Dr. House: el héroe infame del biopoder (por María José Olivera Mazzini)

 

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Infamia

Las series con escenarios médicos, protagonistas vinculados al sistema de salud y sus derivaciones, ya son un clásico dentro del circuito audiovisual. Algunas son muy diferentes entre sí y otras reproducen el esquema exitoso. Estas ficciones en general son éxitos comerciales y han construido un público objetivo amplio pues cualquiera podría ser un potencial paciente en la realidad. Y aún más, si se realiza una breve pesquisa, también son los médicos los que debaten respecto a estas series y sus implicancias. El universo creado a través de la infraestructura hospitalaria, las historias de enfermedad y los personajes vinculados a la tecnología médica en la ficción, se tiñe de un fuerte correlato con el orden de lo real.

El rol del médico, el poder de vigilar el cuerpo y velar por la vida dentro de la configuración del Biopoder, es clave dentro del corpus teórico foucaultiano. El énfasis marcado por la medicalización, que Foucault estudia desde su construcción diacrónica, está puesto desde esta perspectiva en la vida y no en la muerte. Prolongar la vida, curarla, salvarla y construir estrategias de prevención son elementos fundantes del sistema hegemónico médico. Por tanto, el poder que se ejerce sobre los cuerpos-vida es detentado de manera absoluta e inobjetable, ya que en definitiva es un poder discursivo que se presenta como absoluto en su carácter de verdad “…cuando se quiere objetar a la medicina sus deficiencias, sus inconvenientes y sus efectos nocivos esto se hace en nombre de un saber médico más completo, más refinado y difuso.” (Michel Foucault . La vida de los hombres infames. Altamira y Nordan-Comunidad. 1992. 110).

Dr. House, el Sherlock de la medicina.

Cierta prensa ha celebrado los altos índices de audiencia que fue adquiriendo la serie House (EEUU, 2004-2012) a lo largo de sus ocho temporadas. El episodio final fue todo un suceso, se lo promocionó, discutió y refirió largamente. De alguna manera, se ha entendido que este éxito de audiencia y fidelidad marcó un cambio en la degradada opción de consumo de los espectadores, que mágicamente se han volcado a ver una serie de calidad, profunda, inteligente, intertextual; que “vale la pena”. El punto de partida podría no ser tan discutible como su sustento: la celebración de un personaje que es construido como un Héroe moderno despreciable pero no tanto, porque al fin al cabo es médico y salva vidas.

El Dr. Gregory House es el infectólogo y nefrólogo encargado del Departamento de Diagnóstico Médico del Hospital Universitario Princeton-Plainsboro de New Jersey, protagonista absoluto de la historia, que encuentra en él la clave del éxito. House es una especie de héroe infame que le calza perfecto a la estructura que controla, vigila y sana las anomalías. Es un hombre cínico, adicto, soberbio, misántropo y por momentos misógino. No se presenta como el estereotipo del médico noble que da su vida en pos de la de los otros, ni como un ejemplo de ser humano. House es su opuesto más perfecto y atractivo, pues sí salva vidas pero siempre y cuando el proceso para hacerlo requiera de su inteligencia. La valorada inteligencia prodigiosa de este personaje radica en su capacidad para diseñar un método racional deductivo que busca dar con la cura de alguna extraña y compleja enfermedad, rearmando así el orden – biológico -. Si no lo salva House, no lo salva nadie.

 

David Shore, uno de los creadores de la serie, se ha definido como admirador de Sherlock Holmes y a partir de allí, se han trazado las coincidencias narrativas, temáticas y estructurales con la obra de HArthur Conan DoyleH. House toma a cada paciente como un “caso”, no se involucra de ninguna manera con la persona sino que por el contrario, traza constantes ironías respecto a la afectividad que el equipo de médicos a su cargo, o la Dra. Lisa Cuddy puedan interponer. El constante sarcasmo respecto a cuestiones que no estén vinculadas a la realidad de los cuerpos es parte de la identidad de este personaje, que a través de diálogos extensos argumenta con ironía respecto a la creencia en dios, en el alma, en el amor o en cualquier verdad que no sea la que guía su práctica médico-discursiva.

A lo Sherlock Holmes, House realiza el razonamiento invertido, parte de los síntomas, traza un plan racional, inesperado e iluminado, para llegar a la causa y dar entonces con el tratamiento adecuado. Trabaja a partir de la lógica causal, encuentra pistas allí donde otro médico no detendría su atención y desarrolla para cada caso una estructura intelectual positiva similar a la de la tradición de la novela policial clásica. Además, su ser es complejo, se tiñe de un aura de soledad y dolor que se presenta como inefable; su único amigo confeso es el Dr. Wilson, que al igual que Watson a Holmes, le agrega en la construcción del discurso que resuelva el enigma. House es la voz prestigiosa del Centro de Diagnóstico, es con quien todo estudiante quisiera trabajar a pesar de ser despreciado y humillado, es el médico brillante y por ello suele tener la última palabra incluso cuando contradice las normas del hospital o de la ética médica. La genialidad de House es su marca, una genialidad infame que provoca admiración. Trasgrede las normas hospitalarias y legales, realiza experimentos, miente y es cruel, pero prima en él un objetivo esperanzador: la cura. Es esa construcción esperanzadora la que matiza el miedo.

La enfermedad de sus pacientes, y la vida de éstos, solo adquieren relevancia si activan y ponen en juego la inteligencia de la interpretación. House es la excepcionalidad que confirma la regla, representa el mecanismo que ejerce el discurso técnico-científico. Se subleva ante la doxa tradicional, subvierte la normativa establecida, pero al hacerlo legitima su práctica positiva, racional y hegemónica. La medicina se presenta entonces como un sistema de saberes verdaderos que subestiman cualquier intento reflexivo-simbólico. La verdad, la que vale la pena encontrar, es la otra, la que puede resolver anomalías. No importa cómo, no importa por qué.

A lo largo de las ocho temporadas House despliega su espectáculo antisentimental, degradando al plano de lo poco relevante a la moral y al amor. Me pregunto si la admiración que provoca este personaje no estará dando cuenta de lo instalado y valorado que está este modus operandi. House al “salvar” la vida del Otro enfermo queda atrapado en una estructura intelectual que no tiene lugar para “supercherías” amorosas. Su cinismo da cuenta justamente de que el amor es una condición de verdad que supone razones, no es solo un “sentimiento irracional” que sucede, pero al mismo tiempo es ese cinismo lo que hace que dichas razones de verdad queden reducidas a un manifiesto racional de causas y efectos. En el episodio final todos están presentes menos la Dra. Cuddy, y está bien. Ella podría haber sido quien lo salvara de la vida, porque el amor es vida y muerte.

House parecería configurarse en principio como un héroe moderno subversivo. Sin embargo, es justamente su construcción trasgresora lo que lo hace no subvertir el orden técnico normativo, sino más bien, ser su excelso ejemplo. A través de su accionar reafirma que la verdad está en manos del discurso técnico racional, es representante de un sistema de salud que vigila y controla y su rebeldía es apenas un guiño.

Usted tiene Cáncer

El cáncer ha sido y es una de las enfermedades más temidas y estudiadas de los últimos tiempos. Cifras y datos circulan en los medios masivos de comunicación, campañas de prevención, explicaciones para “la gente común”, contención a los pacientes y sus familiares y un sinfín de etcéteras. Pronunciar la palabra Cáncer parece ser todo un logro, se la evade, se la esconde, porque enunciarla es en definitiva invocar a la muerte. La palabra mágica, la palabra creadora, cosmogónica, toma la forma de “cáncer” en estos tiempos médicos.

El significante ha dado lugar a la metáfora y al mismo tiempo, paradójicamente, cuando el médico se enfrenta al paciente muy pocas veces le dice “Usted tiene cáncer”, sino que usa todo un arsenal de eufemismos, algunos ciertamente incomprensibles.

Si usted, o quienes lo rodean, tiene cáncer en Uruguay, ármese de paciencia. Deambule entre médicos y opiniones. Acepte el silencio prolongado al que será sometido en el consultorio mientras el oncólogo “piensa”. Festeje cuando al fin logre la autorización para que le hagan el famoso PET en el celebrado CUDIM (Centro de imagenología recientemente inaugurado), siéntase privilegiado y comprendido cuando luego le otorguen la medicación correspondiente a su tratamiento en el Fondo Nacional de Recursos. Crea en la verdad científica.

Supongamos una situación hipotética. Podría pasarle que cuando obtiene el resultado del PET el oncólogo tratante, que antes había sostenido el carácter infalible de este avance científico, le diga “Claro, lo que pasa es que el contraste que usa esta técnica no es muy compatible justo con los problemas de riñón. Vamos a hacer otra Tomografía mejor”. No se alarme, usa “problemas” y no cáncer por una cuestión de cortesía. Podría pasarle también que usted, que ha navegado por el mundo de los foros médicos, conozca de esa medicación específica que en otros países dan para su igual “caso”; puede pasar que usted sepa y el oncólogo no; puede pasar que usted sepa, el médico sepa, pero el Fondo no se lo de hasta que primero compruebe que la otra medicación lo va a matar. Puede pasarle que el tratamiento, ese que ha logrado y festejado, lo deje muriéndose en el CTI. Entonces, luego de resucitar, vuelva al paso uno con la misma fe, sumérjase en el pragmatismo de la no respuesta. Quizá logre que le den esa otra medicación, de nombre raro. Estará nuevamente ahí en consulta, en esa situación de control-cuidado, tratando de explicar con palabras que ha reflexionado y leído a Foucault, que tiene un lenguaje que le permite dar sentido al mundo que lo rodea. Que es lo bastante lúcido como para hacer el esfuerzo intelectual de primero problematizar hasta el hartazgo esa situación y luego ir a pesar de ello a depositar su confianza y su nuda vida.

La imposibilidad de poner sentido a través de lenguaje que provocan situaciones como la anterior es consecuencia justamente del poder disciplinar que detenta el sistema de salud. Anulando por retórico y superfluo cualquier intento de complejización o cuestionamiento, lo neutraliza, ante la proximidad de la muerte.

La doctrina “Everybody lies”

“La salud en la medida en que se convirtió en objeto de consumo, en producto que puede ser fabricado por unos laboratorios farmacéuticos, médicos, etc. y consumido por otros –los enfermos posibles y reales– adquirió importancia económica y se introdujo en el mercado.” (Michel Foucault . La vida de los hombres infames. 115). El éxito de Dr. House da cuenta de que la enfermedad vende más que la salud. Incluso cuando explicita en forma sarcástica sus engranajes más perversos. Visibiliza mecanismos de experimentación que si bien parten de un héroe infame, no son meras motivaciones del esquema ficcional. Es curioso que en el libro La filosofía de House. Todos mienten (Henry Jacoby y William Irwing, 2009) se reúnan un conjunto de textos teóricos. Los autores son investigadores universitarios que frente a su común interés por la serie, formulan textos que tienen explícito carácter filosófico. Desde Nietzsche a Sócrates, desde Sartre a Lao Tzu, estos materiales desarrollan lecturas de la serie casi siempre complacientes aunque no por ello menos complejas. Al terminar de leer el libro, la pregunta es ¿En serio? Un aire a paradoja, a ejercicio fanático-intelectual queda corriendo. Si Gregory House es representante de un discurso de verdad técno-científica inobjetable, entonces desprecia la verdad filosófica; sin prurito ni vergüenza.

El espacio hospitalario como espacio de control y dominación es representado en esta serie, y en varias otras, en momentos en que el sistema de salud sobre todo privado está siendo medianamente cuestionado; sus intereses, sus formas de experimentación, sus acuerdos comerciales, su lugar en la ley del mercado. La construcción heroica aunque infame de House, le viene bárbaro a una industria médica desprestigiada, pues al fin de cuentas y “más allá de todo” podría salvarlo de la amenaza. Recuerdo mirar un capítulo de House en la sala de espera del CTI, y ver las caras de quienes me rodeaban seguramente deseantes de que también allí, en ese sanatorio, hubiera un House. No es reprochable, en ese deseo está la diferencia entre él y ellos.

En este estado de cosas actual, es el cuerpo y no el ser, el que se encuentra entre la incertidumbre y la salvación. Y uno se queda mudo, porque al momento de tomar decisiones y enfrentar la enfermedad parecería que de nada importa repensarla si no es con arreglo al único fin, la salvación. Aunque sea justamente esta aceptación lo que lleve a la muerte. Cuando el énfasis está puesto en la enfermedad, en la anomalía y su cura, entendiendo por ello la aceptación pasiva de su engranaje, entonces el ejercicio reflexivo de los mecanismos simbólicos se ve degradado a la condición de mero juego de palabras.

 

María José Olivera Mazzini

Este texto fue publicado el viernes 3 de agosto de 2012 en la revista Tiempo de crítica (venía encartado todos los viernes con la revista Caras y Caretas). La autora es profesora de literatura y ejerce la docencia en distintas instituciones. Es parte del comité editorial e investigadora de la Revista 33Cines. Ha colaborado para la revista chilena La Fuga. Es columnista de cine en el programa radial La isla desierta  y en el portal ROUMOVIE. Agradezco a la autora por permitirme publicar su artículo aquí.

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