Mi primera vez

Fue por teléfono. Mientras lo sostenía con una mano, me tapaba la oreja derecha con el índice para escuchar mejor. “Esto no es poesía, podrían ser buenas letras de rock pero no es poesía”. Recuerdo que hice algunas preguntas más, lo saludé cortesmente y colgué. Lo había conocido en uno de esos festivales internacionales (Look at me! Look at me! Look at me!). Creo que tenía 16 años, me costó decidirme pero me animé a copiar a mano algunos de mis poemas y llevarlos al Festival. Tal vez alguno de mis héroes me diera su opinión. El primero fue un poeta viejo de cuyo prestigio me enteré años más tarde. Bajo el cielo estrellado del Planetario me ofreció ir a leerlos a su habitación del hotel. Me negué con mucha educación. Quería llegar virgen al matrimonio igualitario. El segundo fue un joven como yo, de unos 22 años más o menos, que pasó la tarde corriendo detrás de una poeta como perro en celo.

El juicio de mi colega me decidió a no volver a escribir nunca más. Fui a buscar una lata de pintura que había en el fondo de casa. Tiré todo lo que había producido hasta entonces, un puñado de cuadernos con la lengua de los rolling stones dibujada en cada esquina. “Sí, soy un resentido. Que se metan La Ronda en el culo. Los envidio. El arte no es lo mío. ¿Por qué carajo no me quedé en casa? Pero ellos son tan lindos, son mis ídolos. Ellos están en las fotos que se publican en sociales”.

Anochecía mientras mis poemas-parecidos-a-canciones-de-rock-que-no-eran-poesía se quemaban en la lata. No volvería a escribir versos, nunca más, para siempre. Estaba decidido. Todo ese palabrerío cursi, viejo, que yo garabateaba en mis cuadernos era una vergüenza para la familia. Viendo cómo se quemaban mis papeles me sentía un mártir apretando el cilicio, no merecía el perdón de mis dioses. Rimbaud había dado una pierna por la poesía y yo me contentaba con unos versos cobardes que por suerte ahora me calentaban las manos. Al final del martirio fui a buscar otro cuaderno, tenía que escribir un poema en el que contaba cómo había quemado mis versos viejos, de los que siempre renegaría, y que del fuego había nacido un canto nuevo.

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