Onetti y la “corrección política”

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Unos pocos caracteres en las bases del premio literario de la Intendencia de Montevideo han provocado un revuelo importante entre nuestros creadores. El asunto es que allí se hace referencia a “menciones especiales” para aquellos textos que incluyan contenidos sobre diversidad sexual e igualdad de género. Hubo muchos exabruptos que sería otro exabrupto enumerar. Las redes sociales explotaron con múltiples muestras de indignación.

Entre ellas pude leer comentarios sobre la aparente paradoja o contradicción entre el nombre del premio (tiene el nombre de Juan Carlos Onetti) y este ataque feroz a la libertad (creativa). Para algunos radicales esto no es más que otra muestra de la “dictadura” de la corrección política. Ya escribí en otro momento sobre el uso y abuso de la expresión “politically correct” en el contexto local. No los voy a aburrir con eso.

Todo el episodio me permite traer agua para mi molino, que en este caso tiene que ver con las relaciones entre la obra y el autor. En el “debate” pude leer comentarios vinculados a múltiples aspectos de la obra de Onetti como aquella frase de Linacero en El pozo (1939), en la que habla de comprender el alma de los violadores de niñas y la del viejo baboso que entrega chocolatines en las puertas de los liceos. Según nuestros amigos de Facebook, en un gesto de impecable anacronismo, Onetti fue un enemigo acérrimo de la corrección política que, paradójicamente, hoy los burócratas de la Intendencia enarbolan en su nombre.

Traigo a colación un episodio de la novela Cuando ya no importe (1993), la última del ciclo san mariano, en el que un narrador sin escrúpulos (John Carr) escribe su diario mientras construye una represa, o mejor, mientras hace que construye una represa. En Santa María Este el narrador toma contacto con Eufrasia, una mujer “tres cuartos india”, madre de dos niñas: una rubia y blanca (Elvira o Elvirita, que se sospecha es hija de Diaz Grey y Angélica Inés Petrus), a la que conserva como un bien precioso; y una hija negra, Josefina, a quien ella misma describe “morochona como el padre”, y que en El astillero (1961) custodiaba a Angélica cuando Larsen la cortejaba.

En la nota con fecha 25 de marzo se produce un encuentro sexual entre Eufrasia y el narrador. Por alguna razón Carr se excita y coje con Eufrasia, que no lo rechaza ni se resiste. Pero la “cara de india” de la mujer y el hecho de que “el placer le deformaba la cara” hacen que Carr tome una bolsa de arpillera (en realidad lo primero que encontró tanteando el piso) para cubrirle la cara, lo que hizo que ella se excitara aún más. (Si muchachos y muchachas, el deseo tiene miles de caras). Antes de que aprieten los dientes y califiquen a Onetti de misógino y racista (sería mejor que fuera a Carr), les cuento que en otro pasaje de la novela Eufrasia, luego de que Carr le diera una palmada en el culo, aparece en la puerta de la cocina con una bolsa tapándole la cara:

Viejo juego infantil que hacía más dolorosa su aceptada humillación. Esta aceptación era antigua de muchos años; había sido impuesta a su raza por la barbarie codiciosa de los blancos. De modo que desprendí con dulzura de sus dedos la bolsa y le di un beso en la frente.

Perdóname, Eufrasia. Hoy no. Me siento mal.

Además del gesto paternalista de besarla en la frente, Carr pide disculpas y dice que se siente mal. Más allá del tono denunciante sobre la “barbarie codiciosa”, que bien podría ser irónico, habría que preguntarse que significa “Me siento mal”. El narrador no nos va a dar una explicación tranquilizadora, no vendrá una voz en tercera persona a explicarnos que se siente culpable por la conquista y colonización de América. Mucho menos calificará el gesto que exhibe que, a pesar de ser un chanta, a Carr le queda algo de humanidad. Tampoco es necesario, alcanza con que se niegue a tener sexo.

Se podrá decir que esta novela de Onetti no fue armada por él, que lo hizo la editora de Alfaguara en aquel momento (Hortensia Campanella) en base a unos manuscritos desordenados (o mejor dicho que el autor no quiso ordenar), según el testimonio del crítico Daniel Balderston. Puede ser cierto, pero hay varios pasajes en todo el ciclo de Santa María en los que se exponen conflictos raciales, desde el punto de vista de personajes negros o mestizos, casi siempre de los sectores populares, que hablan o aparecen en boca de personajes y narradores de Onetti. Son tantos como los indicios de misoginia y antisemitismo que también se pueden encontrar en algunas de sus obras.

Que quede claro antes de avanzar: no voy a argumentar que Onetti fue en verdad un paladín de lo que aquí les encanta llamar “corrección política” o de las luchas contra el racismo. Lo que voy a decir, simplemente, es que ni la mujer mestiza de la bolsa de arpillera es una mujer mestiza de verdad, ni Linacero o Carr, son alter egos de Onetti.

Muchachos, muchachas, así como la inclusión de esta cláusula en el premio puede que sea un desacierto de los burócratas, no quieran vendernos un anacrónico Onetti anti-corrección política, un Onetti misógino, racista o violador de menores. No hacen más que reforzar una lectura pobre y mecánica de la literatura que postula que los narradores de Onetti son Onetti, que los indios, los negros y los mestizos representados en la obra de Onetti son negros, mestizos y pobres reales.

Esta interpretación de la literatura es la que pulula en muchos compañeros comprometidazos con la lucha por los derechos humanos que se saltean olímpicamente el hecho de que buena parte de la literatura explora aquellas zonas grises o oscuras de la moral y los deseos de los humanos; que la literatura (en general) es lenguaje, mediación; que leerla como un mero reflejo de la realidad es un despropósito imperdonable.

En fin, si yo fuera jurado del premio Juan Carlos Onetti 2016, le daría una mención especial a la novela Cuando ya no importe por su aporte (algo extraño) a la comprensión (algo extraña) de temas de interés social como el racismo y la igualdad de género.

Un comentario en “Onetti y la “corrección política”

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