El hombre que imaginaba

Anderson

Benedict Anderson (1936-2015)

El 13 de diciembre falleció en Malang (Indonesia), a los 79 años de edad, el profesor Benedict Anderson. Su libro Comunidades imaginadas. Reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo (1983) es todavía uno de los textos más influyentes sobre la cuestión de la nación. A diferencia de la mayoría de los pensadores de izquierda que rechazan el nacionalismo, la investigación de Anderson ofreció una interpretación innovadora del fenómeno, considerando aspectos culturales que no habían sido suficientemente estudiados.

Hijo de un funcionario inglés-irlandés, Benedict nació en 1936 en Kunming (China), ciudad en cuya aduana marítima su padre cobraba impuestos para la corona británica. Cinco años después la familia, ya con un nuevo integrante -el futuro historiador Perry Anderson- tuvo que viajar a California, huyendo de los conflictos de la Segunda Guerra Mundial. Finalmente, en 1945, los Anderson se instalaron en Irlanda. Como estudiante de Cambridge, Benedict estuvo envuelto en luchas antiimperialistas, que lo vincularon al marxismo desde entonces. Participó en 1956 en las protestas por el Canal de Suez y luego, instalado ya en la universidad estadounidense de Cornell, dedicó sus investigaciones al sureste asiático (Indonesia), marcado por esta experiencia anticolonial. Un artículo de Jeet Heer publicado en el sitio de New Republic aporta todos estos datos biográficos (y más) para señalar la paradoja de que el investigador más influyente sobre el nacionalismo fue, a su vez, un hombre “sin país”.

Imaginario colectivo

En más de una entrevista Anderson señaló su interés en elementos del nacionalismo que le parecían utópicos, vinculados con la forma de pensar una comunidad ligada en verdad por lazos imaginarios. Esta idea se constituyó en el corazón de su argumentación que, con un sentido antropológico, define a la nación como “una comunidad política imaginada como inherentemente limitada y soberana”. Es imaginada, explica Anderson, porque los miembros de esa comunidad no podrán conocer nunca a todos sus compatriotas, pese a lo cual “en la mente de cada uno vive la imagen de su comunión”. A diferencia de teóricos como Ernest Gellner, que desprecia el nacionalismo porque inventa naciones donde no las hay, Anderson sostiene que la nación es un artefacto político, una ficción, y que las naciones no son legítimas o falsas, sino que se distinguen por el modo en el que son imaginadas. Esa comunidad se imagina como limitada porque ningún ciudadano piensa en una nación “con las dimensiones de la humanidad”, sino con fronteras, con un “nosotros” y un “ellos” bien definidos. Además, se piensa a sí misma como soberana -hija como es de la Ilustración y la Revolución- porque sueña con ser libre. Por último, se ve como comunidad porque más allá de la explotación y los niveles de desigualdad interna de cada sociedad, el nacionalismo siempre se piensa como un “compañerismo profundo, horizontal”. De esta manera, Anderson no sólo sentó las bases para un análisis cultural del nacionalismo, sino también para una comprensión del fenómeno “desde abajo”, lejos del tipo de interpretación demonizadora que postula a una elite dirigente o una clase dominante que “inventa” naciones donde no las hay.

La nación letrada

Otra de las ideas centrales y muy productivas del libro es la de “capitalismo impreso”, que postula la centralidad de la imprenta, de los periódicos y de las novelas en la imaginación de las nuevas comunidades nacionales. Leer las noticias en un diario en cualquier parte del territorio nacional alimenta la idea de un espacio y un tiempo común, simultáneo, compartido por todos. Por eso, Anderson sostiene que el capitalismo impreso generó las condiciones para que emergieran las comunidades imaginadas.

Hay muchas otras ideas e interpretaciones que Benedict Anderson puso en circulación a partir de Comunidades imaginadas, como su lectura de que fueron los criollos latinoamericanos quienes inventaron el nacionalismo, descartando la hipótesis dominante de su importación desde Europa. De hecho, después de la publicación del libro en 1983, Anderson profundizó en sus investigaciones sobre el nacionalismo en el contexto de Indonesia y el sureste asiático. En 1991 publicó una segunda edición de Comunidades imaginadas y varios artículos en revistas académicas que abrieron un campo muy novedoso y fértil para la interpretación del nacionalismo. Incorporó a su reflexión censos, mapas, museos y estatuas para analizar las bases culturales de esas comunidades imaginadas. El pensamiento de Anderson también se destaca por la gran cantidad de teóricos contemporáneos, lectores de su obra, que lo han discutido a fondo. Algunos de los conceptos sobre la nación de autores como Partha Chatterjee o Homi K Bhabha, entre muchos otros, fueron elaborados en diálogo con las principales hipótesis de Anderson. Las derivaciones de los conceptos que creó hablan de su poder persuasivo y su capacidad explicativa. Más de 30 años después de la publicación de su libro más famoso, la posibilidad de imaginar colectivamente y con soberanía un futuro común es la lección política más importante que Benedict Anderson nos legó.

Alejandro Gortázar

Publicada originalmente en la diaria.

2 comentarios en “El hombre que imaginaba

  1. Sus ideas están cada vez más vigentes. La nación: un artefacto, una invención al servicio de una clase, es una idea central. Y la dificultad de separar nación de nacionalismo también lo es.
    Linda reseña. Me la llevo🙂
    Pregunta que nada que ver (o más o menos). ¿Leyó Sapiens del antropólogo israelí Harari
    Yuval?… Se la recomiendo.
    El tipito toma esta idea central de Anderson, pero no lo nombra. Un ladrón muy ameno. Yo le rajo a los best seller pero en este caso, bien vale la excepción.
    Abrazo.

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