Hemingway por Milton Fornaro

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Si usted considera provechoso que la gente se entere, yo siempre trato de escribir de acuerdo con el principio del iceberg. El iceberg conserva siete octavas partes de su masa debajo del agua por cada parte que deja ver. Uno puede eliminar cualquier cosa que conozca, y eso sólo fortalecerá el iceberg de uno. Es la parte que no se deja ver.

Con estas palabras de Ernest Hemingway, tomadas de una entrevista hecha en 1954 por George Plimpton, se inicia esta novela breve de Milton Fornaro (estrictamente se inicia con un prólogo de Mario Delgado Aparaín para el olvido). Para quienes cursamos la opción humanístico en el bachillerato, y tuvimos un profesor de literatura que incluyó el cuento “Los asesinos” de Hemingway (o cualquier otro), la “teoría del iceberg” –que es más bien un principio como sugirió el autor– puede parecer un lugar común. Pero la referencia al escritor no se queda ahí. La tapa, que por cierto es muy atractiva, está diseñada en base a una foto de Hemingway, una de las más populares, photoshopeada (tal vez a esta altura se utilicen otros programas de edición de imagen. En ese caso, pido disculpas por el anacronismo). A partir de estas referencias no suena raro que el protagonista de este relato (Joaquín Díaz) sea un admirador de Hemingway, entre otras cosas en aquello del consumo compulsivo de alcohol (Algo que también podría adjudicarse al universo onettiano y a tantos otros escritores).

De hecho el relato se abre justamente con una resaca galopante de Joaquín Díaz, que poco a poco recobra la memoria de la noche anterior y le pide a dios que su amante, al parecer una señora italiana y vieja, no esté en la cama. Este texto se comprende mejor al final de la novela, que cierra con otro texto breve. Ambos funcionan como prólogo y epílogo de un relato dividido en tres capítulos númerados que relatan el viaje de Joaquín Díaz a Italia, escapando de la dictadura y de sus propios fantasmas. Pero la mención a Hemingway tiene consecuencias también en el armado de la novela. Y no sólo porque en dos momentos decisivos del relato aparecen dos libros, París era una fiesta y otro, una biografía o ensayo –real o apócrifo– sobre Hemingway escrita por uno de sus amigotes de borrachera en Europa. En el capítulo 1 por ejemplo, las historias amorosas y literarias de Joaquín Díaz en Montevideo son la punta del iceberg. De los otros siete octavos que quedan bajo el agua, cinco tienen que ver con una relación aparentemente secreta del protagonista con una mujer, que se va tras su marido exiliado y abandona a Díaz, y de quien el lector sólo conoce la inicial del nombre. Los otros dos quintos podrían tener que ver con la dictadura cívico-militar uruguaya y el período previo al golpe.

La metáfora del iceberg puede extenderse a toda la novela. El tema central del capítulo siguiente es el viaje de Díaz a Roma y, sobre todo, su contacto con Meche, una bailarina cubana un poco chiflada con la que comparte sexo y alcohol (no la marihuana, que es patrimonio de la cubana). Se produce en esa relación un “choque cultural”: el del caribeño extrovertido y exuberante, y el gris y triste rioplatense. Este contraste no es lo más interesante de la novela, aunque el juego de estereotipos es por momentos muy gracioso. En la tercera parte Joaquín decide huir a Venecia (¿del amor, de sí mismo, o de la locura de Meche? no lo sabemos y en la punta del iceberg no se encuentra una explicación). Y Hemingway tiene otra vez un papel decisivo en la elección del destino. Díaz quiere conocer la isla Torcello, a la que Hemingway solía visitar cuando viajaba a Italia. Allí Díaz, 25 años después, reconstruye una sesión alcohólica de Hemingway en un bar de Torcello. Otra vez aparecen B. (la mujer misteriosa del capítulo 1) y Meche. Son la parte visible del iceberg. Sin dudas, lo que piensa, lo que le pasa a Díaz, aún lo que podríamos llamar su “psicología”, parece ser la parte que está hundida en el mar, o mejor, literalmente, en el alcohol.

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