificio de un narrador que privilegia un punto de vista, despojada del discurso del intelectual faro de Miguél Cané y que deposita en el lector la posibilidad de descifrar la Historia en el relato de un personaje gris como María Teresa.

 

Lo hacemos por el dinero

 

Martín Kohan no es el primer narrador argentino que gana el premio Herralde. Dos años atrás, Alan Pauls había ganado con El pasado (2005). Desde el inicio este premio, que tiene el nombre del director de la editorial Anagrama, viene lanzando al mundo editorial la obra de narradores latinoamericanos de calidad dentro de una geografía “hispánica” como Roberto Bolaño, Alan Pauls y tantos otros.

 

El premio, además del reconocimiento a la obra de Martín Kohan, respondería a una apuesta comercial de Jorge Herralde, dueño de la editorial Anagrama y miembro del jurado que premió esta novela. Al mismo tiempo de publicar el premio, Herralde decide lanzar al mercado Historia del llanto, la última novela de Alan Pauls en la misma colección. La jugada que el editor está desarrollando en los últimos años, en realidad después de la crisis de 2001, consiste en imprimir una parte del catálogo que publica en Barcelona, con los costos y las ventajas de distribución que ofrece Buenos Aires eliminando los costos de la importación, y que nosotros, de costado, gozamos en Montevideo. Los beneficios para los lectores rioplatenses son visibles: algunos títulos “con salida” cuestan mucho más baratos. Se pasa de pagar 600 o 700 pesos por un libro de Paul Auster a pagar 400 (precios aproximados).

 

No es curioso que Anagrama, una editorial “independiente”, se sume a la competencia o la conquista del mercado editorial porteño (que se amplía a lo rioplatense) en el que están los grupos editoriales globales desde hace años con estrategias diferentes. De hecho se suma a una lógica de producción y circulación de bienes culturales que concentra buena parte de las decisiones sobre lo que leemos en Latinoamérica en el Atlántico Norte. La misma globalización económica, política y cultural que hace posible a Planeta o Sudamericana, también hace posible a Anagrama cuyo catálogo es visiblemente diferente al de estas editoriales. Las dos estrategias, posibles en esta etapa de la globalización, ayudan a visibilizar a un conjunto importante de narradores profesionales en Argentina y en Latinoamérica. Algunos de ellos están proponiendo estéticas alternativas y, en alguna de sus versiones, críticas a lo que se conoce con la etiqueta de “narrativa hispanoamericana” en el primer mundo. En ese marco la obra de Kohan, más allá del premio, ofrece una búsqueda de alternativas al realismo político de los sesentas por demás interesante.

 

Alejandro Gortázar

 

Este texto fue publicado con el título “Del baño a la historia. La novela sobre la dictadura argentina ganadora del premio Anagrama.” en la diaria Nº 516. Montevideo, 25/03/08:7. Ciencias morales de Martín Kohan. Buenos Aires, Anagrama, 2007. 218 páginas.

 

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