El desarrollo como problema político / Gabriel Delacoste

 

Las izquierdas capitalistas

por Gabriel Delacoste

Si en algo hay consenso en el Uruguay contemporáneo, es en que el gran objetivo del Estado es promover el desarrollo. La izquierda postula al desarrollo como la mejora de la calidad de vida de la gente. Los organismos internacionales dan créditos para el desarrollo. La Universidad de la República crea una Licenciatura en Desarrollo. Las cámaras empresariales dicen ser los agentes privilegiados del desarrollo del país. La polémica es, a lo sumo, sobre cuál es la mejor estrategia de desarrollo posible.

En una época a veces vista como post-ideológica, el desarrollo es un discurso que se mantiene tercamente ideológico a pesar de (o quizás gracias a) su cada vez mayor formalización e institucionalización. Si el desarrollismo de los ’60 hablaba de solidaridad tercermundista y en sus momentos más radicales fue una suerte de respuesta latinoamericana a los postulados leninistas sobre el imperialismo, el desarrollismo del siglo XXI es (por momentos explícitamente) la justificación de las facilidades dadas al capital trasnacional para que se instale en el país, llegando a acusar a los discursos críticos de “poner palos en la rueda del desarrollo”.

Algo pasó con el desarrollo como discurso político para que diera semejante giro, en el marco de los (en ocasiones sutiles) ajustes discursivos intentados por las izquierdas una vez abandonada la superación del capitalismo como objetivo.

Cuando se habla de desarrollismo en general se piensa en la corriente político-académica que surgió alrededor de la CEPAL a partir de mediados de siglo y tuvo como abanderados más célebres a Raúl Prebisch y Fernando Henrique Cardoso. Apoyado en una perspectiva científico-social, el desarrollismo designó a los países como aquello que se debe desarrollar y al Estado como impulsor y supervisor de ese desarrollo.

Si el desarrollismo sentó las bases normativas y epistemológicas de un proyecto político, la Teoría de la Dependencia (o dependentismo) se postuló a si misma como la conclusión natural de sus análisis.

Dado el desarrollo como objetivo, el dependentismo planteaba que el principal obstáculo para el desarrollo de los países periféricos eran las relaciones económicas asimétricas que éstos tenían con los países centrales, arrastradas de la historia del colonialismo y el neocolonialismo. De esta guía general, se podían sacar conclusiones políticas y analíticas sobre las posibles conformaciones de alianzas de clase, sobre la función y la forma del Estado, sobre las políticas económicas más deseables y sobre el tipo de relaciones internacionales que convenía cultivar.

Está claro que en la época existía una polémica entre el dependentismo y el desarrollismo cepalino, cuyos orígenes de hecho se pueden encontrar en la Alianza para el Progreso de John F. Kennedy, pero visto desde hoy también se puede ver como el desarrollismo y el dependentismo en muchas ocasiones se retroalimentaron y formaron un campo discursivo más o menos común de explicaciones, recetas y discursos.

El dependentismo tuvo numerosas encarnaciones científico-sociales, políticas, sociales y literarias. La política desarrollista dependentista inspiró numerosas comisiones, planes quinquenales, movimientos policlasistas, modelos de industrialización, ampliaciones del rol regulatorio y productivo de Estado y aspiraciones de cooperación e integración tercermundista o Sur-Sur. Quizás la obra que condensó más claramente las intuiciones dependentistas fue “Las venas abiertas de América Latina” de Eduardo Galeano.

Aunque la CEPAL haya surgido como iniciativa de Naciones Unidas con una impronta fuertemente científica y economicista, los movimientos políticos que ayudó a desatar implicaron una fuerte crítica al capitalismo tal como existía en aquel entonces. Es difícil incluso no pensar en los parecidos que el dependentismo tenía con la interpretación leninista del imperialismo, por más que a menudo los movimientos y los planes desarrollistas se postularan a si mismos como defensas contra la penetración del marxismo y la posibilidad de la revolución socialista.

Entre la metrópoli que exporta capital a la colonia (o neocolonia) para importar plusvalía y retrasar sus propios conflictos de clase y el país central que reproduce una estructura que mantiene inevitablemente atrasados a los países periféricos no hay una contradicción necesaria, y de hecho a menudo se articularon visiones políticas entre marxismo y dependentismo, así como entre desarrollismo y antiimperialismo.

En Uruguay, esta relación se ve en las similitudes entre el Plan Nacional de Desarrollo Económico y Social de la CIDE y los programas de distintas etapas de la unificación de la izquierda, tanto del Congreso del Pueblo (1965) como del Frente Amplio (1971). Garcé (2002) señala que, de hecho, técnicos de la CIDE asesoraron al movimiento sindical a la hora de redactar su Programa de Soluciones a la Crisis.

Está claro que estos planes eran distintos y respondían a intereses políticos diferentes, lo que hace aún más notables las solidaridades (científicas y políticas) entre desarrollismo y antiimperislismo. La adopción por parte de la izquierda política uruguaya del discurso desarrollista quedó sellada a fuego en la ideología del Frente Amplio, hasta tal punto que el desarrollo sigue siendo al día de hoy el gran proyecto político del FA y su gobierno.

El problema es como, a pesar de conservarse como discurso político, el desarrollismo invirtió su relación con el capital: De ser una postura crítica con un discurso sobre el capital, sus asimetrías, sus injusticias y los posibles remedios políticos a éstas, pasó a ser la postura ideológica de la acumulación global del capital en esta parte del mundo.

El desarrollo hoy es aquello en nombre de lo que se justifican las flexibilizaciones del mercado laboral, el otorgamiento de zonas francas a multinacionales y la autorización a megaproyectos mineros y turísticos. Una y otra vez el gobierno del Frente Amplio (FA) deja descolocados a propios y extraños cuando toma posiciones contrarias a lo que en general se suele asociar con la izquierda y a lo que organizaciones tradicionalmente izquierdistas (como las sindicales y ambientalistas) reclaman. Lo curioso de esto es como, en lugar de declararse liberal y hacer una renovación ideológica al estilo New Labour, el FA dice mantenerse tan izquierdista como siempre y acusa a sus críticos de estar en contra del desarrollo del país, verdadero objetivo de la izquierda.

¿Que cambió en el discurso sobre el desarrollo para que esta operación discursiva fuera posible? Lo curioso es que nada fundamental. Cuando se ve la definición de Astori(1997; 30-31) de “la visión de la teoría del desarrollo” parece bastante fiel a la propuesta cepalina: Habla del Estado como actor privilegiado en la intervención contra “las deficiencias del mercado”, que incluyen el deterioro de los términos de intercambio, las tasas de crecimiento bajas que impiden el desarrollo industrial, la concentración de la riqueza y el ingreso, entre otros.

Pero hay un punto en el que el desarrollismo dependentista clásico difiere del desarrollismo tal como es entendido por el Frente Amplio actual, y se puede resumir en una frase de Tabaré Vázquez1: “debemos olvidarnos de esa cultura de la queja, de echarle la culpa de nuestros problemas siempre al imperio de turno (España, Portugal, Inglaterra, los Estados Unidos)”. El desarrollo está en lo que nosotros podemos hacer con nosotros y no en como quebrar la relación de dependencia con el “imperio de turno”.

El nuevo desarrollismo no plantea que a partir de una situación de asimetría sistemática entre centro y perisferia sea necesario cortar con el vínculo de dependencia y establecer luchas políticas antiimperialistas en concierto con el Tercer Mundo. Más bien, plantea que cada país debe encontrar la manera de desarrollarse a través de intervenciones estatales que alienten la inversión y faciliten la creación y circulación del excedente económico.

Está claro que esta interpretación del desarrollismo no es del todo infiel al espíritu del la CEPAL y la CIDE, pero vale la pena notar que el punto en el que la doctrina actual del desarrollo difiere de la de mediados de siglo es el mismo que hizo que le pareciera atractiva a la izquierda de aquel entonces y el que articulaba al desarrollismo (y su radiclización dependentista) como crítica política al capitalismo y no solamente una propuesta más de intervención keynesiana.

En todo caso, no es posible explicar el profundo cambio en el uso del discurso del desarrollo solo viendo los cambios en el discurso en sí. Después de todo, el desarrollismo, el dependentismo y el leninismo son discursos sobre la economía, y es perfectamente posible que ante una economía distinta, mantener el mismo discurso académico-político tenga la función económica-política opuesta. Esto es precisamente lo que parece pasar con el discurso sobre el desarrollo.

El gran cambio en la relación entre el Estado y la economía que se dio en el último tercio del siglo XX se puede resumir en que el Estado pasó de ser el juez de la competencia económica a ser parte de ella. Una vez abolidas las trabas (tanto físico-tecnológicas como políticas) al movimiento del capital, éste es libre de moverse de un país a otro según cual es capaz de ofrecerle mayor ganancia. Dado que los países necesitan que el capital se asiente en el territorio (y por lo tanto no en el de los demás) para cobrar impuestos y mantener su continuidad como institución, deberán competir entre sí.

Esta competencia fuerza al Estado a actuar como un actor económico (que no es lo mismo que intervenir en la economía) y hacer de la competencia su razón de ser. Las herramientas de esta competencia son una población calificada, reglas del juego claras, tipos de cambio estables, buena infraestructura, un mercado laboral flexible y facilidades impositivas, entre otras características que hagan al capital sentirse cómodo.

Naturalmente, esto tiene consecuencias sociales y políticas sobre la vida del país, pero la capacidad de escarmiento de las corridas bancarias, las fugas de capitales, la hiperinflación, el desempleo masivo y otras plagas que el capital trasnacional puede traerle a los países no suficientemente disciplinados hace que la mayoría de los países (aún los que sostienen discursos desarrollistas, populistas, latinoamericanistas o de izquierda) jueguen el juego de la competencia.

Este “Estado competitivo”, como lo llama Bob Jessop (2002), no deja de ser soberano. El problema es que la soberanía del Estado competitivo cumple una función completamente distinta que la del Estado moderno, por más que se mantenga idéntica en términos formales. Si la soberanía en el Estado moderno era (por lo menos en teoría) una soberanía con respecto a otros países hacia fuera y con respecto a la sociedad civil (y la economía que ésta incluye) hacia dentro, el Estado competitivo pierde su soberanía con respecto a la economía debido al exacerbado poder de chantaje del capital trasnacional.

Por lo tanto, el plan desarrollista (o antiimperialista) de reforzar la soberanía estatal para reformar a la economía dentro de las fronteras y cortar los vínculos de dependencia con las economías centrales no es posible en una época en la que el Estado no tiene capacidad efectiva de forzar al capital a actuar de acuerdo a lo que entiende por desarrollo, por más soberano que sea.

Es que en una economía donde los medios de producción están globalizados de hecho, el imperialismo (o “país central”) como categoría analítica pierde sentido. El gobierno de Estados Unidos ya no exporta su capital por la fuerza(1), sino que compite por el asentamiento en su territorio de un capital que no es americano ni de ningún otro país y que amenaza con huir si el gobierno intenta actuar contra sus intereses.

En este nuevo juego político del capital invocar a la soberanía puede tener dos efectos, ninguno particularmente positivo: o bien condenar al país a alguna de las plagas que pueda imponer el capital trasnacional o bien reforzar la capacidad del Estado para dar condiciones atractivas para el capital. En su etapa competitiva, el Estado no parece tener margen para otra cosa.

La soberanía de cada país es la pieza central de la competencia trasnacional que funciona efectivamente como una abolición de la capacidad política del Estado, y por lo tanto de la política en los términos en los que estaba planteada en la modernidad. La división de un mundo en el que el capital es móvil en Estados soberanos garantiza que el “desarrollo” de la economía de cada país implique una competencia con los demás que lo fuerce a perecerse al sueño de los inversores.

Los proyectos que con intenciones desarrollistas o antiimperialistas busquen apuntalar la soberanía nacional y la capacidad de acción del Estado para liberar fuerzas económicas que supuestamente estaban reprimidas por los vínculos de dependencia se van a encontrar con que una vez liberadas, esas fuerzas serán tan trasnacionales y tan afectas a participar de los escarmientos antipolíticos como las empresas multinacionales.

Solamente por fuera de la cáscara del Estado soberano es posible pensar una política capaz de criticar al capital trasnacional. Tal como el dependentismo era crítico en tanto hablaba de la relación de dependencia que implicaban los flujos del capital imperialista, una teoría crítica contemporánea deberá hablar de las relaciones de competencia que implican los flujos de capital global.

Este es el problema que Hardt y Negri (2002; pág 123) llaman “el regalo envenenado de la liberación nacional”. Los intentos de liberación nacional tendrán como consecuencia la creación de un Estado soberano capaz de (y obligado a) entregar a la sociedad (que lo construyó buscando la emancipación) al poder del mercado mundial.

En este contexto, una “estrategia de desarrollo” suele ser la manera particular como cada Estado compite por el capital. Hay estrategias de derecha y de izquierda, pero todas se encuentran situadas dentro de los límites autorizados por las amenazas del capital trasnacional. El debate sobre ellas depende cada vez menos a un criterio político y cada vez más de uno científico-económico.

Se puede ver como, una vez transformado en “estrategia de desarrollo”, el desarrollo pierde su potencial crítico y político, y pasa de ser un intento de romper con las dinámicas capitalistas de una época a ser la manera como se hacen cumplir las de otra. Esta parece ser la manera como las izquierdas latinoamericanas abandonaron completamente la superación del (o la domesticación, o la soberanía sobre el) capitalismo como objetivo una vez caído el muro de Berlín.

Bibliografía

Astori, Danilo (1997): “Política y Estado”. Banda Oriental, Montevideo.

Garcé, Adolfo (2002): “Ideas y Competencia Política en Uruguay”. Trilce, Montevideo.

Hardt y Negri (2006): “Imperio.” Paidós, Buenos Aires.

Jessop, Bob (2002): “The future of the Capitalist State”. Polity, Cambridge.

Nota

1 Que los elementos más retrógrados del sistema político estadounidense sigan actuando como si el capitalismo mundial tuviera una lógica imperialista es una de las principales causas de que el Estado americano esté al borde de la quiebra. Los políticos más sensatos del norte más bien intentan pilotear la aparentemente inevitable transición de un Estado de bienestar financiado por el imperialismo a un Estado competitivo orientado a atraer inversiones usando las ventajas comparativas que les da haber sido potencia imperial durante décadas.

Para una arqueología del desarrollismo

por Gabriel Delacoste

En la entrega anterior discutíamos que pasó con el desarrollo como discurso político para que girara de ser una postura crítica al capitalismo en los ’60 a ser su ideología justificadora en la actualidad. Describiendo algunas dinámicas discursivas y económicas se puede plantear una narración acotada sobre algunas razones por las cuales esto fue posible. Sin embargo, también es posible que sea necesario ir más atrás y rastrear los orígenes del discurso político sobre el desarrollo en las profundidades del siglo XIX, buscando allí características estructurales de este discurso que permitan entender que quizás estuvo siempre condenado a ser ideología (en el sentido marxista de la palabra).

Hay algo un poco injusto en plantear la historia del discurso del desarrollo como una primera etapa crítica y una segunda etapa funcional, en parte porque si bien el “desarrollo” como categoría central del discurso político fue introducido en la época de la CEPAL, ideas protodesarrollistas con estructuras similares al discurso desarrollista existen en el discurso público uruguayo por lo menos desde el siglo XIX.

En la época en la que la vanguardia positivista polemizaba contra los “atrasos” del caudillismo bárbaro y el oscurantismo espiritualista las ideas de “progreso” y “evolución” eran más predominantes que la de “desarrollo”. Aún así, es posible ver algunas líneas de continuidad fundamentales, tanto en el contenido como en la función del discurso de lo que Ardao (2008) llama “liberalismo racionalista” (solidario con el positivismo) y los desarrollismos del siglo XX y XXI.

Aquel positivismo se basaba en dos ideas fundamentales:

Por un lado, un nacionalismo organicista inspirado en la teoría de Darwin sobre las especies. La idea fundamental era que la sociedad era un organismo vivo (o una especie, la metáfora es usada en las dos versiones), que como tal debía evolucionar hasta llegar una etapa de madurez en la cual pudiera adaptarse a los desafíos presentados por el ambiente. Naturalmente, la dirección y la forma final de esta evolución estaba prefigurada por una idea de civilización a imagen y semejanza de las sociedades “avanzadas” (que hoy se llamarían desarrolladas).

Por otro lado, e íntimamente relacionado con lo anterior, el positivismo liberal-racionalista proponía una gestión científica de los asuntos del Estado, y por lo tanto de la sociedad. Asignaba todos los males, fueran morales, económicos, sociales o culturales a la falta de penetración de la verdad científica en las almas de los orientales y en la manera como estos ordenaban sus asuntos. El proyecto político del positivismo era la consagración del cientificismo economicista como filosofía oficial del Estado (cosa que no estuvieron lejos de lograr explícitamente).

No es casual que esta ideología cobrara toda su fuerza durante lo que Barrán llama “el disciplinamiento”, época más o menos superpuesta con lo que otros llaman la “modernización”, que se desatacó por ser el momento en el que el Estado uruguayo consolidó su monopolio sobre la fuerza física, el país se incorporó al mercado mundial, el ferrocarril y el telégrafo cubrieron el territorio, las grandes instituciones disciplinarias como la familia, el trabajo asalariado y la escuela se universalizaron y las normas sociales pasaron de hacerse cumplir con “castigos al cuerpo” a internalizarse en el alma de los orientales.

Tampoco es casual que el más grande representante del positivismo y del liberalismo racionalista sea el mismo que el más grande arquitecto del disciplinamiento: José Pedro Varela. Admirador de Spencer y de Darwin y fundador de la escuela pública universal, gratuita y obligatoria.

Garcé señala una continuidad de lo que el llama “pensamiento racionalista uruguayo” desde el siglo XIX a la CIDE. No es difícil imaginarse la transformación del evolucionismo en desarrollismo, y visto bajo esa perspectiva se puede ver claramente que el organicismo nacionalista y el cientificismo economicista se mantuvieron incambiados como el corazón del desarrollismo a lo largo de más de un siglo de historia.

Si el liberalismo racionalista fue la justificación que se daba la oligarquía criolla para crear un Estado y una sociedad funcional a sus intereses, capaz de exportar, de aplastar la rebelión en nombre de la civilización y de formar profesionales y trabajadores productivos y explotables, no es particularmente sorpresivo que el discurso que le sirve de sucesor natural sea hoy la justificación que da el capital trasnacional para la creación de un Estado y una sociedad funcional a sus intereses, capaz de competir, de silenciar a la crítica en nombre del desarrollo y de formar profesionales y trabajadores productivos y explotables.

El eslogan de la campaña electoral del Frente Amplio en 2009, “Por un país de primera”, marca esta continuidad. Tal como el objetivo del positivismo del siglo XIX era ser civilizado como los países avanzados, el objetivo del gobierno del Frente Amplio es ser un país desarrollado y no uno “en desarrollo”, es decir, ser un país del Primer Mundo.

En un giro irónico del discurso desarrollista, el desarrollismo contemporáneo, en lugar de denunciar la relación asimétrica entre centro y perisferia como causa del “atraso” y lugar de intervención política, ignora las relaciones entre el Estado y el capital y aspira a ser lo que antes denunciaba. La preimagen de la sociedad futura es el Primer Mundo.

Aquí es donde se ve claramente el carácter ideológico y antipolítico del discurso desarrollista: plantea la necesidad de una sociedad unificada sin antagonismo (“Para que el país salga adelante tenemos que tirar todos para el mismo lado”) para lograr el objetivo último de una sociedad futura que llegue a un estado de madurez “desarrollado”, que casualmente coincide con una versión imaginaria y normativizada del poder dominante, el Primer Mundo.

La ideología desarrollista funciona haciendo ver a la obediencia a los mandatos del capital trasnacional a través de la competencia como un tema de autonomía, bienestar, orgullo nacional y acercamiento a un estado deseado de madurez. Esto dicho por un discurso de izquierda es doblemente ideológico, haciendo acordar a la intuición de Badiou de que la izquierda está en mejor posición para resguardar los intereses del capital que una derecha que defiende “honestamente” la competitividad, la crueldad y la destrucción creativa del capitalismo.

El desarrollismo, tal como funciona en Uruguay, es ideología dominante en todo su esplendor: Genera consenso, plantea el campo en el que está autorizada la polémica (en tanto las oposiciones políticas entre la derecha y la izquierda no son más que distintas estrategias de desarrollo), canaliza el descontento (en tanto propone que de lograrse el desarrollo no va a haber causa para la protesta y por lo tanto más que criticar conviene cooperar) y justifica materialmente las intervenciones del capital.

La sorpresa ya no es que el discurso contemporáneo sobre el desarrollo sea tan antipolítico en comparación con el discurso desarrollista dependentista de los ’60, sino que este último haya amagado a tener potencial crítico y politizador, dado que su pedigree apunta hacia la dirección contraria ¿Que pasó para que esto fuera posible?

Una hipótesis marxista clásica sería que en el siglo XX el capitalismo necesitó estructuralmente de la crítica política a si mismo, de manera de poder incorporar el descontento, hacer soportable la explotación y generar un Estado relativamente autónomo que pudiera enfrentar los intereses cortoplacistas del capital en favor de la superviviencia a largo plazo de su acumulación. Conviene tomarse en serio el discurso de los propios desarrollistas (John F. Kennedy entre ellos) cuando planteaban a sus planes como una salvaguarda contra la revolución socialista en América Latina.

Es posible que esa necesidad no existiera en el siglo XIX, cuando el Estado usaba impunemente la fuerza para imponer su visión sobre la manera como se debía vivir y producir, ni ahora que el Estado es el mismo un actor económico y más que legitimarse necesita competir.

De una manera paradójica, la capacidad crítica y politizadora del desarrollismo sesentista fue lo que lo hizo cumplir su función de mantener el régimen capitalista de explotación. Fue de esos extraños momentos en los que en el camino de justificar el estado de cosas, la ideología se debe ver a sí misma y “descubre”, casi accidentalmente, sus propias condiciones de posiblidad. Lo interesante, lo casi metafísico del asunto es como desde el conservadurismo evidente del nacionalismo organicista y el cientificismo economicista surgió de todas maneras una crítica política al capital.

Este movimiento muestra el doble funcionamiento y el ocasional potencial emancipatorio de la ideología, que es al mismo tiempo la justificación del régimen y los elementos en nombre de los cuales se lo puede criticar. El desarrollismo dependentista tomó los supuestos en los que se basaba la dominación y los llevó a un extremo en el que se volvieron en su contra: si el objetivo es la soberanía y el desarrollo ¿Por que nosotros no somos soberanos ni estamos desarrollando? ¿No será que alguien nos lo impide? ¿No será que la soberanía y el desarrollo son mentiras que ocultan algo?

El desarrollismo dependentista puede ser visto como una llevada al límite del positivismo evolucionista, como su continuidad en lo esencial, incluso reivindicándose como su sucesor (tanto por las aspiraciones científicas de la CIDE, y de los dependentistas críticos de la CIDE, que buscaba jerarquizar lo técnico sobre lo político como por su búsqueda explícita de la “modernización” como objetivo, la misma modernización que obsesionaba a Varela) y como un precursor del desarrollismo competitivo contemporáneo, dotado de un potencial crítico y político notoriamente menor.

¿No es acaso posible ver en las continuidades y los cambios a lo largo de la historia que llevó del positivismo evolucionista al desarrollismo dependentista y finalmente al desarrollismo competitivo una analogía con la historia de la izquierda? ¿Se puede hablar irónicamente de una línea Varela-Galeano-Astori?

Es decir: Un primer momento confiado de la fuerza progresista de la burguesía para pasar de un salvajismo precapitalista a la etapa necesaria del capitalismo burgués para luego recién poder empezar el camino revolucionario (Posición tomada por el propio Marx y usada como extraña justificación para el hipercapitalismo chino actual); Un segundo momento en el que los proyectos revolucionarios parecen atados a su identificación con la causa nacional y son en alguna medida incorporados al propio sistema capitalista/democrático; y un tercer momento en el que la superación del capitalismo es completamente abandonada como objetivo y se mantienen algunos cascarones ideológicos vacíos resignificados para poder funcionar en una época en la que el liberalismo es completamente hegemónico.

Se puede volver ahora a la pregunta de por que el potencial crítico de la segunda etapa (¿negación?) no se pudo realizar y se sufrió una recaída que hizo volver al desarrollismo a su viejo rol de justificar la dominación. Quizás el desarrollismo como discurso esté imposiblitado estructuralmente de mantener una crítica al capitalismo ya que sus supuestos (el nacionalismo organicista y el cientificismo economicista) están demasiado atados a la ideología y la dinámica capitalistas, y por lo tanto resisten demasiado a ser usados en su contra. Se puede entender como el desarrollo es necesariamente ideológico en tanto necesita plantear la unidad de la comunidad y su avance inevitable.

Pero hay un punto que conviene resaltar, y es que las metáforas organicistas nunca se terminan de hacer cargo de que la evolución teleológica que plantean no está completa. Si bien es cierto que todo organismo debe sufrir el desarrollo de la inmadurez hacia la madurez, también es cierto que la madurez, lejos de ser el momento en el cual se logra un estado de completitud inmutable, es el momento en el que empieza la cuenta regresiva que termina (ahora si inevitablemente) con la muerte.

Bibliografía

Ardao, Arturo (2008): “Espiritualismo y Positivismo en el Uruguay.” Biblioteca Artigas, Montevideo.

Barrán, José Pedro (1990): “Historia de la sensibilidad en el Uruguay: El disciplinamiento (1860-1920)”. Banda Oriental, Montevideo.

Garcé, Adolfo (2002): “Ideas y Competencia Política en Uruguay”. Trilce, Montevideo.

Zizek, Slavoj (2003): “Ideología: Un mapa de la cuestión”. Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires.

Este artículo de Gabriel Delacoste fue publicado en dos entregas por Tiempo de Crítica: “Las izquierdas capitalistas” (N° 21, 10 de agosto de 2012) y “Para una arqueología del desarrollismo” (N° 22, 17 de agosto de 2012) bajo el colgado “El desarrollo como problema político”. Los pongo juntos en el blog, pero como fueron publicados originalmente en la revista.

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