El día que Bolaño se encontró con Lihn

Roberto Bolaño

Es un poco difícil separar la obra periodística de la ficción en el conjunto de la escritura de Roberto Bolaño. Es como si deliveradamente Bolaño llamara la atención sobre su escritura y no sobre el género o medio elegido para difundirla. Es cierto que la inclusión de textos «no literarios» en su libro de cuentos El gaucho insufrible (2003), me refiero a las conferencias «Literatura + enfermedad = enfermedad» y «Los mitos de Cthulhu», podría responder a cuestiones coyunturales como la necesidad de publicar antes de su muerte para dejar regalías a su familia. Pero lo cierto es que esta mezcla de géneros, este recargar sobre la escritura, sobre la cocina de la escritura, sobre los mecanismos de legitimación de la institución literaria son elementos centrales de su poética. En «Encuentro con Enrique Lihn» Bolaño no solamente introduce estos elementos a través de la figura de un escritor consagrado, ya muerto, como Enrique Lihn, sobre el que escribió algunos textos para la prensa publicados luego en Entre paréntesis (2004), sino que mezcla la autobiografía con la ficción generando un cuento exótico, al menos en apariencia, al resto de los textos de Putas asesinas. Y su excepcionalidad viene dada fundamentalmente porque el narrador-protagonista tiene el mismo nombre que el autor.

Si una de las claves para entender el género «autoficción» es su relación con el género autobiográfico, entonces el cuento «Encuentro con Enrique Lihn» de Roberto Bolaño encierra varias claves para entender los préstamos entre autobiografía y ficción. En Putas asesinas Bolaño despliega varios alter egos como B. y Arturo Belano, recursos utilizados también en sus novelas, especialmente en Detectives salvajes (1998). Sin embargo este cuento plantea un «pacto autobiográfico» cuando, en el momento decisivo en el que el narrador cuenta la anécdota de su encuentro con el poeta Enrique Lihn, nos enteramos que su nombre es «Roberto Bolaño». Este pacto podría acelerarse si uno toma Entre paréntesis y lee los textos que Bolaño le dedica al poeta chileno y la admiración con la que habla de él, de su obra y del poco reconocimiento que recibió en su país. Esos datos darían espesor al pacto.

El golpe de gracia definitivo para sellar el pacto, para un lector muy curioso, sería la correspondencia de Bolaño con Lihn que esta en el Getty Reserch Institute de Estados Unidos. Si este lector curioso busca en internet encontrará algunos fragmentos de ese intercambio epistolar. Ahí podría enterarse de que efectivamente muchos de los datos que el narrador «Roberto Bolaño» menciona son «reales». Sin embargo las primeras líneas del cuento deben desaltentar al lector curioso para no convertirse en un lector despistado que selle el «pacto autobiográfico». Lo que el narrador cuenta no es una anécdota de un encuentro «real» con el poeta Enrique Lihn, sino un sueño terrible en el que unos poetas novatos lo llevan a conocer al poeta. Este pequeño dato, ofrecido al pasar a los lectores, le da una atmósfera onírica al cuento que desbarata cualquier posibilidad de considerarlo “autobiográfico”.

Quiero señalar algunos hechos concretos de la biografía de Bolaño que atañen a su relación con Enrique Lihn. En primer lugar que, como señala el propio cuento, Bolaño tuvo una relación epistolar con Lihn hacia 1981 o 1982 «estoy hablando del año 1981 o 1982» afirma el narrador del cuento que, al igual que el autor, tenía 28 años en ese momento. Este hecho puede corroborarse en el Getty Reserch Institute (Los Ángeles, California), en la Colección sobre el Surrealismo en América Latina (Getty Reserch Institute 2015). Allí se encuentra la papelería de Lihn y en la descripción del material se señala a Roberto Bolaño como uno de los «contributors». Al menos dos artículos breves publicados en internet hacen referencia al contenido de las cartas entre ambos. Uno de ellos analiza varias cartas (Soto, 2009) y el otro hace un análisis muy detallado de una tarjeta que Bolaño le envió a Lihn en abril de 1983 (Leddy, 2011). Aparentemente la relación epistolar se inició a comienzos de 1981 hasta al menos setiembre de 1983.

En el cuento el narrador Bolaño no da detalles sobre el contenido de sus cartas, apenas cuenta que le dijo que salvo dos o tres excepciones la literatura chilena le “parecía una mierda”, luego le mandó unos poemas y él lo antologó en un recital de poesía que hizo en un instituto chileno-norteamericano, datos que no he podido confirmar y que perfectamente podrían pertenecer al plano de la ficción. En su artículo Soto analiza el contenido de algunas cartas. El inicio no fue del todo feliz, Bolaño le escribe en un momento muy especial en el que su carrera literaria no iba bien y le manda un poema para recibir el juicio de Lihn, quien le responde el 16 de junio de 1981 con cierto malhumor: «Por de pronto no puedo dar curso a ninguna de las peticiones… porque no preparo antologías ni otorgo becas». Sobre su poema Soto transcribe las siguientes palabras de Lihn: «Me gustó bastante en algunos versos, y en otros lo encontré desmadejado… el surrealismo ortodoxo ya no se soporta. Hay algo que está bien y algo que no anda». Los primeros intercambios no fueron del todo alentadores para el joven escritor que, como sostiene el Bolaño narrador, buscaba la protección del poeta consagrado. En los siguientes fragmentos de cartas que Soto recupera, Bolaño narra a Lihn sus problemas en España y sus dificultades para convertirse en poeta y escritor mientras Lihn lo alienta y aconseja, abandonando el tono hostil del inicio.

Desde la primer línea el lector de “Encuentro con Enrique Lihn” se enfrenta con el relato de un sueño, el sueño de un encuentro que nunca se produjo, y que por cierto era imposible en 1999 dado que Lihn falleció en 1988. En ese sentido el sueño aparece como un suplemento de la realidad, en la medida en que remeda una relación que, luego sabremos, fue solamente epistolar. El lugar de enunciación no es claro ¿dónde está el narrador? ¿a dónde regresa desde Venezuela? El Bolaño autor hizo su segundo viaje a Chile a fines de 1999, y aunque el Bolaño narrador no proporcione ninguna pista al respecto, es posible pensar que tuvo este sueño en Chile. Esta posibilidad la abre el propio cuento, cuando el narrador dice que el lugar en el que se desarrolla el sueño «bien pudiera ser Santiago» y con ese condicional marca la oscilación entre un lugar imaginario y uno real que viene reforzado por la idea de que Santiago de Chile alguna vez fue un infierno (una referencia constante en la obra de Bolaño es la dictadura chilena) y que esa característica quedó marcada en el sustrato de la ciudad. El narrador propone una serie de oposiciones: realidad/sueño, cielo/infierno, real/imaginario que marcarán todo el relato.

Al principio yo apenas lo podía reconocer, su cara no era la misma que aparece en las fotos de sus libros, había adelgazado y rejuvenecido, se había vuelto más guapo, sus ojos eran mucho mejores que los ojos en blanco y negro de las contraportadas. En realidad, Lihn ya no se parecía a Lihn sino a un actor de Hollywood, un actor de segunda línea de esos que aparecen en las películas hechas para la televisión o que jamás estrenan en los cine europeos y pasan directamente al circuito de los videos-clubes. Pero al mismo tiempo era Lihn, aunque ya no se pareciera a él, de eso no cabía duda (407-408. Énfasis del original).

El narrador oscila, el poeta es y no es. No es el Lihn de los libros, el autor que presentan las contratapas, las fotos de promoción, que tampoco es el Lihn «real». Se parece a un actor de segunda de Hollywood. Bolaño «mejora» la imagen de Lihn en su sueño, «era más guapo» y otra vez recurre a otra ficción, la del cine. Los entusiastas lo presentan y en ese momento el Bolaño narrador decide cortar la narración del sueño y no solamente dilata el relato del encuentro con el poeta sino el momento en el que dirán su nombre, en el que lo presentarán como Roberto Bolaño. El plano de la ficción se repliega y da paso a la autobiografía. El narrador afirma que no necesitaba presentación porque

(…) durante un tiempo, un tiempo breve, me había carteado con él y sus cartas en cierta forma me habían ayudado, estoy hablando del año 1981 o 1982, cuando vivía encerrado en una casa de Girona casi sin nada de dinero ni perspectivas de tenerlo, y la literatura era un vasto campo minado en donde todos eran mis enemigos (…) Esto le pasa a todos los escritores jóvenes (408).

Como ya dije Bolaño proporciona muy poca información sobre el contenido de sus intercambios con Lihn, aunque cuenta que lo había puesto entre los «siete tigres de la poesía chilena del año 2000» y ese pasaje en el que describe a los otros seis poetas es en verdad, como ya se dijo, una cita a un texto crítico que había publicado en 1999.

En el desafasaje entre la realidad y el sueño que Bolaño ubica una alta dosis de humor negro. Los entusiastas se alejan de la mesa, el narrador mira al poeta: «En ese momento yo supe que Lihn sabía que estaba muerto. El corazón ya no me funciona, decía. Mi corazón ya no existe. Aquí hay algo que no está bien, pensaba yo. Lihn murió de cáncer, no de un ataque al corazón» (411). El narrador dice «Aquí hay algo que no está bien» y lo que no está bien es que el sueño no se corresponde con la realidad, no solamente por el poeta está aparentemente vivo sino porque dice que su corazón ya no funciona. Bolaño se siente mal y sale del bar, tiene un episodio cuando regresa, en la puerta del bar, con un matón en el que ambos juegan a ser quienes no son.

Finalmente Bolaño entra al bar. Lihn seguía en el reservado. Ambos suben a la casa del poeta en el séptimo piso. Allí se da cuenta que el piso es de cristal y que entre el bar y el séptimo piso no hay nada. Eso lo angustia. Se pone de pie, las cosas parecen más frágiles que las personas, cuando lo que «ocurre normalmente» es que sea al revés. La inversión de los planos (real/sueño) ya no es tan placentera y cuando esa sensación gana al narrador, este se da cuenta que Lihn ya no está. Bolaño lo busca en la casa. Tiene frío, rabia, se siente enfermo «como si la casa se moviera sobre un eje imaginario» (414). Abre una puerta y Lihn está nadando en una piscina. El narrador dice que antes de que «abriera la boca para hablar de la entropía», es decir, del desbalance o el caos entre las oposiciones planteadas (real/imaginario, realidad/sueño, vida/muerte) Lihn le habla de su medicina y de que esta lo convertía «en conellijo de Indias de la empresa farmacéutica» (414). Luego Lihn sale de la piscina y ambos regresan al bar. Allí Lihn le dice a Bolaño: «se acabaron los tigres, y fue bonito mientras duró, y: aunque no te lo creas, Bolaño, presta atención, en este barrio sólo los muertos salen a pasear» (414).

En el final del cuento Lihn y Bolaño miran el barrio por la ventana:

Y mirábamos y mirábamos y las fachadas eran sin lugar a dudas las fachadas de otro tiempo, y también las aceras en donde había coches estacionados que pertenecían a otro tiempo, un tiempo silencioso y sin embargo móvil (Lihn lo veía moverse), un tiempo atroz que pervivía sin ninguna razón, sólo por inercia (415).

El cuento no ofrece un cierre definitivo de la historia e introduce la idea de un “otro tiempo” que podría ser el pasado, pero que tal vez sea el tiempo del sueño y el tiempo de la ficción. Es en ese plano onírico y ficcional en el que se produce el encuentro entre los poetas, entre los vivos y los muertos, un tiempo en el que se invierten los planos, en el que el narrador por momentos se siente cómodo, por momentos frío y enfermo.

Para Amícola en la autoficción moderna el artista «introyecta la “fábula” en su propia vida o, en cambio, proyecta un yo dentro de la “fábula”» (190). Lo que Roberto Bolaño hace como autor en «Encuentro con Enrique Lihn» es ficcionalizar un encuentro entre él y uno de los poetas chilenos que admira, con quien mantuvo contacto epistolar y sobre el que escribió en distintos registros críticos. La proyección de su yo en la ficción no implica inventarse «una existencia desconectada de su pasado», como plantea Amícola (190), sino precisamente lo contrario. La introducción del relato de un sueño es lo que permite convertir las oposiciones de Amícola en una frontera transitable, en la que Roberto Bolaño autor trafica de lo real a lo imaginado y de lo soñado a la realidad, creando una realidad alternativa, poética (Promis 2003). «Encuentro con Enrique Lihn» es una autoficción en la que el contenido ficticio prevalece sobre lo autobiográfico o en la que lo autobiográfico sirve de base para la invención. Mejor aun, es un cuento en el que Bolaño desarrolla una ficción en las fronteras de los géneros con una enorme conciencia del oficio cuyo producto es un texto difícil de catalogar.

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