Militantes y disidentes (jóvenes en la postdictadura)

Amasijo 5

En 1988 aparece en el semanario Brecha la sección Amasijo habitual. En ella un conjunto heterogéneo de jóvenes escritores, periodistas y artistas se hicieron conocidos en las páginas del semanario. Brecha publicó su primer número el 11 de octubre de 1985 y se definía como “independiente y de izquierda”. En parte la columna fue un gesto de Hugo Alfaro, director y redactor responsable del semanario desde octubre de 1985 hasta 1993, para que los más jóvenes hicieran propuestas y plantearan temas.

Por esos años surgía el tema, para algunos el problema, de “la juventud”. La aparición de Amasijo habitual le incorporó a las páginas de Brecha una serie de nuevas referencias culturales como el rock, el grafiti o las revistas under (fanzines) que estos jóvenes venían desarrollando incluso antes de la restauración democrática. Los principales columnistas aprovecharon esta “apertura” de la vieja guardia pero también chocaron con la sensibilidad de los militantes de izquierda, jóvenes también que habían militado en la clandestinidad, habían creado la ASCEEP y había contribuido a la recuperación democrática (lo que algunos llaman hoy “Generación del 83”).

Amasijo habitual empezó a publicarse en las páginas culturales de Brecha en 1988 y permite tener una idea de los debates de la recuperación democrática desde el punto de vista de un grupo de jóvenes “emergentes” (diríamos hoy), que entra a la escena cultural en democracia. Los nuevos contornos de la cultura del autoritarismo (Moraña, 1988), la emergencia de un nuevo mito democrático y la amenaza de las disidencias (Rial, 1986) son dos aspectos “domésticos” que me interesa destacar en un contexto global de cuestionamiento de los relatos de la modernidad y de una nueva lógica cultural del capitalismo que impacta en Uruguay en este momento crítico. La nueva sección de Brecha se abre en este contexto y estas tramas de significación se enredaron en sus páginas. Fue coordinada por Danilo Iglesias e ilustrada por Pepi, quienes ya trabajaban para Brecha ocasionalmente. Pepi por ejemplo se incorpora a Brecha antes y a raíz de un “llamado a propuestas para mejorar el semanario” a la que respondió con críticas dibujadas.

La idea de Iglesias trascendía el semanario y por esa razón publicó una antología de cuentos con el mismo título en la que había escritores uruguayos (Andrea Blanqué, Gustavo Escanalar, Raul Forlán Lamarque, Elvio E.Gandolfo, Mario Levrero, entre otros) pero también Charles Bukowski e Italo Calvino. Según Iglesias “Dentro del semanario siempre nos miraron con recelo. Alfaro nos bancaba bien, pero cuando nombraron a Ernesto González Bermejo director o editor, cerró la sección, dijo que ya no precisaba nuestra sección juvenil porque el espíritu juvenil inundaría Brecha todo… Y como habrás visto Brecha sigue siendo un semanario juvenil”. En su corta vida varios columnistas pasaron por Amasijo habitual: el propio Iglesias, Roberto Elissalde, Tabaré Couto Sala, Mariella de León, Jorge Schellemberg, Marisa Silva (más conocida como la narradora Marisa Silva Schultze) entre otros. Las ilustraciones de Pepi eran la única colaboración fija, en algunas ocasiones sus cuadritos eran la sección, y llamaban la atención en el contexto algo monótono (desde el punto de vista gráfico) de las páginas culturales de Brecha. Finalmente los textos no zafaban del diseño en columnas del semanario.

Amasijo habitual fue una propuesta que Danilo Iglesias le hizo a Hugo Alfaro ante la emergencia de críticas fuertes que venían de los propios jóvenes. De algún modo la “vieja guardia”, que volvía del exilio o retomaba su actividad con el fin de la dictadura, le daba un lugar (por cierto, bastante escaso) a expresiones culturales que no entendían o no compartían como las nuevas referencias literarias (Bukowski) o culturales (el rock, el fanzine, el comic). Más allá del paternalismo implícito en este gesto de apertura Amasijo habitual resultó una vitrina para mostrar las cosas que estaban pasando entre algunos jóvenes. Sin embargo no se trató de un grupo organizado, tal vez algunos de ellos estaban unidos por lazos de amistad y como sostiene Iglesias también por “el nihilismo y el temor a que nos confundieran con izquierdistas”.

Había entonces entre la mayoría de los columnistas una sensibilidad común que llamaré “disidente” y que se contraponía a la militancia política (de derecha y de izquierda). Al respecto Iglesias agrega dos elementos aglutinantes: “una reacción de piel contra la rigidez (de izquierda o de derecha, Elizalde o la izquierda dura), y LOS LENTES NEGROS. Fuimos la primera generación en usar lentes negros, en el sentido nihilista del gesto, el lente negro que decía “no quiero comunicar nada”, que es comunicar mucho y comunicar nada”. En un mismo sentido han hecho declaraciones más o menos recientes otros miembros como Gustavo Escanlar (agosto 2008) respecto al choque con la rigidez de la izquierda o Pepi Gonçalves respecto a la negativa de verse como una “generación” (Verdesio, 1997). Aunque hay ciertos rasgos comunes (nihilismo, nuevas referencias culturales, desconexión con los militantes clandestinos y contra la dictadura) que los separan de los jóvenes militantes políticos, no es que no tuvieran ningún contacto con la política. Pepi Gonçalves menciona que venían de “hogares de militantes” que habían estado presos (como su padre) o exiliados (como es el caso de la familia de Couto). Incluso menciona que Escanlar había sido desde muy chico militante de un sector de la izquierda política.

Si bien el experimento duró poco representó una voz discordante con una interpretación que tendía a la generalización fácil y a la homogeneización de “los jóvenes”. En ese sentido Brecha abrió un espacio para leer a un grupo de jóvenes el marco de un discurso social más amplio, hegemónico, en el que también tenían su parte otros medios de comunicación, los académicos, el Ministerio del Interior y los propios involucrados. No es un hecho para nada menor que en ese marco los “jóvenes”, los que podían escribir e ilustrar un semanario, tuvieran un espacio dentro de una de las publicaciones más importantes de la izquierda uruguaya en ese período.

En setiembre de 1986 Hugo Achugar escribía en Cuadernos de Marcha que la cultura en Uruguay estaba dividida entre “un espíritu de restauración y un espíritu de innovación”, que había sectores que no habían “superado la nostalgia” de una edad de oro en los sesentas y que el “poder cultural” estaba institucionalmente en la derecha e intelectualmente en la izquierda, y ambos compartían su pertenencia a “los cuadros dominantes de hace un par de décadas”. La percepción de los actores se daba en este esquema de sensibilidades (una restauradora, otra innovadora). También en 1986, en un seminario realizado en Estados Unidos, el politólogo Juan Rial (1987) planteaba que se estaba configurando un nuevo mito, el de la democracia, sostenido sobre el “terror” de no volver a la dictadura. Rial advertía también sobre la posibilidad de una fractura en el imaginario social, de la fragmentación y hacía referencia específicamente a la posibiidad de la disidencia de sectores sociales como los jóvenes.

¿Quién puede hablar en nombre de los jóvenes?

Partiendo del supuesto de que los discursos son parte de la construcción de la realidad, el planteo de Rial en pleno proceso de “restauración” describe perfectamente el punto de quiebre que significó esta columna con la sensibilidad militante (también juvenil), esta disidencia con el mito de la democracia y otros mitos que pugnaban por la restauración. Los jóvenes de Amasijo habitual estaban intentando renovar el repertorio de referencias culturales de las generaciones precedenes, chocaron con el aire de la restauración y también con el mito de la democracia. Fueron en ese sentido los “disidentes”. En la compulsa por representar a los jóvenes la sección de Brecha captó un momento de esta sensibilidad y de otras que también se expresaron en este espacio.

Los jóvenes de Amasijo habitual no protagonizaron el proceso del movimiento estudiantil clandestino y la salida de la democracia. Por lo que ingresaron al campo cultural en democracia, sin esa “épica” sobre sus hombros. Pero los que sí lo habían hecho seguían siendo jóvenes en 1988. De ahí que la columna fuera un espacio en el que se disputaba el significado de “ser jóvenes”. La disputa por el significado de la juventud en Amasijo habitual fue casi permanente y mostraba al menos dos posiciones encontradas respecto a la política y también a las referencias culturales, que están relacionadas también con el corte que se produjo entre quienes militaron por la recuperación democrática y quienes llegaron a su juventud ya en democracia. Sin embargo ambos comparten un concepto de juventud que socavaba el que había promovido la dictadura.

El tema de “la juventud” fue parte de la agenda pública en la posdictadura. Desde el comienzo la sección fue un espacio para la disputa entre los jóvenes, que demostró que había una fisura en esa “identidad” que se pretendía única. Una columna de Roberto Elissalde “Sin distinción de raza, sexo ni edad” anuncia un quiebre entre “los militantes de la libertad y los libres de toda transa”, pero apelaba a la unión de los jóvenes y por no quebrar generacionalmente. Una nota de Tabaré Couto publicada el 22 de abril de 1988 discute estas ideas. Hace referencia a un programa de televisión dedicado a los jóvenes (“Hablemos” de Jorge Traverso) y de algunas notas en prensa escrita como las del semanario Jaque. Él mismo, como integrante del colectivo de la revista under Gas, había sido invitado al programa de Traverso y rechazó la propuesta por cosas que luego ocurrieron: la censura a algunas opiniones y el tratamiento del tema “juventud” con preguntas tontas entre las que se encontraba el tema de “la droga” (¿Te ofrecieron droga alguna vez?).

Luego rechaza el intento de apropiación simbólica por derecha o por izquierda y se ríe de que en la disputa electoral traten de ganarse a los jóvenes. Couto concluye “Vaya, vaya, vaya. Se nos ofrecen espacios y ponemos peros. Se nos ofrecen propuestas políticas y ponemos peros. Somos bastante rompehu… quisquillosos, inquietos, traviesos. Prefiriendo las sutiles o descaradas mentiras de la democracia antes que las drásticas y sangrientas verdades de la dictadura, parece que nada nos conforma. Conclusión simplista”. El artículo termina haciendo referencia a dos canciones de Fito Páez, de su disco Ciudad de pobres corazones (1987), “Gente sin swing” y “A las piedras de Belén”. Ambas canciones apuntan a desarmar la idea de que la edad fuera señal de algo, habla de “gente sin swing” que se sube “al carro de la buena onda, loco, del rock”, jóvenes autodenominados “piolas” y viejos que se entendían con los jóvenes. Finalmente el asunto era identificarse con una sensibilidad “que te escupan en la cara / que te duela hoy más que ayer / que te chupen en la cana / que te enseñen a perder”.

A la semana siguiente Amasijo habitual publica una nota firmada por Roberto Elissalde titulada “Hay que tener swing”, en clara referencia a la columna publicada la semana anterior. La nota de Elissalde se sitúa en un terreno de disputa por el “nosotros, los jóvenes”. Cuestiona la identificación de “la juventud” con ciertas formas de la cultura (“pintadas ingeniosas”, se refiere al grafiti, o las “revistas subterráneas”) y afirma que se trata de “un sector” al que Elissalde contrapone una mayoría que sigue teniendo que buscar trabajo o laburar 8 horas y que disfrutan “del fútbol y las cumbias” y afirma: “este sector, autor y consumidor de esas formas de comunicación da toda la impresión de ser amplio, heterogéneo y pluralista. Pero si bien en parte esto es así, no menos cierto es que a veces también camufla cosas bien, pero bien viejas”. Elissalde representa una sensibilidad militante y responde, contesta, rechaza el estereotipo de la política que Couto manejaba en su columna.

En primer lugar intenta explicar que no hay bandos, que hay “partidarios de la renovación y del cambio” en todas partes y, citando la columna de Marisa Silva del 8 de abril de 1988, hace referencia a la intolerencia y la incomprensión entre los jóvenes. Repara en el ataque a la militancia y lo explica por un “resentimiento de desilusión”, del 83 al 85 se lograron cosas y ahora nos tenemos que hacer cargo de “nuestros destinos”, por ejemplo el cogobierno universitario en el que a veces se complica ser “útil y creativo”. Afirma que hubo un momento en el que era más importante gritar contra la dictadura que hacer buena música y en la posdictadura: “A todos se nos resquebrajó el impulso, a unos más y a otros menos”. Intenta hablar de una sola juventud cuando afirma que las críticas a quienes “seguían en «la lucha»” y “por ahí perdimos mucha fuerza como generación”. La mística es una frontera excluyente que ponen los militantes “o estás salvando el mundo en el sacrificio diario o sos un divagado”.

También Elissalde ataca a los viejos, afirma que no están tan lejos (“sabemos quiénes son los Sex Pistols”) y una búsqueda de complicidad “hay que lograr que el torturómetro nunca nos marque nada”, para finalmente argumentar que: “Si verdaderamente somos los que tenemos menos ataduras y esquematismos, si somos a los que todavía no se les cuardiculó la creatividad, y si todavía creemos que los jóvenes pueden ganarle a alguien, ya tenemos un trabajo. Se trata de ser tolerante con el de pelo rojo y con el que paso 8 horas laburando y se va 4 más al sindicato. Se trata de identificar lo nuestro, lo de los jóvenes con el interminable camino de renovar los aires. Se trata hoy de escucharnos y juntarnos para jovenacer el barrio”. La argumentación de Elissalde busca componer lo que está roto, acercar a los disidentes, pero parece un esfuerzo condenado al fracaso.

Casi 30 años después consulté a tres de los columnistas de la sección sobre este asunto de “la juventud” y cómo percibían un conjunto de hechos: la censura del intendente de Montevideo Jorge Luis Elizalde al artista Oscar Larroca (1986), el Montevideo Rock I y II (1986-1988) y el documental Mamá era punk (1988):

Nunca me gustó esa cuestión de “los jóvenes” porque es una clasificación que en general es funcional al interés de “los viejos”. Por esa razón “los jóvenes” a veces tienen 15, a veces tienen 25 y a veces, especialmente en la cultura, tienen 45 años. En la izquierda, que tiende a ser muy poco permeable a los cambios, una puede ser joven a los 55 años. Creo que nos reclutaron para promover un acercamiento con una sub-cultura urbana que de alguna manera no chocaba con la ideología del semanario. (…) En realidad mi punto de vista de las cosas no ha cambiado un ápice. Siempre tuve la sensación que nos dejaban un “espacio testimonial”, no un verdadero espacio. Éramos raros, nos vestíamos de negro, teníamos “peinados nuevos”. (…) En realidad no estuvo bueno. En este país los niños y los jóvenes siempre serán ciudadanos de segunda clase.

Tuve un viaje personal con esa movida que no se puede traspolar a otros casos. Yo fui joven-joven durante la dictadura. Por ser militante, concentré mis esfuerzos en eso: la lucha contra la dictadura, contra la intervención de la Universidad, etcétera. Y cuando me pareció que habíamos ganado en libertades, llegaron otros más jóvenes que yo que no les importaba nada lo que habíamos hecho, no se interesaban en las mismas cosas (…) A diferencia de mis congéneres militantes, yo tenía un vínculo fuerte por el lado de rock y podía disfrutar a Los Estómagos con otra gente más joven. Pero fue con Los Tontos que me di cuenta que estaba fuera de foco. Tenían un humor nuevo, desprejuiciado, inocente y al mismo tiempo atrevido y desafiante. Ese era el espíritu de la época que me costó entender y disfrutar.

Respecto a la generación “del 85” por llamarle de alguna manera, creo que hicimos un esfuerzo por no ser una generación. Antes de nosotros tenés la gente del 45, de los 60, los militantes de la ASCEP-FEEU durante la dictadura, pero algunos de los que nacimos a la vida adulta y cultural al final de la dictadura no quisimos o no pudimos ser una generación con un cuerpo de ideas aglutinantes, excepto la desconfianza hacia las grandes ideas aglutinantes.

Persiste la idea de un corte entre quienes militaban políticamente y aquellos jóvenes disidentes, que no querían ser una generación y que se negaban a ser cooptados por la lógica política. Pero esta oposición no alcanza para entender lo que ocurría con los jóvenes en el contexto de la recuperación democrática. Porque si bien había desencuentros también ambas sensibilidades participaban de una cultura juvenil globalizada cuyas referencias no eran desconocidas para ninguno de los dos. Podía haber sí ciertas zonas de conflicto (Los Tontos) pero siempre en el marco de una configuración cultural que servía de marco para comprender o no comprender.

Los disidentes

Un ejemplo de la disidencia en el plano ideológico es una columna de Tabaré Cuoto del día 26 de agosto de 1988, en la que propone anexar a Uruguay a los Estados Unidos. Esto podría generar algún cortocircuitos con periodistas y lectores de Brecha, por su quiebre con el antimperialismo norteamericano y su hegemonía en la región. Couto dirá: “Nuestra maldición es Uruguay. Ese sucucho con forma de pera machucada. Este país a medias. Este no-país (…) Uruguay es nuestra condena, nuestra queja mejor lograda”. Para solucionar este problema Couto propone la anexión a los Estados Unidos, ser el estado número 51. En la nota Couto imagina el día de la anexión así:

(…) deportistas, músicos, políticos, periodistas y chusma, saldrán en las tapas de los diarios y semanarios sonrientes, abrazados y diciendo: “¡Estamos felices de ser americanos!”. Después de ese glorioso día, La Pasiva tendrá hot dogs y florecerán los Mc. Donalds. Onetti y Bukowski serán un mismo corazón. Barilari escribirá en el New York Times y Forlán en el Washington Post, el Amasijo habitual dejará de existir y se transformará en periódico underground con tres millones de ejemplares en la calle.

La imaginación prospectiva de Cuoto no está tan lejos de lo que sucederá en los años posteriores a 1988 respecto a Mc Donalds y a la creciente americanización de la vida en todas partes del mundo. Lo que no se concreta y es parte del poder de la ironía de Cuoto, es la incorporación a la cultura americana, esas imágenes de sus pares y de sí mismo incorporados plenamente a la cultura norteamericana. La ilustración de Pepi apoya esta idea con la ascensión de un uruguayo hacia la estrella 51

dibujo de pepi anexión

Cuoto lleva las cosas un poco más allá e inventa un formulario para que los ciudadanos uruguayos soliciten la anexión a Estados Unidos.

formulario de anexión

Cuoto extiende el ejercicio de prospección un poco más, incluye en la americanización a Los Olimareños (una pequeña provocación) y la posibilidad de conciertos de Bruce Springsteen en Pando, entre otras. Cuoto cierra irónicamente diciendo que es una solución tan fácil que “parece mentira que ningún político lo haya propuesto todavía”. La anexión soluciona varios problemas, fundamentalmente todos los hitos de la nación, sin dejar de señalar una cadena de hechos que incluye el golpe de estado (18 de julio, 25 de agosto, 27 de junio, “la peor burrada del siglo XX oriental”), la anexión permite olvidar la nación: “Cuando brille la estrella 51 estará todo right y seremos felices (bueno: casi felices)”. A nadie escapa lo que significa esta propuesta en medio de la campaña de la Comisión Nacional pro Referéndum para anular la ley de caducidad que impedía enjuiciar a los responsables de las violaciones a los derechos humanos que se cometieron durante la dictadura. La recolección de firmas se produjo de febrero a diciembre de 1987 y durante 1988 se debatió mucho la ratificación de las firmas. De algún modo con este “plebiscito” Cuoto lanza una provocación desde las páginas de Brecha, que cubrieron especialmente el plebiscito y todas las instancias previas, y fundamentalmente a sus lectores.

Cierre

En el contexto de la nueva democracia los jóvenes aparecen como un grupo disputado por los diferentes dispositivos discursivos, pasa a ser objeto de estudio sociológico, tema de coberturas periodísticas, programas especiales. Pero estos jóvenes tuvieron su propia voz no solamente en Brecha sino a través de lenguajes como el audiovisual, que los jóvenes de los sesentas también habían usado. Sería interesante comparar, por ejemplo, películas como Me gustan los estudiantes (1968) de Mario Handler con Mamá era punk (1988) de Guillermo Casanova, para trazar el arco de lo que significó ser joven históricamente en Uruguay.

La sección Amasijo habitual capta una fractura entre militantes y disidentes que seguramente deba entrar en diálogo con otras agrupamientos juveniles en el campo de la cultura y en la sociedad uruguaya en general. Estos jóvenes presentan aspectos ideológicos, de gustos culturales y nuevos referentes que implicaron en algunas oportunidades duros choques con el poder intelectual de la izquierda y el poder institucional de la derecha, según la interpretación de Achugar (en Bardanca, 1994). A partir del análisis de la sección se puede organizar a un conjunto de colectivos (Comedia Peñarol, Contradanza, el rock y las revistas under) en un mapa que podrá mostrar los distintos grados de disidencia con el pasado y con el presente democrático de estos jóvenes, y también las consecuencias de sus prácticas en las décadas siguientes, introduciendo nuevos medios y lenguajes a la cultura letrada y al mismo tiempo cuestionando el poder de la ciudad letrada (representado en la propia Brecha, por ejemplo), de sus agentes tradicionales y de los lenguajes estéticos que habían puesto en circulación en el pasado.

Referencias bibliográficas

Bardanca, Héctor. Polaroid. Crítica de la cabeza uruguaya. Montevideo: Yoea, 1994.

Moraña, Mabel. Memorias de la generación fantasma. Montevideo: Monte Sexto, 1988.

Rial, Juan. “El imaginario social. Los mitos políticos y utopías en el Uruguay. Cambios y permanencias durante y después del autoritarismo”. En: Sosnowski, Saúl. Compilador. Represión, exilio, y democracia: la cultura uruguaya. Montevideo: Banda Oriental / Universidad de Maryland, 1987. 63-89.

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