Apuesta en escena (sobre una obra de Anthony Fletcher)

 

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En el centro de la Zavala Muniz hay una tarima circular pintada por María Noel Silvera en la que predomina el verde. La artista ha dibujado algunos elementos en el suelo vinculados al argumento de la novela La tierra purpúrea de William H. Hudson: un retrato de Paquita, una vinchuca, un perro, un ave. Desde el lugar en el que estoy solamente veo con claridad a Paquita, la esposa de Richard Lamb, narrador y protagonista de las aventuras que en breve los actores representarán en escena. Paquita se casa con Lamb contra la voluntad de su padre y por esa razón deben escapar de Buenos Aires hacia Montevideo. Aunque Lamb la menciona a lo largo de la narración Paquita aparece solamente al inicio y al final de la novela.

Me entusiasma saber qué harán Fletcher y el elenco de la Comedia Nacional con La tierra purpúrea. Es un texto extraño, que relata el periplo de Lamb en el Uruguay rural de 1860. Por aquel entonces el país “dirimía su conflictos en la guerra” como afirma Gerardo Caetano en el programa de mano. Por eso algunos personajes recuerdan vívidamente la Guerra Grande, el sitio de Montevideo, los degüellos, la sangre derramada. De pronto irrumpen los actores, sin vestuario. Lleva la voz cantante una mujer (Jimena Pérez) que hace un comentario sobre la traducción de Idea Vilariño y los cambios que Hudson le hizo al título.

Empiezan a intercambiar opiniones sobre la novela y sobre cómo llevarla a escena. Una de ellas habla de los personajes femeninos y del amor (Leonor Chavarría) pero es interrumpida abruptamente por otra actriz que se queja del rol pasivo asignado a la mujer en el relato (Isabel Legarra). Finalmente otro actor (Lucio Hernández), que llega tarde al ensayo, incita al resto a empezar, a no comentar tanto el texto, a hacerlo. Entonces pasan a representar la ficción de Hudson. Lo hacen comandados por un director de cine (Luis Martínez) que propone escenas a filmar. Entra Richard Lamb (Leandro Íbero Núñez) y lanza su primera imprecación desde el Cerro de Montevideo. Unos minutos después entrará en contacto con la barbarie a través de un gaucho viejo (Fernando Dianesi) que le cuenta la forma en que se degollaba en la Guerra Grande. El episodio sirve para mostrar cierta candidez de parte de Lamb al inicio de su viaje.

La obra transcurre, reiterativamente, en este contrapunto entre los dos planos (presente y pasado) sin que haya una intromisión de uno en el otro. La idea también la sugieren Caetano y Fletcher en los textos elaborados para el programa. Al final de la función, en una charla con el director, el elenco y Margarita Musto, directora de la Comedia Nacional, muchos espectadores hicieron referencia a cómo la obra ayudaba a comprender el presente. Incluso se habló sobre los años setenta y sobre la marcha del silencio del 20 de mayo. Sin embargo el paralelismo es difícil e incluso complicado, dado que vendría a aceptar que aquí hubo una guerra civil con dos bandos y no terrorismo de Estado. Pero eso es arena de otro costal.

En la charla Fletcher habló de la dificultad de adaptar una novela de 400 páginas a un espectáculo de casi 2 horas. El proceso implicó la selección de algunos pasajes y la supresión de otros. Algunos hitos fueron ineludibles: los dos monólogos que Lamb lanza desde el Cerro, la historia del caudillo Santa Coloma, la relación del inglés con las mujeres. El director también se lamentó de capítulos y personajes que no pudo incluir. Uno de los ejemplos que mencionó fue el Capítulo XIX en el que Lamb escucha, alrededor de un fogón, una serie de historias narradas por gauchos sobre seres imaginarios, brujería y fantasmas.

La interpretación de Fletcher privilegió la política, el enfrentamiento entre blancos y colorados, e incluso una identificación de Santa Coloma y Lamb con el bando de los blancos que en la novela es más difusa. En su texto explicativo Fletcher destaca algunos elementos de la novela. Para empezar atribuye a Hudson la misma intención de Kipling: “representar un mundo lejano, exótico” que tradujo a la escena a través de la historia de Alma y la niebla (Capítulo XIV). El procedimiento de introducir historias dentro de la historia no lo inventó Hudson pero mediante el procedimiento el escritor introduce una historia “de la imaginación” (esa es la expresión que utiliza el narrador).

Con la historia de Alma, Fletcher logra romper la algo monótona sucesión de escenas para introducir una gran niña-muñeca representada por una especie de cabezudo, obra de Sandra Ríos. El Director también menciona un costado picaresco que se traduce en una carnavalización del texto algo tímida, que no va hasta las últimas consecuencias, en el sentido de subvertir el significado de la obra a través de la burla, la ironía o la parodia. Los momentos en los que esto se expresa mejor es cuando, por ejemplo, los actores representan animales (un mono o una gallina).

Por último, Fletcher afirma que aprovechó esta adaptación para ofrecer una mirada sobre los uruguayos de ayer y de hoy, pero nunca para hablar de Inglaterra. Después de todo los discursos que abren y cierran la novela primero ensalzan y luego discuten el colonialismo inglés. Para enfatizarlo Hudson introdujo dos capítulos sobre una “colonia” de ingleses que pasan el día alcoholizados, tomando caña en tazas de té (V y VI), que Fetcher eligió no poner en escena. Si bien resulta interesante ver en escena cómo nos vieron dos ingleses (uno a fines del siglo XIX, otro a principios del XXI) hubiera sido interesante que eso generara, en el juego de espejos que es la identidad, alguna lectura crítica sobre los ingleses también.

La pintora y dibujante Pilar González tuvo que enfrentarse también a los problemas de la adaptación con el vestuario, los objetos y la realización de la utilería. En la obra la mayoría de los actores tienen más de un personaje. En muchos casos hombres y mujeres tuvieron que representar a gauchos. La directora de la Comedia citó a Blanes como influencia para la confección del vestuario y el trabajo de  iluminación. Lo que demuestra que todavía las imágenes de Blanes siguen intermediando en nuestra interpretación de los gauchos y sus caudillos. Sin embargo algo falla en la construcción de los gauchos. Pese a que en las primeras escenas los actores esbozan un pequeño desvío del español estándar, con unos cuantos “pa” en vez de “para” y alguna falta de eses al final de las palabras, poco a poco los actores vuelven a convertirse en gauchos bien hablados.

Una de las características más sobresalientes de La tierra purpúrea es el proceso de Richard Lamb, el cambio que opera en él a partir de su viaje por la Banda Oriental. La adaptación recoge este asunto y lo grafica en un ritual de pasaje, en el que Lamb es investido como oriental a través de un poncho blanco que marca su incorporación al ejército de Santa Coloma. Sin embargo en la actuación de Núñez el protagonista parece el mismo desde el principio hasta el final. No hay indicios en su cuerpo ni en su vestimenta que denoten este cambio. Apenas el texto de la obra. En la novela Lamb regresa al Cerro mirando al suelo, arrastra los pies y clava sus “viejos anteojos ingleses” en la tierra antes de hablar. Por suerte Fletcher decidió terminar la obra en el segundo discurso del Cerro (Capítulo XXVIII), porque Hudson siguió escribiendo (agregó un innecesario capítulo más) pero la novela como tal termina allí y esta adaptación lo demuestra.

Como en toda apuesta fuerte, y lo que ha hecho la Comedia Nacional lo es, se puede triunfar o fracasar. Como lector y espectador me quedan sensaciones contradictorias: el entusiasmo de haber visto por primera vez acontecimientos decisivos de La tierra purpúrea arriba de un escenario y una serie de dudas sobre el resultado final. Pero el solo hecho de que estos artistas aceptaran el reto y asumieran todos los riesgos vale la pena para cualquiera que disfrute del placer de la ficción.

 

Una versión más breve de este texto fue publicada por la revista Lento Nº 27 (junio 2015)

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