El Estado es mi pediatra (por Sandino Núñez)

Una vez más Sandino Núñez tuvo la amabilidad de compartir un artículo publicado en la revista Tiempo de crítica (Número 18, 20 de julio de 2012) para su difusión por este medio. En dos oportunidades aparecieron aquí artículos de Gabriel Delacoste de la misma fuente (uno sobre la propiedad intelectual y otro sobre la izquierda después de Lenin). El artículo interviene en una discusión pública que instaló el presidente José Mujica en torno a la legalización de la marihuana. Los dejo con el artículo.

De la ideología al biopoder

El Estado es mi pediatra

por Sandino Núñez

¿Qué ha ocurrido, por ejemplo, y en varios niveles, con el famoso asunto de la legalización de la comercialización de la marihuana? Sólo es capaz de desplegarse entrampado entre el océano excitadísimo de las opiniones espontáneas de las personas sorprendidas por periodistas en la plaza de los bomberos o por encuestadores telefónicos, o de los que votan en las convocatorias abiertas de los programas de tele, y el dictamen definitivo, sin sombra y sin crítica, del gran testigo de lo real: el tecnocientífico. La dinámica es una perfecta oscilación entre la señora que dice que la marihuana produce homosexualidad y nos vuelve a todos asesinos y comunistas o el maluco que predica que nos vuelve a todos buenos y mejores, a la autoridad académica del director del Centro Izcali que observa que la “acción de algunos psicotrópicos ocurre exactamente en el cerebro humano (la última gran especialización evolutiva del cerebro neomamífero) que es donde se aloja ‘la idea de justicia, libertad, responsabilidad, respeto’, etc.”, —el faso nos acerca a la locura moral—, y para probarlo hay estudios, investigaciones, tomógrafos, fotografías y cifras. Da un poco de risa, y eso es lo que Foucault en Los anormales, llamaba lo ubuesco del poder: un dictamen absurdo que hace reir, pero que inquietantemente muestra un poder real sobre la vida, y eventualmente, sobre la muerte.

Acerca del mismo glorioso asunto, sobre el cual no podía mantenerse al margen, la Sociedad de psiquiatría del Uruguay observa:

el consumo de marihuana (cannabis) tiene efectos adversos que enumeraremos resumidamente a continuación: (…) la intoxicación aguda (…) produce alteraciones a nivel del estado del ánimo, la atención, la concentración, la memoria, la ubicación en el tiempo y la coordinación motora (con aumento del riesgo de accidente de tránsito u otros); (…) Cuando el consumo es frecuente, intenso y crónicopuede generar un síndrome amotivacional con apatía, desinterés, indiferencia, disfunción de las capacidades cognitivas (…), afectación de reflejos, actividad motora y coordinación. Incluye alteraciones emocionales, cansancio y aumento de peso. Se deterioran las actividades interpersonales, sociales, el desempeño escolar, laboral, atlético, etc. La marihuana puede inducir episodios psicóticos agudos: experiencias e ideas delirantes, alucinaciones, etc. Además es un factor de riesgo para la esquizofrenia, precipitando el inicio de la misma en edades más tempranas, en un número pequeño pero significativo de jóvenes, actuando como factor crítico aunque no único. También influye sobre la evolución de la esquizofrenia establecida aumentando las descompensaciones. El consumo puede inducir la aparición de trastornos del estado del ánimo e incidir sobre su frecuencia e intensidad y si bien los estudios no son concluyentes, acentuar el riesgo de autoeliminación. La marihuana puede desencadenar crisis de pánico, y en los dependientes la prevalencia de trastornos de ansiedad es elevada”.

¿Y qué son “intoxicación aguda”, “consumo frecuente, intenso y crónico”, “posibilidad de episodios psicóticos”, “acentuar el riesgo de autoeliminación”, etc., sino anomalías, accidentes mecánicos irracionales de un proceso que debe por tanto ser enteramente conducido a lo mecánico-irracional si es que no queremos que, llegado el momento, la anomalía nos salte a la cara? Y esto es, exactamente, la intervención preventiva sobre la posibilidad de la anomalía y del accidente extremo que debe reducirse al mínimo en un sistema cuya clave ontológica es la seguridad. En otras palabras, debemos tener una legislación que se legitime exclusivamente en expresiones positivas del objeto aberrante o de la anomalía, como “intoxicación aguda”, “consumo frecuente, intenso y crónico”, “posibilidad de episodios psicóticos”, “acentuar el riesgo de autoeliminación”. El biopoder procede creando el horror a la anomalía, y luego realiza actos de gobierno (como legislar o normar, por ejemplo) siempre en nombre de ese horror y de un posible exorcismo o de un conjuro repelente del objeto parcial horroroso. El biopoder está ahí para defender mi cuerpo y mi vida biológica, y el precio que pago por eso es, precisamente, mi muerte como sujeto político, mi entrega pasiva a manos de los expertos, mi infantilización radical y extrema. El Estado es mi pediatra.

Pero este asunto —y todo el biopoder contemporáneo, en suma— tiene otra cara. Para el caso cabe en un ejemplo: el Presidente Mujica ha dicho que si el proyecto (de legalización de la comercialización de marihuana) no cuenta con una aprobación previa del 60% hay que retirarlo (“nos vamos al mazo”, fue la expresión que utilizó). ¿Oportunismo y cálculo de beneficios electorales?, ¿fetichismo de la democracia de la opinión mayoritaria? El problema es que ya no hay ninguna diferencia. De cualquier manera la máquina del biopoder cierra acá dos hemistiquios sin fisuras y sin fallas. Porque el biopoder defiende la vida permanentemente amenazada por las anomalías (y nadie podría oponerse razonablemente a una fuerza que protege la vida), y porque la demanda espontánea del gobierno de ese poder por parte de la masa, con base en el horror a la anomalía, se instala en los medios y las encuestadoras (que son la metástasis milagrosa del medio), exclusivos representantes de la opinión pública y de la polaridad de las mayorías.

El biopoder contemporáneo tiene entonces, básicamente, dos grandes artefactos complementarios que funcionan en un incesante contrapunto. Uno. El fetiche de la democracia entendida como formas rituales de libertad y derechos, o como libre circulación de mercancías, opiniones, signos y energía, es decir, una perfecta y envolvente metáfora del mercado y de la propia vida. Dos. El biopoder propiamente dicho, es decir, toda la maquinaria policiaco-sanitarista del Estado y el paraestado en defensa y protección de la vida biológica y del cuerpo de las personas y de su circulación democrática. Los dos puntos extremos en los que se juega intermitentemente el delirio político de la cultura contemporánea son entonces, precisamente: a. la exaltación de la opinión pública, la polémica y el dialogismo insustancial e invertebrado de la masa, y b. lo real inapelable del científico o el técnico. Esa es la estructura elemental de nuestra cultura hoy. Y esa estructura tiene una fuerza de clausura inusitada. ¿Y qué es lo que se clausura? Lo que se clausura es, precisamente, la política como cierta instancia de autonomía de lo social y del sujeto sobre su existencia y sobre su vida biológica.

Estas dos instancias (goce democrático y horror a la anomalía real) son anudadas en un punto gracias a una especie de operación mágica. Hay objetos transicionales en los propios medios, reproducción a escala mínima y siempre inocente de esta estructura perversa en los periodísticos televisivos tipo Esta boca es mía o Código País. Esta boca es mía y Código País son el gran milagro de la democracia mediática contemporánea. Entre el tonto delirio sanitarista o policiaco de médicos, psiquiatras, economistas y expertos en seguridad, y la estupidez frontal de las encuestas y los debates y todo su juego electoral, transcurre nuestra democracia global. Pues la necia utopía democrática directa de la cultura global, en la cual la mayoría gobierna sin intermediarios desde la opinión expresada libremente, tiene como contrapeso no solamente el testimonio definitivo del biopoder más mecánico y real, sino el operador único de los medios y las encuestas que apoyan siempre un gobierno a “libre demanda”. Los medios son los que gobiernan. Y si ese mecanismo no se toca no habrá política.

Por último. Siempre admiré mucho a Foucault pero no soy foucaultiano. Nunca comulgué mucho con el Foucault que entendía que la clave para interpretar toda la historia política y epistémica del occidente moderno residía, precisamente, en el biopoder: el poder mecánico ejercido sobre el cuerpo y la vida (del individuo, del grupo, de la masa, de las poblaciones) por especialistas, técnicos, médicos, psiquiatras, policías. Me molestaba, antes que otra cosa, que toda la filosofía política del sujeto, crítica o emancipatoria (digamos, sólo para mencionar una línea fuerte: Descartes, Kant, Hegel, Marx, Freud), cayera como mera superchería metafísica y como un dispositivo sin otra finalidad que la de disciplinar a los cuerpos y hacerlos dóciles, o de negar y reprimir a través de una moral secular o religiosa la realidad del cuerpo, del placer y del “cuidado de sí” para pasar a la verdad fantasmal del sujeto. Sin embargo, nada mejor que el concepto de biopoder y las teorizaciones fuertes de Foucault para acercarnos a las formas del poder en el mundo contemporáneo. Un poder que la clase política intelectual no entiende ni sabe cómo combatir (y ni siquiera sabe que es algo a combatir).

Digamos, contra lo que opinan algunos pensadores como el esloveno Zizek, que el mundo global del mercado y el capital ya casi no procede por ideología sino por la mecánica elemental y despiadada del biopoder. No, por lo menos, si entendemos clásicamente por ideología un procedimiento más o menos simbólico, relacionado con una idea o con un sentido o (lo que es más o menos lo mismo) con el ocultamiento de una idea o un sentido. La ideología apuntaría así a la vida social y política, a los modos simbólicos de vida, mientras que el biopoder opera en forma elemental sobre la vida misma, la nuda vida, la vida biológica. La ideología está ahí para ocultar, reprimir o distorsionar cierta verdad, cierta dimensión política de la vida social, mientras que el biopoder lisa y llanamente está para impedir o forcluir esa verdad.

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