¡Jóvenes argentinos!

En los años noventa, y a partir de la obra de escritores como Roberto Bolaño, Jorge Volpi, Alberto Fuguet o Rodrigo Fresán la crítica a ambos márgenes del Atlántico anunció el retorno de una nueva narrativa “hispanoamericana”. Lo cierto es que la labor de algunas editoriales españolas (Anagrama y Lengua de Trapo entre otras) contribuyó a generar esta sensación. También algunos premios y, por supuesto, las obras.

Con diferentes estrategias narrativas e ideológicas –a veces contrapuestas– estos narradores instalaron un malestar frente al estado actual de la literatura latinoamericana, a los residuos del “boom” de los sesentas y concretamente al “realismo mágico” (y sus repetidoras y repetidores en el mundo). Se trató/se trata de un cambio de figuritas pero también de discursos. Algunos de estos escritores, en mayor o menor medida, desarrollaron su actividad en España y en otros países, son algo así como la sección lationamericana de la “world literature”, pero en paralelo las literaturas locales también se agitan.

Lo que está pasando en la narrativa argentina de los últimos años es parte de este momento de recambio que aprovechan tanto las editoriales locales como las sucursales de Random House o el grupo Planeta. Con tomar la actividad editorial en 2006 alcanza para analizar la obra de un buen número de narradores nuevos y no tanto. Existen muy diferentes búsquedas estéticas en la narrativa argentina contemporánea y la crítica comienza a encontrar sus precursores en Borges, Arlt, Fernández, Cortázar, Walsh, Puig, Piglia o Di Benedetto por nombrar algunos.

La revolución al museo

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Martín Kohan (1967) tiene ya cinco novelas publicadas, dos libros de cuentos y tres libros de ensayos. Comenzó su trayectoria en 1993 y desde entonces publica regularmente, además de sus libros, artículos en diferentes medios de prensa y en revistas académicas. Comparte con buena parte de los narradores que surgen en Argentina por estos años la doble condición de creadores y académicos.

Con Museo de la revolución Kohan sigue el camino iniciado en Dos veces junio (publicada en 2002 y reeditada en Bolsillo en 2006). En este relato fragmentario un joven que sale sorteado para hacer la “colimba” en 1978, año del tristemente célebre mundial de fútbol organizado por Argentina, es testigo de la tortura y el terror de Estado ejercido por militares y civiles. En ambas novelas Kohan combina el realismo puro y duro con un discurso irónico.

En Museo de la revolución se combinan dos tiempos históricos y dos lugares de enunciación. Por un lado la historia de Rubén Tesare, estudiante de abogacía en Buenos Aires y militante trostskista, que en 1975 hace un viaje al pueblito Laguna Chica a hacer una entrega a los guerrilleros que se encuentran a unos kilómetros en la selva tucumana. Allí es entregado a los militares. Tesare lleva un diario en el que se combinan sus lecturas políticas y su vida privada. El diario conecta a este militante con la historia del protagonista de la novela Marcelo que en 1995 viaja a México DF para vender los libros de la editorial Amauta y conocer a Norma Rossi quien tiene en su poder el diario de Tesare.

La tapa del libro imita al disco Help (1965) de los Beatles y sustituye los rostros de John, Paul, George y Ringo por los de Pancho Villa, Lenin, Marx y Emiliano Zapata. Este paratexto y el título de la novela advierten sobre el tono irónico que guiará la interpretación de Kohan sobre los sesenta, especialmente sobre la épica revolucionaria de la izquierda latinoamericana.

Hay más. Por ejemplo, la relación de un inocente Marcelo con Sebastián Gallo, director de la editorial Amauta. Las conversaciones telefónicas entre ambos –uno en México, el otro en Buenos Aires– en el que uno progresivamente se interesa en la publicación del diario de un desaparecido en 1975 (el del lector-militante y el diario íntimo) y el otro le pide que se concentre en las ventas de la editorial, vinculada en el pasado al Partido Comunista Argentino.

Todo en la novela sigue este tipo de juegos dobles entre el pasado y el presente como la relación de los protagonistas del relato Rubén Tesare-Fernanda Aguirre, Marcelo-Norma Rossi en el que resuena una cita que está en la propia novela al 18 Brumario de Marx sobre la repetición de la historia: “una vez como tragedia, otra vez como comedia”. El Museo de la revolución es un comedia irónica sobre la épica de los sesentas y su reverso, la infame década menemista de los noventa. Estos juegos me parecen lo más interesante de la novela.

Sin embargo, otra buena parte del texto está centrado en largos pasajes del diario de Rubén Tesare, que Norma Rossi lee a Marcelo en situaciones que progresivamente se van haciendo menos oportunas hasta saturar al protagonista y al lector. La reflexión de Tesare sobre la revolución, regada con un buen número de citas a Marx, Lenin y Trotsky, saturan la novela y vuelven un poco pesada su lectura, sobre todo porque no hay una sola división en el relato.

Una historia mínima

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La novela Frenesí de José María Brindisi ganó a fines del 2005 el premio de novela corta “Casa del Escritor 2005” de la Secretaría de Cultura del Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. A menos de un año la nouvelle fue publicada en la colección “Cruz del sur” de la editorial Emecé. A esto se le llama eficiencia. Un municipio, asociado a una editorial, entrega un premio y en tiempo récord publica al ganador. Todo esto en un contexto en el que diferentes periódicos tienen sus propios premios anuales, que también cumplen con la publicación y un largo etcétera de condiciones para desarrollar un proyecto literario.

Frenesí cuenta una historia mínima de los noventa, esta vez sin mirada hacia la dictadura. Cinco amigos –Mauro, Guido, Ana, Lucas y el narrador– atraviesan su adolescencia y juventud juntos, creando una serie de códigos propios. Las primeras palabras del narrador adelantan una mirada desilusionada sobre ese pasado: “Me vi y no era yo, y quise ser otro. No estaba pensando, en verdad, pero de tener esa capacidad hubiese advertido de inmediato que todo era una especie de comedia, una comedia barata, mal escrita, desprolija, atiborrada de lugares comunes (…) Pero qué otra cosa podía ser. Parecíamos tres imbéciles, tres pobres tipos que acaban de derrochar lo poco que tienen, eso que a nadie más puede interesarle pero que para ellos representa el único lazo verdadero con sus vidas, lo único que les da un significado.” (11)

El primer capítulo –titulado “Los muertos”– abre con el narrador mirándose y mirando a Guido y Mauro, a través del espejo. Algo se ha roto entre ellos pero no sabemos qué. Esta tensión es la que el narrador maneja durante toda la trama. De hecho se producen diferentes conflictos en el grupo a raíz del juramento que hacen luego de su viaje a Europa: “A partir de ahora vamos a elegir siempre.” (30) Ana, la única mujer del grupo, es quien cumplirá con este juramento hasta sus últimas consecuencias.

La novela de Brindisi consigue representar, desde mi punto de vista mejor que Kohan y con igual realismo, el lenguaje y la vida cotidiana de un cierto grupo de jóvenes de clase media porteña en la aburrida y frívola década de los noventa.

Coda

El relanzamiento de la editorial Emecé en Argentina estuvo asociado entre otras cosas a la visibilización de un grupo heterogéneo de narradores como Ariel Bermani (ganador del premio 2006 de la editorial con su novela Veneno), Claudio Ziegler que publicó Adiós a la calle también en el sello editorial y el propio Brindisi. A esto se suman los premios que entregaron los diarios Clarín y La Nación, que asociados a Alfaguara y Sudamericana respectivamente, publicaron Arte menor de Betina González y Bolivia construcciones de Bruno Morales (alter ego de Sergio Di Nucci). Hasta aquí digamos, llega el amor de las grandes casas editoras. Hay además un conjunto de narradores que publican en editoriales menos conocidas como El cuenco de Plata, Interzona, Gargola o Paradiso. Sólo como inventario aquí van algunos nombres: Leonardo Oyola, Washington Cucurto, Juan Terranova, Daniel Link (el más viejo de todos) y la lista sigue…

Este texto fue publicado en la diaria (Nº 216, 23/01/07: 5) con el título “¡Jóvenes argentinos! Algunas muestras del recambio en la literatura de la vecina orilla”. Una reseña de Ciencias Morales aquí.

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