El discurso autobiográfico de dos afrodescendientes en el siglo XIX

Manzano

Casi al mismo tiempo pero en espacios geográficos diferentes dos afrodescendientes -Juan Francisco Manzano en Cuba y Jacinto Ventura de Molina en Uruguay- toman la palabra escrita en sociedades en las que no era posible ni esperable que esto sucediera. Y sucedió precisamente porque una crisis amplió el límite de lo posible en las sociedades hispanoamericanas. El orden colonial y el orden esclavista fueron puestos en cuestión por las revoluciones independentistas que estallaron hacia 1810. Las sociedades coloniales comienzan procesos de proyección e imaginación de un nuevo orden social de corte nacional, soberano y hegemonizado por el Estado. La cuestión de los esclavos africanos o sus descendientes aparece como una paradoja difícil de resolver en el marco de la conformación de un cuerpo ciudadano soberano y libre. De allí las posturas ambiguas de las revoluciones independentistas que no abolieron la esclavitud. En su lugar crearon leyes de “vientres” (que liberaban a los hijos de esclavos nacidos a partir de la fecha de promulgación de las leyes) y endurecieron su postura frente al tráfico de esclavos. 

[…]

Son muchos los aspectos que acercan y muchos los que alejan a estos dos autores afrodescendientes. Todos ellos vinculados a dos espacios y tiempos coloniales muy distintos a pesar de compartir la dominación española. En Cuba, territorio colonial dedicado a la plantación extensiva de caña de azúcar, se introdujo un número importante de esclavos – en ascenso desde 1792, con más de 300 mil en 1830, y 436 mil en 1841 – cuyo crecimiento estaba directamente relacionado con el aumento de producción de azúcar. La separación entre el esclavo de ingenio y el esclavo de la casa era muy grande y el propio Manzano así lo expresa en su Autobiografía, cuando niega cualquier roce o contacto con otros esclavos. En Montevideo, a pesar de ser uno de los puertos “negreros” más importantes de América del Sur, única puerta de entrada formal de esclavos, la población africana y sus descendientes representó un número mucho menor – un poco más de 3000 entre esclavos y libertos hacia 1805 y un poco más de 4000 en 1843. Los esclavos que llegaban a Montevideo cumplían tareas domésticas, se empleaban en obras edilicias y oficios artesanales así como en estancias para la actividad pecuaria, trabajos diferentes a la plantación extensiva o la extracción de minerales.

Aprender a escribir “yo”: escenas originarias

El modo en que Manzano y Molina aprendieron la letra ocupa un lugar central en los relatos de sí mismos. En ambos el eje que organiza estas escenas originarias es la mimesis con la cultura letrada del hombre blanco. En los manuscritos de Jacinto Ventura de Molina hay varias escenas pedagógicas en la que el tutor blanco, el Brigadier español José Eusebio de Molina, pone mucho empeño en enseñar todos los aspectos de la cultura letrada española al niño Jacinto Ventura, empeño en el que también colaboran personas de su entorno. Sin embargo en Manzano el acceso a la escritura es más conflictivo. Desarrolla un “dispositivo mimético”, una copia en base a residuos, en definitiva una treta del débil que le permite, fuera de la mirada vigilante de su amo, a hurtadillas, adquirir la letra. Pero quisiera analizar con más detenimiento estas dos escenas originarias.

Cuando Manzano redacta sus memorias para el grupo de Del Monte y para Richard Madden hacia 1835, éste era esclavo y había publicado ya un libro de poesías y algunas obras en la prensa de Matanzas. Aún en una posición subordinada entre los letrados de la época, Manzano accedió a la palabra escrita. Ninguno de sus dos intermediarios (Madden y Del Monte) le enseñó la letra, sino que supieron capitalizar las habilidades que Manzano había adquirido por sí solo. Del Monte fue su “mentor literario” y la persona que lo animó a escribir su autobiografía pero no su tutor. Manzano había desarrollado algunas tácticas para entrar en el mundo letrado de los blancos. Una de ellas fue aprender a escribir:

(…) biendolo qe. apenas aclaraba cuando puesto en pie le preparaba antes de todo la mesa sillon y libros pª. entregarse al estudio me fui identificando de tal modo con sus costumbres qe. empese yo tambien a darme estudios (…) tomaba sus libros de retorica me ponia mi leccion de memoria la aprendia como el papagayo y ya creia yo qe. sabia algo pero conosia el poco fruto qe. sacaba de aquello pues nunca abia ocasión de aser uso de ello, entonces determiné darme otro mas util qe. fue el de aprender a escribir (…) compre mi taja pluma y plumas compre papel muy fino y con algun pedaso de los qe. mi señor botaba de papel escrito de su letra lo metia entre llana y llana con el fin de acostumbrar el pulso a formar letras iva siguiendo la forma qe. de la qe. tenía debajo con esta imbension antes de un mes ya asia renglones logrando la forma de letra de mi señor causa pr. qe. hay sierta identidad entre su letra y la mia.

Copiando la letra de su amo a hurtadillas Manzano rompe finalmente con el cerco que levantaron sus amos en torno a la cultura letrada. Pero antes de esto Manzano relata muchos momentos en los que la cultura letrada le fue vedada. Según Sylvia Molloy:

(…) porque no puede conseguir libros, porque recitar de memoria es un acto punible, porque le está prohibido escribir. (Manzano necesitó una autorización especial para publicar años después sus escritos.) El concepto de archivo, de conjunto cultural, el concepto mismo de libro (…) es por completo ajeno a Manzano. Su escena de lectura es particular: sólo tiene acceso a fragmentos, retazos desvalorizados de textos variados que encuentra por casualidad, sobras de la mesa cultural de sus amos (…) Antes de aprender a leer, el niño es coleccionador de textos. (…) Desde pequeño se convierte en eficaz máquina de memoria. (…) [Compone décimas de memoria pero no las escribe] Manzano está condenado a la oralidad: no en vano lo apodan Pico de oro. Y cuando su recitado en voz alta se juzga molesto, se lo condena al silencio (…) La falta de libros es suplida por el “cuaderno de la memoria” (…) su memoria también conserva los propios poemas, que sigue componiendo a pesar de la doble prohibición: ni puede ponerlos por escrito (el escribir está fuera de su alcance) ni puede decirlos en voz alta (porque le está prohibido recitar)”.

Manzano dibuja a partir de los desechos de sus amos mientras estos toman la lección de dibujo, y lo hace bien. Por eso es castigado. El residuo y la mimesis a los que recurre sistemáticamente le permiten aprender a escribir: “se enseña a escribir con un sistema tan admirable como el utilizado para aprender a dibujar, recurriendo a un reciclaje de desperdicios igualmente creador. Compra pluma y papel muy fino y, rescatando papeletas estrujadas y anotaciones desechadas por su amo, las alisa, las coloca bajo una hoja transparente, y literalmente las calca (…)”. El amo considera que no es útil para un esclavo escribir y se lo prohíbe, es un pasatiempo y el esclavo tiene que ser productivo.

El crítico Julio Ramos llama “dispositivo mimético” a esta técnica inventada por Manzano, esta “imbension” que no es la mera copia del mundo blanco, que Fanon valoraba negativamente en su estudio sobre la psicología del negro colonizado:

(…) La facultad mimética del subalterno produce en el amo una ansiedad insoportable: la sospecha de que el “espejeo” no era pasivo, y que la letra calcada trastocaba la estabilidad, los lugares fijos de la jerarquía, la economía de las diferencias que garantizaba los límites del sentido, la identidad misma del poder. (…) El desajuste que opera Manzano en la jerarquía no es simplemente el efecto de una rebelde reinscripción de su diferencia ni de una enfática afirmación de su “otredad” ante el poder. El desajuste tiene más bien que ver con la similaridad que en su consecuencia más extrema imposibilitaría el reconocimiento del “otro” en tanto función diferenciadora de la identidad del amo.

La copia de Manzano perturba el mundo blanco ya que elimina o pretende eliminar las distancias entre amo y esclavo. Así la escritura de Manzano se convierte en un peligro para la institución esclavitud. El dispositivo mimético de Manzano, su deseo del mundo letrado blanco, permitieron entre otras cosas que consiguiera su libertad.

El caso de Jacinto Ventura de Molina es diferente. Molina no era un esclavo. Había nacido libre. Era hijo de Ventura y Juana del Sacramento. Ambos libres. Ventura fue liberado por el español porque en una ocasión le salvó la vida. Juana consiguió su libertad al escapar del bando portugués. Desde muy temprana edad el hijo de ambos africanos, que se mantuvieron al servicio del Brigadier, gozó de ciertos privilegios frente al amo, quien tomó muy en serio la tarea de educarlo:

Daba mi lección de memoria a mi Señor a la noche, en presencia de mi padre y el mayordomo, cuando su señoría tomaba candial o chocolate. Con este motivo me daba una explicación del idioma latino palabra por palabra, por lo que no sólo lo leo y entiendo, pero lo traduzco sin hablarlo pues ignoro sus reglas y composiciones para formar oraciones.

Hay muchos pasajes como este en los que Jacinto Ventura es objeto de lecciones y pruebas de su conocimiento frente a su tutor. Comenzó a escribir sus documentos a los tres años junto al secretario de su tutor, Manuel Otero, y culminó su formación en 1780 con Mateo Cabral. A los cinco años el español comenzó a enseñar a Jacinto a leer, escribir y rezar. A los seis años conocía el catecismo de Astete y como afirma en este manuscrito sufrió: “un dilatado ecsamen, tres beses en el Riogrande: mereci la aprobación y sertificado ami S.or, del virtuoso Capellan D.n Josef Galeano que a la edad de seys años, y medio, me ynstruyó, comfesó, e yso cumplir con la iglesia, de cuya obligación no me separé asta aquí”. En 1774 comenzó a “dibujar por reglas” a cargo del Teniente Coronel de Artillería Don Francisco de Betbezé. Su formación en este punto se profundizó con D.n Félix Iriarte entre 1780 y 1792.

Ese mismo año – 1774 – comenzó su instrucción militar dado que los niños de Río Grande sirvieron a la artillería trasladando cartuchos y tacos. Al año siguiente vuelve a entrar en acción frente al segundo ataque de los portugueses a la ciudad en 1775, y finalmente durante la toma de 1776. La cuarta acción militar de Jacinto fue durante el sitio de Colonia del Sacramento ese mismo año. En 1777 Jacinto viaja a Buenos Aires por primera vez y en ese momento: “savia leer, escribir, contar, todo el catecismo de Astete”. El militar español estuvo en Buenos Aires para resolver algunos de sus asuntos y fundamentalmente para encontrarse con el virrey quien se retiraría poco después a España y morir al año siguiente.

Ese año Molina se hizo con sus seis tomos del Digesto (compilación de normas del Derecho Romano) con el que Jacinto aprendió latín:

(…) trajo en, 77, de B.s, A.s, esta obra, que entre barias tenia en sus baules archibada en casa del Sòr D.n Vizente Gil: ò de las SS.s Españolas: daba mi leccion de memoria a mi Sòr a la noche, en presencia de mi padre, y el mayordomo, quando S,S.a, tomaba Candial, ò chocolate: con este motibo S.a, medaba una explicación, del ydioma latino palabra por palabra: por loque no solo lo leo, y entiendo pero lo traduzco cin ablarlo, pues ygnoro sus reglas, y composiciones, para formar oraciones y contestos.

A los 11 años Molina había sido alfabetizado y evangelizado, sabía latín, aritmética, y tenía nociones de dibujo que profundizó años más tarde. El trayecto de quienes tenían acceso a la educación se iniciaba en una escuela de primeras letras en la que se enseñaba a leer, a escribir, las cuatro operaciones de la aritmética y la doctrina cristiana. Jacinto Ventura había asistido a la escuela de primeras letras que José Eusebio de Molina creó en Río Grande durante la ocupación española (1763-1775). El maestro Mateo Cabral dirigió esta escuela y poco después – 1776 – obtuvo la licencia otorgada por el Cabildo de Montevideo para ejercer en forma privada el magisterio en primeras letras.

La educación continuaba con estudios secundarios y superiores. En los primeros el Maestro de Gramática o Latinidad enseñaba latín, retórica, aritmética, geometría, astronomía, física experimental y otras. En los segundos Filosofía y Teología. Las opciones por aquel entonces, para los estudios superiores era el Colegio de San Francisco de Buenos Aires o la Universidad de Córdoba. La educación de Jacinto Ventura no siguió este camino, aunque su educación en diversas materias continuó gracias a los aportes de su tutor o de personas vinculadas a él. Eso sucedió, por ejemplo, con la poesía. Jacinto Ventura se aficionó a la poesía a instancias de Vicente Maturana, un español al que seguramente conoció en el segundo sitio a Colonia de Sacramento en mayo de 1777. En aquella oportunidad Cevallos destruyó los muros de la ciudad y para aquella tarea requirió los servicios de Maturana, por ese entonces alférez de artillería: “ese mismo oficial afecticimo al Vrigadier Dn Josef de Molina me dio gratuito sus primeros cuadernos de poecia en los años 1780_ 81_ asta 82 aqui divirtiendose con mi Sor y otros oficiales en el uso de mi estudio y composiciones”.

Los primeros años junto a su tutor fueron determinantes para Jacinto Ventura no solamente por la instrucción recibida según los parámetros de los españoles de la ilustración que integraban la incipiente ciudad letrada colonial en la Banda Oriental, también estos hombres le proporcionaron una red social que Jacinto siguió explotando tras la muerte del Brigadier. El proceso de aculturación del que Jacinto fue objeto, le proporcionó una rejilla para interpretar el mundo imbricada con la colonización. Con ella Jacinto atravesará el proceso de cambio social que va de la Colonia al Estado-nación. Su aprendizaje fue cuestionado por los pares del Brigadier. Así lo relata el Licenciado en un episodio que protagonizan Jacinto Ventura de Molina, y los militares José Eusebio de Molina y el Ministro de Marina Don Bernardo Alcalá:

(…) La noticia de la indisposición de D.n José de Molina se extendió y vino a verlo el Ministro de Marina D.n Bernardo Alcalá, compañero del célebre Petisco. El comedor de la habitación de D.n José de Molina, era también la sala y en una gran mesa residía la de mi estudio y prácticas; reglas compás, lápiz, cortaplumas, libros, cuadernos, tintero salvadera. Yo daba siempre recitando de memoria, las materias literarias que D.n José de Molina me señalaba la noche antes; objeto que no suspendió, desde que leí en libro de cinco años, siendo esta la razón de recitar para concebir, lo que aprendía dentro en esta ocasión. El Ministro no saludó ni yo oí sus pasos; llegó por la espalda hasta mí y notó mi ocupación: “Oye negro”, me dijo, “¿qué papeles son esos?” “Son míos” “¿Tuyos?” “Si, S.or” “¿Quién te enseña y escribe esas cuentas, el amo Molina?” “Si, S.or”. Se retiró de mí y partió a ver a D.n José de Molina. Su saludo fue el que se me dio a mí, pocos años hace. “Molina, ¿Está Vmd loco?”; “Alcalá, ¿está vmd bueno?”; “Hombre ¿tiene vmd valor de estar enseñando ese negro? Cuando en Cádiz se está tratando este asunto de la esclavitud de los negros y es una materia su instrucción que de modo alguno se puede permitir en las Américas. Deje Vmd eso y diviértase vmd de otro modo”.

El español José de Molina se tomó muy en serio su “experimento”, como se desprende del pasaje en el que Jacinto Ventura de Molina describe su escritorio y su espacio para la escritura. El diálogo del ministro con este sugiere la desconfianza que muchos hombres blancos tendrán en el futuro ante ocupaciones tan “raras” para un afrodescendiente. A pesar de estas resistencias la letra para Molina fue acompañada de un proceso de aculturación que sus propios padres fomentaron. La mimesis hizo que Molina fuera un excelente reproductor de la cultura española. Son muchos los pasajes en los que relata cómo “repetía” la lección, lo cual muestra la centralidad de la mimesis de la cultura blanca como única medida para estos dos afrodescendientes. Pero al mismo tiempo, en ambos casos escribir se convirtió en una forma de subsistencia y de ganar los favores de otros tutores blancos. Todo eso contribuyó a obtener cierta autonomía como letrados: en el caso de Manzano comprando su libertad y en el caso de Molina, consiguiendo mediante la protección de hombres y mujeres blancos acceso a la lectura, a la compra de papel o los favores de las élites dirigentes.

A pesar de estar unidos por su mimesis con la cultura blanca dominante, son notorias las diferencias entre ambas escenas originarias: Manzano, como esclavo, tuvo que robar la letra, copiarla a escondidas, tuvo que recurrir a su memoria para retener los textos que leía y los que inventaba; Molina era libre, aunque también atado al servicio de un blanco, pero obtiene un rédito de ese “servicio” o trabajo esclavo, esa moneda de cambio es la cultura letrada para la que es entrenado sistemáticamente durante las primeras dos décadas de su vida. La situación jurídica de ambos también es diferente y aunque ambos reciban el rechazo de sus comunidades, la cercanía con el tutor y el hecho de ser libre en el Río de la Plata muestran a Molina en un escenario menos hostil al de Manzano en Cuba compartiendo ambos el espacio doméstico con sus amos.

Conclusiones

Los discursos analizados en este artículo le dan la razón a Frantz Fanon cuando afirmaba que había “un solo tipo de salida [para el hombre negro] que da al mundo blanco” pero esas salidas tuvieron formas diversas. Fanon escribía desde París sobre la situación colonial de Martinica, la isla del Caribe francófono de donde provenía, pero la dispersión de los africanos y sus descendientes por todo el Caribe y la costa atlántica hizo que las experiencias históricas de esos hombres variaran sustancialmente de lugar en lugar. La afirmación es válida para el siglo XIX y una parte del siglo XX, porque a partir de la poesía mulata de Nicolás Guillén y la negritud de Aimé Cesaire, los afrodescendientes iniciaron un largo proceso de afirmación de sus propios valores culturales. En Hispanoamérica, en las primeras décadas del siglo XIX, dos hombres negros escribieron sobre sus experiencias y compartieron tácticas miméticas para hacerse de la cultura letrada blanca. Pero los contextos de enunciación (Cuba y Montevideo) hicieron muy distintas sus formas de apropiación: Manzano roba a su amo calcándola de trozos de papel tirados a la basura, Molina es educado sistemáticamente por su tutor.

Estos hombres escribieron sobre sí mismos marcados por experiencias disimiles: Manzano por la esclavitud que niega la humanidad al “negro” y Molina por la libertad en una sociedad racista que lo ignora o se burla de él. Y la suerte de sus escritos fue diversa. La Autobiografía de Manzano estuvo marcada por sucesivas apropiaciones, Manzano no tuvo control sobre su propia historia en el papel ni sobre la autoría de su texto. A pesar de eso quedan algunos rastros en la historia del impacto que tuvo escribir sobre sí mismo. Su texto ingresó al canon de la literatura nacional cubana de la mano de estas apropiaciones. Por el contrario Molina tuvo un control absoluto sobre sus papeles, utilizó el discurso autobiográfico con mayor libertad e hizo un uso táctico de sus recuerdos y su pasado. Pero su suerte fue la peor desde el punto de vista de su ingreso al canon literario uruguayo, cuyos historiadores y críticos fueron indiferentes a su escritura.

Los textos comparten una ortografía y una sintaxis que los hace difíciles. Son marcas de formaciones deficitarias, relacionadas con lo étnico-racial y la clase, que originaron correcciones de estilo o exclusiones de las respectivas literaturas nacionales. Algunos autores encuentran en los textos de Manzano “conciencia de su africanidad” y en los de Molina una escritura negra que media entre “clases populares y distintos niveles de poder”. Lo cierto es que en ambos autores la “africanidad” es negada como parte de la voluntad por encajar en sus comunidades letradas blancas y ser incorporados a la cultura dominante. La mediación de Molina lo acerca a las clases populares aunque no debe confundir al analista en la medida en que representa a los afrodescendientes desde la perspectiva de la cultura dominante. Sin embargo, hablar desde el poder/con el poder no debe opacar las peculiaridades de una enunciación fronteriza que se proyecta sobre las literaturas nacionales y amenaza con desafiar los criterios con los que se organizaron estas literaturas. Describir su lugar preciso en esas literaturas así como las formas en que reproducen, rechazan y/o encuentran resquicios en la cultura dominante es un paso importante hacia el reconocimiento de los aportes de los afrodescendientes a la cultura letrada del siglo XIX.

Alejandro Gortázar

Esta es una versión abreviada (introducción, primera sección y conclusiones) de un texto publicado originalmente en el número 21 de la revista Centroamericana (pp. 31-53), editada por la Cátedra de Lengua y Literatura Hispanoamericana de la Universidad Católica del Sagrado Corazón (Italia). El número de la revista completo aquí. El texto completo del artículo en formato PDF, aquí.

Un comentario en “El discurso autobiográfico de dos afrodescendientes en el siglo XIX

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