Una cultura de y para todxs

Luisi

Paulina Luisi. Fuente de la fotografía: Wikimedia Commons.

 

La colección de libros que trabajamos con la Biblioteca Comunitaria Paco Espínola de Paso de la Arena tiene varios hallazgos importantes: los cuatro tomos de las Efemérides uruguayas (1956) de Arturo Scarone, que registra hechos históricos desde el 1 de enero de 1730, fecha oficial de la creación de Montevideo, hasta 1950; el tomo I de los Escritos selectos de Andrés Lamas, los Cuentos completos de Carlos Reylestextos humorísticos de Peloduro y dos libros de Juan José Morosoli, entre otros.

No sería un problema, y creo que para muchos lectores tampoco, reconocer los nombres de estos grandes hombres de la literatura y las ideas en Uruguay. Sin embargo no sería tan fácil, creo, dar cuenta de las escritoras que aparecen en la colección. Siempre se podrá decir que lo que hizo que estos hombres se hicieran conocidos es la calidad de su literatura y no la homosociabilidad más o menos cerrada del campo literario o el conjunto de discursos y prácticas que sitúan a la mujer en el lugar del objeto pasivo (modelos para cuadros o esculturas, musas inspiradoras) y no de la productora de arte.

En esta colección, con excepción de Paulina Luisi, de quien se recuperaron obras fundamentales para la historia del feminismo en Uruguay, y de Delmira Agustini, el resto de las autoras difícilmente aparezcan en un lugar de destaque entre los grandes autores uruguayos. Pese a las condiciones siempre adversas, las mujeres escritoras y lectoras estuvieron presentes en la historia cultural uruguaya desde muy temprano en el siglo XIX, muchas veces bajo el amparo del paternalismo de los hombres, otras reproduciendo estereotipos de mujer-esposa-madre, en no pocas ocasiones como mujeres libres y luchadoras, a veces a contracorriente de la cultura hegemónica.

Feministas en todas partes

La lucha por la igualdad del movimiento feminista en Uruguay logró que la mujer uruguaya pudiera votar por primera vez en las elecciones de 1938. Según Sapriza un titular de la revista Mundo Uruguayo expresa la reacción de la cultura hegemónica ante el hecho del voto: “Las mujeres votan, ¿qué más pueden pedir?”. En 1946 se aprueba la ley N.º 10.783 que declara que hombres y mujeres “tienen igual capacidad civil”, que abría nuevos espacios de negociación con la cultura hegemónica.

En ese marco se inscribe la obra y la praxis de Paulina Luisi, que desarrolló su actividad y militancia tanto en el ámbito nacional como en el terreno internacional en la Liga de Naciones.

El libro La mujer uruguaya reclama sus derechos políticos, edición al cuidado de Luisi, reúne las intervenciones de un acto feminista realizado el 5 de diciembre de 1929 en el “Salón de Actos Públicos de la Universidad”, así como un anexo con documentos entre los que se destacan el Programa de la Alianza Uruguaya de Mujeres y el Programa del Consejo Nacional de Mujeres.

El discurso de Luisi recordaba un evento realizado el 25 de abril de 1917 en el mismo lugar, en el que 52 mujeres reclamaron “participar en la vida política de la nación”. Decía Luisi que ya no era un grupo reducido, que “la conciencia de la mujer uruguaya se ha despertado” y afirma: “La mujer de 1929 no tiene recelo en defender sus convicciones y en reclamar resueltamente los derechos que le corresponden y la participación que le pertenece en la vida nacional” (30). En más de 10 años las mujeres organizadas sentían y celebraban un avance significativo y el discurso de Luisi daba cuenta de la lucha de las mujeres en el escenario mundial y su lugar en la política.

La lista de oradoras da cuenta de un importante número de mujeres profesionales del derecho y la medicina: la propia Luisi (Doctora en Medicina), Carmen Onetti (Profesora de Secundaria), Leonor Hourticou (Maestra), Cristina Dufrechou (Maestra), Elisa Barros Daguerre (Doctora en Medicina), Elvira Martorelli (Abogada) , Laura Cortinas (Escritora), Luisa Machado Bonet de Abella Escobar (Escribana), Adela Barbitta Colombo (Periodista), Br. Olivia de Vasconcellos (Estudiante de Derecho), María Inés Navarra (Doctora en Medicina). Otras dos publicaciones relacionadas con el ámbito profesional de la medicina en las que las mujeres participan o son autoras son: Primera Semana Nacional de Defensa contra el cáncer (1930), en la que participa la Dra. Luisi entre siete hombres, y Insuficiencia cardíaca aguda del lactante (1938) de la Dra. María Luisa Saldún de Rodríguez.

Finalmente, los dos tomos de Otra voz clamando en el desierto (1948) de Paulina Luisi, como ella misma anuncia en su prólogo, recogen distintos trabajos suyos en “cuarenta años de lucha contra la Reglamentación de la prostitución y los regímenes de represión contra las mujeres prostitutas”, bajo el pretexto de “Lucha y profilaxis de las enfermedades venéreo-sifilíticas” (XVII). En el capítulo III la autora explica el abolicionismo y su lucha contra la reglamentación de la prostitución:

Nuestro deber de mujeres conscientes de nuestra misión en la humanidad, está en poner en juego todos nuestros esfuerzos para combatirla. Mientras no nos sea dado destruirla, hemos de empeñar todas nuestras energías para disminuir por lo menos sus efectos, facilitando la rehabilitación de las infelices que dieron un mal paso, e impidiendo por todos los medios a nuestro alcance la extensión del mal (41-42).

Esta reflexión, humanista y radical, que se negaba a aceptar la trata de personas y la conversión de la mujer en mercadería, disputaba el espacio público con los discursos higienistas pero también con los católicos. En 1947 un columnista de El Bien Público argumentaba contra la prostitución pero desde el lugar de lo indecoroso de su exhibición pública y fundamentalmente para reclamar al Estado que le dejara a la Iglesia la tarea de “redimir” a las mujeres que se entregaban al vicio (26 de octubre de 1947). El feminismo contemporáneo, con otras referencias teóricas y otros problemas en el horizonte, sigue debatiendo la prostitución en términos de abolicionismo o reglamentación.

En Montevideo hay (mujeres) poetas

En el acervo digitalizado aparece la poesía escrita por mujeres en Uruguay en un período largo de tiempo que va de 1898 a 1950. La muestra se abre con Aleteos: primeras poesías (1898) de María Herminia Sabbia y OribeOro viejo(1910) de Esther Parodi Uriarte de PrunellLos astros del abismo (1924), edición póstuma de Delmira AgustiniConciencia del canto sufriente (1928) de María Adela BonavitaTrilogía de la maternidad (1937) de Maruja Aguiar de Mariani; y, finalmente, tres libros de Graciela Saralegui LeindekarHilera de tréboles (1942), Sombras sin sueño (1949) y Mares vegetales (1950).

La poesía de Sabbia y Oribe, deudora de una estética romántica, está dedicada a sus padres y recibe el apoyo, a través de textos que anteceden sus propios textos, de intelectuales hombres como Eduardo Acevedo Díaz o Carlos Roxlo. La investigadora María Bedrossián la señala entre un conjunto de autoras desconocidas o poco estudiadas que escriben y publican entre 1890 y 1910:

Entre la fidelidad a lo oficial y su “saberse” escritora –no olvidemos que son de las primeras en probar la escritura– cada una irá ilustrando aspectos de la evolución de su propia obra en lucha o en alianza con la cultura masculina. Con sentimientos impregnados de modestia, de duda, de insuficiencia, de autosupresión y culpa irán diciendo de soslayo sus verdades.

En una clave algo distinta pueden leerse los poemas de Parodi, sonetos en su mayoría, en los que aparece una voz poética rebelde y provocadora:

Yo desprecio la Vida, yo desdeño a la Muerte
y aunque me siento débil sabré sentirme fuerte
para adornar tus sienes con las flores del Mal (“Pesimismo”, 6)

Como sostiene Bedrossián las poetas encontraron la forma de hablar “de soslayo” y algunas apostaron a más. La poesía de Parodi y la de Agustini abren un espacio en el encuentro con el amante y con su propia sexualidad, un poco más abierto. Ya no se trabaja solamente desde la fragilidad o el rol asignado a los sentimientos, sino de una experiencia en el cuerpo:

No bebas con Musset ni con lord Byron,
ni vayas por Verlaine a la taberna;
mi copa—que es de carne—la tallaron
mis manos para ti. Es ella eterna. (Parodi, “Bebe en mi copa!…”, 28)

Los brazos de mi lira se han abierto
Puros y ardientes como el fuego; ebrios
Del ansia visionaria de un abrazo
Tan grande, tan potente, tan amante
Que haga besarse el fango con los astros. . .
Y otras cosas más bajas y sombrías
Con otras más brillantes y más altas!… (Agustini, “Primavera”, 33)

El sentimiento, una cierta idea de transparencia y sinceridad, se sustituyen aquí por una plena conciencia del lenguaje poético (los brazos de mi lira, las flores del mal), una mirada crítica sobre el mundo de los escritores hombres (Musset, Byron, Verlain) y una conciencia del cuerpo como medio para expresarse (la copa de carne, el abrazo amante).

Ese decir “de soslayo” aparece también en la poesía de María Adela Bonavita, que en 1928, patrocinada por un grupo de amigos y amigas, publica Conciencia del canto sufriente con el espaldarazo del poeta Pedro Leandro Ipuche, que escribe el prólogo. En la poesía de Bonavita el diálogo con el amante (La Sombra, que para Ipuche es la sombra de dios, es parte de su “anhelo metafísico”) esconde resistencias más o menos veladas, y también reivindicaciones, más o menos veladas. En el poema “El Reflejo” (36-38), la sombra del amante “absorbe todos los colores de mi rayo de luz”, pero no todos “no Aquel… Inefable y Lejano!” (37). Más adelante en “El Alma”, la voz poética vuelve a “la Sombra”:

Es en vano que me busque en la Sombra.
No me encuentro.
No me entiendo en la Sombra (45)

Sea dios o el amante, la Sombra no ofrece a la poeta el reflejo, la capacidad de encontrarse allí con una imagen reconfortante de sí misma, por eso su “mirada se desvía” hacia su interior para hallar su verdad.

La vida de Bonavita fue breve. Nació en 1900 y murió a los 34 años. En 1956 su hijo Luis Pedro Bonavita publica Poesías (1956) en la editorial Asir. El texto reúne toda la poesía escrita por María Adela, maestra sin título, educadora, que dedicó sus esfuerzos a los niños del ámbito rural en San José.

Aperturas

La muestra de poesía escrita por mujeres no se acaba en las autoras analizadas, pero ya ponen de relieve la enorme diversidad de posiciones que asumen las mujeres a la hora de tomar la palabra e ingresar al mundo (masculino) de la literatura. La recuperación de este material en dominio público abre más posibilidades para comprender las realidades de las mujeres en distintos espacios, la historia de sus luchas, de sus victorias y fracasos, y las estrategias desarrolladas para llegar al punto en el que está hoy el colectivo. Ojalá las obras encontradas y puestas a disposición ayuden a seguir construyendo memorias históricas más amplias y democráticas.

 


El texto fue publicado originalmente en autores.uy el 29 de setiembre de 2017.

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Perdidos en el supermercado-mundo

fetichismo

An African fetish statue, offered to young married couples as a charm for fertility. Mid 20th century, Yoruba culture. By Alchemica (Own work), via Wikimedia Commons. Andy Warhol (American, 1928–1987). Campbell’s Soup Cans (detail). 1962. Synthetic polymer paint on 32 canvases, each 20 × 16″ (50.8 × 40.6 cm). The Museum of Modern Art, New York.

 

“I’m all lost in the supermarket / I can no longer shop happily / I came in here for that special offer / A guaranteed personality”

The Clash, “Lost in the supermarket”

Mucho se insistió y se insiste en las predicciones acertadas o equivocadas de Marx y los marxistas, respecto al capitalismo y a sus intentos de establecer leyes de la historia que sustenten esas predicciones. Como afirmaba José María Valverde, ante su obra se plantea el problema insoluble de “cómo unir y distinguir a la vez lo que pensó el propio Marx y lo que ha sido su influjo intelectual y político” (248). Lo cierto es que no se puede reducir la obra de Marx y los marxistas, todos sus intentos de describir y explicar el funcionamiento del capitalismo, a un jueguito de acierto y error. Entre los muchos aportes teóricos de El Capital hay uno que me parece muy importante para el análisis de la cultura: el concepto de fetichismo de la mercancía.

La forma mercancía, escribe Marx, es la unidad básica del capital, y por eso su obra más importante, su trabajo científico más ambicioso, comienza por su análisis. En la segunda edición del Tomo I Marx agregó una sección al capital bajo el título “El fetichisimo de la mercancía y su secreto”, introduciendo una reflexión que abrió distintos caminos dentro del marxismo y en la historia de varias disciplinas humanísticas. El efecto emancipador de El Capital no consiste solamente en proporcionar un “método” científico para comprender el funcionamiento de las mercancías como eje del modo de producción capitalista en las sociedades metropolitanas (Inglaterra, Alemana y Francia) sino también las estructuras de pensamiento que las sostienen, a través de una desnaturalización de aquello que en apariencia es simple y trivial: las mercancías.

La breve sección 4 del primer capítulo de El Capital, “El fetichismo de la mercancía y su secreto”, apareció por primera vez en la segunda edición realizada en 1872. El fetichismo, como concepto, no proviene del marxismo, sino de los orígenes de la antropología, en relación a los sistemas religiosos “primitivos”, y tuvo también desarrollos en la psicología. De hecho Marx toma el concepto de la obra Du Culte des Dieux fétiches (1760) de Charles de Brosses, quien inventó el término. Según Alfonso Iacono, Marx leyó la obra en Bonn en 1842, de una traducción alemana publicada en 1785.

Los fetiches son objetos materiales a los que los “salvajes” le atribuyen fuerzas espirituales o mágicas. Por eso para Marx las cosas aparecen en el mercado como objetos mágicos, que se relacionan entre sí: “Es simplemente la determinada relación social que media entre los mismos hombres la que reviste aquí, para ellos, la forma fantasmagórica de una relación entre cosas” (73). El fetichismo de la mercancía encubre el carácter de trabajo social que la hace posible y genera en los consumidores la idea de que su valor es una cuestión de relaciones entre cosas. El fetichismo de la mercancía es un mecanismo de encubrimiento, una apariencia, una ilusión por la que percibimos las mercancías fuera de la división social del trabajo, de la explotación del hombre por el hombre, de la plusvalía que las hacen posibles. Es “inherente a los productos del trabajo tan pronto comienzan a producirse como mercancías” y es por lo tanto “inseparable” de su producción (73).

En la perspectiva de Etiénne Balibar, la necesidad de la apariencia es una cuestión central para entender el fetichismo de la mercancía:

(…) el fetichismo no es un fenómeno subjetivo, una percepción falseada de la realidad, como lo serían, por ejemplo, una ilusión óptica o una creencia supersticiosa. Constituye antes bien la manera en que la realidad (una cierta forma o estructura social) no puede dejar de aparecer. Y esa “apariencia” activa (a la vez Schein y Erscheinung, es decir, un embuste y un fenómeno), representa una mediación o función necesaria sin la cual, en condiciones históricas dadas, la vida de la sociedad sería sencillamente imposible. Suprimir la apariencia es abolir la relación social. (69)

La lectura de Balibar restituye uno de los movimientos de la propuesta de Marx, que en cierto modo las lecturas marxistas posteriores dejaron de lado en favor de la cuestión del encubrimiento y de ideas asociadas como la alienación o la ideología.

El fetichismo como problema

Para Iacono la cuestión de la distancia entre el ser social y las representaciones a través de las cuales es percibido, es un tema que atraviesa la reflexión de Marx en toda su obra. De hecho las primeras referencias al fetichismo aparecen en los Manuscritos económicos y filosóficos de 1844, y antes de eso en sus artículos periodísticos sobre la discusión parlamentaria en torno al robo de leña que escribió para la Gaceta renana hacia fines de 1842. La última nota sobre el tema cerraba de esta forma:

Los salvajes cubanos pensaron que el oro era el fetiche de los españoles. Celebraron una fiesta, cantaron a su alrededor y después lo arrojaron al mar. Si hubieran presenciado las sesiones de la Dieta renana, ¿no hubieran pensado que la leña era el fetiche de los renanos? Una sesión siguiente les hubiera mostrado, sin embargo, que el fetichismo se une con la adoración de los animales, y los salvajes cubanos hubieran arrojado al mar las liebres para salvar a los hombres. (Marx, 244)

Según Iacono la palabra “fetichismo” es una palabra que proviene del portugués y que se utiliza para hacer referencia a los objetos que los africanos adoraban. Esto imprime en la palabra la idea de un observador externo al fenómeno. Por esa razón el gesto de Marx de invertir el punto de vista, son los indígenas los que creen que el oro es el fetiche de los españoles, resulta interesante porque además sitúa la cuestión del fetichismo fuera del marco evolucionista, que lo considera como una etapa en el desarrollo teleológico de la humanidad hacia la civilización europea. Esta idea aparece en autores como Condorcet, Hume o Comte, y luego alimentará las primeras teorías antropológicas de Edward Burnett Tylor y otros autores.

Es importante consignar este gesto de Marx porque pervive en El Capital, cuando establece una analogía entre la religión y el modo de producción capitalista. El filósofo Étienne Balibar por ejemplo, entiende que en la visión de Marx el mundo moderno no está desencantado, como afirmará más adelante Weber, sino encantado. Sin embargo, según Iacono, el problema del fetichismo en El Capital es más ambiguo cuando se lo ve desde la perspectiva del observador y la observación porque Marx lo analiza tanto desde dentro del fenómeno (tomando ejemplos históricos como el feudalismo) como desde fuera (imaginando escenarios como el de Robinson Crusoe o el de una sociedad de hombres libres).

Las fluctuaciones de Marx responden a un pensamiento crítico en movimiento y a una obra en construcción, que dejó muchos cabos sueltos y mucho material. Como cualquier otro texto, es difícil interpretar El Capital en un sentido unívoco, y a medida que se incorporan nuevos materiales e interpretaciones, los problemas allí planteados se complejizan y derivan en distintas tradiciones intelectuales. Ocurre de este modo en el contexto del marxismo con el concepto de cosificación que Lucaks desarrolla en Historia y conciencia de clase (1923) por citar un ejemplo. En el caso del fetichismo las derivaciones en distintas tradiciones intelectuales son múltiples.

El antropólogo Roy Ellen destaca tres tradiciones académicas en torno al concepto: la antropológica, la psicológica y la marxista. Según Ellen hay procesos cognitivos que atraviesan las tres tradiciones: como la concreción de abstracciones (las relaciones sociales en la mercancía) o la atribución de cualidades de organismos vivos a los objetos (el ejemplo de la mesa que se pone de cabeza y de la que brotan las mercancías), así como confusión entre significante y significado o la relación ambigua entre el control del objeto por las personas y de las personas por objetos. Para Ellen el fetichismo es un fenómeno universal, como en cierto sentido lo piensa Marx cuando lo utiliza para interpretar su presente, que está lejos de poder ser relegado a un “otro primitivo étnico” (219).

Leer el fetichismo (en América Latina)

Las lecturas de El Capital no son lecturas en ningún lugar, ni desde ninguna tradición crítica. En América Latina se produjeron y producen distintas lecturas. Desde los manuales populares de “materialismo histórico” de la Unión Soviética o de Martha Harnecker, que siguiendo a Althusser no incluye el fetichismo de la mercancía en su libro Los conceptos elementales del materialismo histórico (1969), hasta las lecturas de la filosofía de la liberación de Enrique Dussel o de la teología de Franz Hinkelammert en Las armas ideológicas de la muerte: el discernimiento de los fetiches, capitalismo y cristianismo (1977), por citar solamente dos formas muy distintas de encarar el asunto.

Dentro de la tradición clásica del marxismo, fundada por Marx y Engels, y continuada por Labriola, Mehring, Kautsky, Plejánov, la tarea consistió, según Perry Anderson, en “elaborar los principios filosóficos generales del marxismo como concepción de la historia y extender éste a dominios que no había sido abordados directamente por Marx” (13) y en ese sentido se propusieron “completar, más que desarrollar” su legado. Una segunda etapa vendría con revolucionarios como Lenin, Luxemburgo, Bujarin o Trotsky, que además de contribuir a la comprensión del capitalismo en una nueva etapa de su desarrollo (el imperialismo) se preocuparon también de elaborar una teoría política marxista (18).

De esa tradición clásica es que abrevan muchos de los manuales sobre materialismo histórico producidos en la Unión Soviética. En el Río de la Plata, por ejemplo, la editorial Pueblos Unidos publicó en varias oportunidades y en distintas versiones un Diccionario filosófico (1965:172) de Mark Moisevich Rosental y Pavel Fedorovich Iudin. Los autores definían el fetichismo de la mercancía como una “representación tergiversada, falsa e ilusoria del hombre acerca de las cosas, mercancías y relaciones de producción”. La materialización de las relaciones de producción en la mercancía genera “la idea ilusoria de que las cosas mismas, las mercancías, por su propia naturaleza, poseen ciertas propiedades misteriosas, que en realidad no poseen”. Y agregan:

“El fetichismo de la mercancía oculta la verdadera situación: la subordinación del trabajo al capital, la explotación de la clase obrera. En la superficie de los fenómenos, los relaciones entre los capitalistas y los obreros aparecen como relaciones entre poseedores iguales de mercancías. Todas las ideas ilusorias sobre la igualdad y la libertad engendradas por el capitalismo se apoyan en dicha forma tergiversada, inevitable en la sociedad capitalista, en que se manifiestan las categorías económicas. La economía política burguesa, vulgar, utiliza el fetichismo de la mercancía con el propósito de encubrir la auténtica naturaleza del capital y ocultar la causa verdadera de la explotación de la clase obrera. El primero en develar el secreto del fetichismo de la mercancía, sus raíces, su base objetiva, fue Marx. El fetichismo de la mercancía tiene un carácter histórico; desaparecerá cuando se aniquile el modo capitalista de producción”.

La generalización del concepto de fetichismo de la mercancía en tanto deformación de la realidad fue encarado por varios manuales soviéticos, dejando de lado las estructuras de pensamiento y sentimiento que también se ponen en juego en el modo de producción capitalista.

Uno de los contrastes más notorios con esta conceptualización surge del proyecto filosófico de la liberación. En su trilogía sobre la obra de Marx, compuesta por La producción teórica de Marx. Un Comentario a los Grundrisse (1985), Hacia un Marx Desconocido. Un Comentario de los Manuscritos del 61-63(1988) y El último Marx (1863-1882) y la Liberación Latinoamericana (1990), Enrique Dussel encuentra en El Capital una ética porque, como sostiene Juan José Bautista, “es una crítica radical del mercado moderno y del proceso de ontologización del capital” que solamente trae acumulación de capital, miseria en todo el mundo y destrucción de la naturaleza (35). Para ciertas corrientes del marxismo es un sacrilegio plantear una lectura de El Capital como crítica moral del capitalismo. Lo que para Dussel es una forma de recuperar a Marx en el momento justo en el que cae el bloque soviético y la izquierda latinoamericana entra en una crisis frente al empuje neoliberal.

Otro tanto ocurre con la inesperada analogía que Franz Hinkelammert plantea entre cristianismo y marxismo. Para el autor el reduccionismo o economicismo que se le endilga al marxismo por su afirmación de que la vida material es la vida real, no tiene fundamento. Luego argumenta que: “Cualquier imagen de Dios incompatible con la vida real, será un fetiche, y el Dios verdadero no puede ser sino aquel que es compatible con la vida humana real. Y aunque Marx no llegue a este resultado, en la línea de su método se llega a él”. Más adelante afirma que valorizar la vida real es el punto de partida “de las ideologías de los oprimidos, en oposición a la absolutización de los valores por parte de la dominación”. De esta forma el fetichismo de la mercancía cobra un valor distinto, en tanto crítica a la cosificación de la vida humana.

Con estos dos ejemplos quiero dejar planteado que leer El Capital desde acá implica situarse en una política de la traducción que se decide, la mayoría de las veces, fuera de América Latina, en España o en Moscú (en otros tiempos), con la excepción de algunas editoriales como Siglo XXI o Fondo de Cultura Económica. Muchos de los textos fundamentales para comprender la obra de Marx fueron traducidos por editoriales españolas en los años ochenta, por lo que muchas lecturas marxistas contaban con los materiales soviéticos y algunas ediciones locales. Otra veces, y conectado con lo último, supone también estar sujeto a una geopolítica del conocimiento que impide, muchas veces, acceder a las discusiones que el problema del fetichismo de la mercancía ha generado y genera en el marxismo metropolitano y de otras partes del “tercer mundo”, así como en la producción académica de distintas disciplinas de las humanidades y las ciencias sociales.

Estos dos problemas pueden encontrar soluciones parciales en algunos mecanismos legales e ilegales: el portal Timbó ofrece acceso gratuito y parcial a publicaciones académicas de todo el mundo, como parte de las políticas hacia la investigación en Uruguay, mecanismos de acceso abierto al conocimiento y la piratería de libros en Internet, que muchas veces soluciona el problema de la escasa oferta y circulación de libros académicos en el mercado o directamente la desaparición de algunos títulos que no son re-editados. A 150 años de la publicación de El Capital me pareció importante hacer mención a las condiciones materiales en las que leemos e interpretamos el fetichismo de la mercancía, la obra de Marx y la de muchos otros pensadores, así como advertir sobre la creciente privatización del conocimiento científico y la cultura que en apariencia promete más democracia y mejor acceso.

 Alejandro Gortázar

 Publicado originalmente en Hemisferio Izquierdo, el 3 de octubre de 2017.

Bibliografía

Anderson, Perry. Consideraciones sobre el marxismo occidental. México: Siglo XXI, 1991 (1976)

Balibar, Étienne. La filosofía de Marx. Buenos Aires: Nueva visión, 2000 (1993)

Bautista S., Juan José. ¿Qué significa pensar desde América Latina? Hacia una racionalidad transmoderna y postoccidental. Madrid: Akal, 2014.

Ellen, Roy. “Fetichism”. Man Vol. 23, N.º 2 (Jun. 1988), pp. 213-235.

Iacono, Alfonso. “Sul concetto di «feticismo» in Marx”. Studi Storici, Año 24, N.º 3-4, Karl Marx 1883-1983 (Julio-Diciembre, 1983). 429-436.

Marx, Karl. En defensa de la libertad. Los artículos de la Gaceta Renana 1842-1843. Valencia: Fernando Torres, 1983.

—. Manuscritos: economía y filosofía. Madrid: Alianza, 1968.

—. El Capital. Crítica de la economía política. Tomo I. México: FCE, 2014.

Valverde, José María. Vida y muerte de las ideas. Pequeña historia del pensamiento occidental. Barcelona: Ariel, 1999.

 

 

 

 

 

 

El realismo socialista en Uruguay

GravinaJiménez

En el realismo socialista ganan los buenos, la chica se va con el chico y todo termina bien. Pero nada es gratis en la vida. Para alcanzar la felicidad los personajes deberán asociarse, luchar, y armar el sindicato. A diferencia de las películas de happy end en Hollywood, la lucha es cuerpo a cuerpo si es necesario, y en el medio el héroe puede comer cárcel o perder un ojo.

Con este post sobre el realismo socialista cierro mi aporte al estudio del legado de la revolución rusa en la literatura. En los textos anteriores repasé algunas ideas de Lenin y Trotsky sobre la cultura artística de la revolución. Ahora le toca el turno al período estalinista, marcado por la definición y oficialización de una estética en los años treinta y las purgas internas de todo aquel arte que fuera definido como “burgués”.

Luego de la Segunda Guerra la política internacional soviética cambia de rumbo. Según Egbert, el discurso de Stalin del 9 de febrero de 1946 apunta a volver a confrontar con el capitalismo monopolista y sostener la superioridad indiscutible del socialismo ruso. En tal sentido se reforzó la idea de que todos los partidos comunistas extranjeros debían mantenerse fieles al bloque soviético. El realismo socialista se trasladó como estética oficial del comunismo fuera de la URSS y fue practicado en Uruguay por Asdrúbal Jiménez (1922-1958) y Alfredo Dante Gravina (1913-1995), escritores militantes del Partido Comunista Uruguayo (PCU).

I

El realismo socialista fue la estética oficial de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas después de la muerte de Lenin y una vez consolidada la hegemonía de Stalin en la dirección del Partido Comunista soviético. En literatura es formulada por Andrei Zhdanov y el escritor Máximo Gorki en el Congreso de la Unión de Escritores Soviéticos el 17 de agosto de 1934. Entre fines de los años treinta y hasta su muerte en 1948, Andrei Zhdanov impulsó esta política y fue uno de los responsables de las purgas realizadas en el campo cultural a partir de 1946.

En su discurso frente a los escritores Zhdanov definía así el realismo socialista:

El camarada Stalin ha llamado a nuestros escritores ingenieros del alma humana. ¿Qué significa esto? ¿Qué deberes os impone esta denominación? Esto significa, en primer lugar, conocer la vida, para saber representarla fielmente en las obras artísticas, y representarla no de modo escolástico, exánime, no simplemente como “realidad objetiva”, sino como realidad en su desarrollo revolucionario. Así, la veracidad y la concreción histórica de la representación artística deben combinarse con el deber ideológico de reformar y educar a los trabajadores en el espíritu del socialismo. Este método aplicado a la literatura y la crítica literaria es lo que nosotros llamamos método del realismo socialista.

El realismo socialista se define entonces como un método que consiste en postular al realismo como representación fiel de la realidad “en su desarrollo revolucionario”, cuya función ideológica es didáctica.

En el Diccionario filosófico abreviado (1959) de Rosental y Iudin, manual de materialismo histórico publicado por la editorial Pueblos Unidos en Montevideo, se plantea uno de los problemas centrales del realismo socialista “lo típico”:

No una descripción empírica de hechos y fenómenos de la vida, sino la selección de lo esencial, de cuanto expresa la tendencia del desarrollo con todas sus contradicciones: he ahí lo que permite al artista hacer resplandecer la realidad viva. Del grado de simbolización, de representación de lo típico, depende no solamente el valor cognoscitivo de la literatura y del arte, sino también su papel de actividad social. Reproducción de los aspectos esenciales de la vida, no por medio de esquemas, sino por medio de imágenes de evocación concreta y de estética capaz de viva impresión, tal es el sentido de la representación típica de los fenómenos de la vida en el dominio del arte.

El problema de lo típico es en verdad uno de los problemas más interesantes del realismo como estética desde su formulación paradigmática en en el siglo XIX, especialmente en Francia (Stendhal, Balzac y Flaubert, según Auerbach). Lo que la estética soviética hace es recoger este problema de la cultura burguesa y reformularla en términos de los intereses del proceso revolucionario. Aunque se postulara con mucho esfuerzo su separación radical de la cultura burguesa, en el marco de la guerra fría, el realismo socialista tiene innumerables puntos de contacto no solamente con la literatura burguesa del siglo XIX (personajes y paisajes típicos, visión de la totalidad social), sino también con las distintas formas de adoctrinamiento de las industrias culturales capitalistas (melodrama amoroso, didacticismo ideológico).

Luego de la muerte de Zhdanov y de Stalin (en 1953) el realismo socialista empieza a decaer como método artístico promovido por la URSS, en el marco del proceso de la “desestalinización” encabezado por Nikita Jrushchov a partir de 1956.

II

En Uruguay el método del realismo socialista fue puesto en práctica por dos escritores y militantes del PCU: Asdrúbal Jiménez y Dante Gravina. En 1951 Pueblos Unidos, la editorial que publicaba la literatura marxista soviética en Montevideo, saca Fronteras al viento de Alfredo Dante Gravina, y luego El único camino (1958) y Del miedo al orgullo (1959), las tres inscriptas en el realismo socialista. Otro tanto ocurre con las novelas de Asdrúbal Jiménez Bocas del quebracho (1951) y Los desposeídos (1959). En su mayoría estas obras se ubican en el ambiente rural y narran los esfuerzos por organizar a los “obreros del campo”.

La obra Obrero y campesina de una granja colectiva, una estatua de 24 metros hecha en acero inoxidable por la escultora Vera Mújina y presentada por primera vez en 1937 en la Feria Mundial de París expresaban “la convicción stalinista referente a que con la exitosa mecanización de la agricultura, los intereses del obrero industrial y del campesinado se estaban amalgamando mientras avanzaban juntos -aunque con el obrero como líder- hacia la sociedad sin clases verdaderamente comunista. Solo unos pocos meses antes, Stalin había declarado, al promulgar la nueva constitución soviética, que la primera fase del comunismo había sido superada, que la clase obrera ya no era un proletariado y que el campesinado había sido integrado a la economía socialista” (Egbert).

Si bien en las novelas del realismo socialista uruguayo están presentes la alianza obrero-campesino y la mecanización, entre otros ingredientes del método artístico soviético, también es cierto que la fórmula adopta una forma local concreta. La apropiación de la representación del espacio rural en un marco de interpretación marxista, implicaba alejarse de las estéticas dominantes que lo asociaban a proyectos nacionales conservadores o depositarios de un pasado idealizado.

La novela Bocas del Quebracho se ocupa de los trabajadores en los arrozales de Rocha, sus condiciones de vida, sus costumbres, y como en el realismo decimonónico, representa lo típico en el funcionamiento de las clases sociales a partir de los personajes que las representan: Farías representa a los capataces, Arcadio es el dueño del boliche, Fulbio Bermúdez es el comisario, Sánchez Laguna el administrador-patrón. En consonancia con el realismo decimonónico estos personajes permiten ver el mundo social como un sistema articulado.

La diferencia es que en la novela no hay un héroe, exaltación del individuo que lucha contra la naturaleza o contra la sociedad, sino un colectivo de héroes: Julian, Rosendo, Hortensio, Melgarejo, son los héroes que deciden crear el sindicato de los “obreros del arroz”. La experiencia militante la aporta Rosendo, un afrodescendiente que ayuda a conducir la huelga, y que fue él mismo tomado como un héroe obrero por el partido. Su historia representa prácticas políticas que todavía hoy se ponen en juego en la izquierda partidaria (Capítulo V). Es Rosendo quien defiende la idea de un partido de obreros (“Eso de que los obreros no deben meterse en política lo inventaron los mismos patrones”, le dice a sus compañeros). En dos oportunidades se hace referencia al Partido Comunista sin nombrarlo explícitamente, porque el centro de la cuestión es la organización del sindicato en el medio rural y no su articulación con la política.

En una conversación con su enamorada, Julián habla del valor de la huelga en los trabajadores del arrozal: “Una huelga es como haber nacido de nuevo, para los hombres de este lugar. Antes eran ratones asustados y hambrientos”. Pero también los más viejos, como el maquinista Celestino Melgarejo: “Llegará el día en que en los arrozales se trate como gente a los pobres tipos que trabajan; el sindicato que ellos quieren ahora, un buen día será fuerte, tan fuerte como para conseguir que el gobierno los oiga. Entonces se mandarán inspectores de verdad, a comprobar que las buenas leyes de nuestro país, no se cumplen; se obligará a los arrozales a pagar mejor a los que trabajan, para que estos puedan al menos comer, lavarse y vestirse como personas”. Melgarejo es el que tiene más experiencia y más años en el arrozal. Con este discurso le da su apoyo al naciente sindicato.

El asunto de las leyes obreras que no se cumplen, los inspectores de trabajo corruptos, están presente siempre en el discurso de los trabajadores. En la capital se diseñan leyes, hay ministerios, asociaciones de sindicatos, periodistas, políticos que no saben nada de lo que ocurre en el arrozal. La ciudad es el lugar desde dónde operan los dueños de la sociedad anónima y también aparece como espacio utópico en el que está la asociación de sindicatos que los ayudará en la huelga.

Otro elemento que aparece, como parte de la didáctica que ofrece la novela, es la solidaridad y el internacionalismo. Cuando el patrón recurre a trabajadores brasileños para romper la huelga, Rosendo exaltado frena cualquier intento de violencia contra ellos:

Los brasileros no son rompehuelgas ni cosa que se le parezca; son trabajadores que tienen hambre igual que nosotros (…) son piojosos igual que nosotros, que buscan donde ganarse un peso, para llenarse las tripas. Somos todos lo mismo: ¡trabajador sucio y pisoteado como una bosta! ¡Somos todos lo mismo! (…) Nada de bronca con los brasileros… Nada de bronca con el trabajador amigo… eso es lo que tenemos que aprender.

De este modo, alrededor de la olla que los trabajadores comparten en la huelga, Rosendo instruye política e ideológicamente a los trabajadores del arrozal.

La dimensión utópica también aparece en los discursos de los personajes-héroes del sindicato. Al final de la novela no se alcanza el socialismo en los arrozales uruguayos, sigue siendo realismo desde el punto de vista estético y político, pero si “despertar” la conciencia de los trabajadores. En ese sentido la novela de Jiménez, y habrá que ver qué tanto el resto de las obras del realismo socialista en Uruguay, interpretan una realidad que se estaba creando en los años cincuenta: la organización de los trabajadores rurales. En los años en que se escriben estas novelas comienzan a organizarse sindicatos en el campo, en los años sesenta los cañeros de Artigas asumirán el lugar del símbolo de los trabajadores de la tierra. Las novelas del realismo socialista aportaron un marco interpretativo para comprender la realidad del trabajo y los hombres en el campo uruguayo, para lectores que la desconocían y en oposición a una literatura que no daba cuenta de ella.

La autobiografía de Olaudah Equiano

Equiano

Hoy 16 de octubre la empresa Google celebra, en su página de inicio, el 272 cumpleaños de Oludah Equiano, un africano esclavizado que luego de un periplo norteamericano y caribeño se instala en Londres, donde publica, en 1789, la autobiografía The interesting narrative of the life of Oludah Equiano or Gustavus Vassa, the african. La escritura de autobiografías de esclavizados o ex esclavizados fue bastante común durante el siglo XVIII y XIX en el ámbito anglosajón, formando parte de las distintas herramientas utilizadas por quienes luchaban por la abolición de la esclavitud.

El comienzo de una “literatura afroamericana”, según Mary Louise Pratt (1997), puede ubicarse a fines del siglo XVIII, cuando un conjunto de ex esclavos entraron “en los circuitos de la cultura europea impresa”. La autobiografía de ex esclavos fue el género más utilizado por el movimiento abolicionista y su publicación fue alentada por “intelectuales occidentales disidentes”. Estos textos eran, según Pratt, “autodescripciones estructuradas en cierto modo según las instituciones literarias occidentales y las concepciones occidentales de la cultura y el yo, aunque en directa oposición a las ideologías oficiales del colonialismo y la esclavitud” (1997: 184).

En su artículo Susan M. Marren (1993) menciona a Olaudah Equiano como el más destacado de los escritores africanos de Inglaterra en el siglo XVIII. Los otros dos son: Ignatius Sancho (1729-1780), a quien le publicaron una colección de cartas con cinco ediciones entre 1782 y 1803; y Ottabah Cugoano (1757-?) y su Thoughts and sentiments on the evil of slavery en 1787 (95 y 104 -nota a pie 3-).

Autobiografía y abolicionismo

A partir de 1807 Inglaterra prohíbe la trata de esclavos, luego de haberse enriquecido como única proveedora de esclavos para América con el tratado de Utrecht en 1713, y se convierte en una de las usinas del abolicionismo y de su literatura, aunque el fenómeno se extiende a Europa en general y los Estados Unidos. Según Costanzo el período de mayor actividad para la publicación de autobiografías fue entre 1830 y 1850 (116).

El contraste del espacio anglosajón con el hispanoamericano en la producción de autobiografías de esclavos o ex-esclavos es muy grande y se explica en parte por esta lucha global contra el comercio de esclavos en la que España, Portugal y luego las naciones independientes están directamente involucrados. La prohibición de escribir y las limitaciones para publicar, como indican los dos casos hispanoamericanos de Francisco Manzano en Cuba y Jacinto Ventura de Molina en Uruguay, fue otro factor determinante.

Posiblemente el género autobiográfico fuera más eficaz para los lectores metropolitanos que la literatura de viajes, ya que los vejámenes de la trata que allí se relataban eran descritos en primera persona. Sin embargo, ambos géneros contribuyeron a la empresa de la “vanguardia capitalista”, fundamentalmente británica, que viajó a los países hispanoamericanos en busca de recursos naturales para su explotación (Pratt, 2007: 257).

El artículo de Marren (1993) aporta otro elemento sobre el público inglés del siglo XVIII y la tendencia filosófica del “benevolismo” que estaba contra la esclavitud basados en la lástima y la compasión “más que en las clásicas nociones de razón y derecho” (97). Las revistas y este tipo de textos prepararon al público de clase media inglés del siglo XVIII para la “humanización de los negros” que, a lo largo del siglo, irá aceptando el discurso de “los derechos naturales de todo ser humano” (97).

Estos viajeros tuvieron el interés de acusar a la sociedad hispanoamericana “de atraso, indolencia y, sobre todo, de «incapacidad» para explotar los recursos naturales” (265). El trato brutal hacia los esclavos, la esclavitud misma, chocaban ahora con el “escenario de trabajo y eficiencia” propuesto por la vanguardia capitalista, que implicaba además el trabajo libre y asalariado (270). La lectura de las autobiografías no solamente alentaba la identificación con la causa abolicionista, también promovía las virtudes de la libertad individual tan cara a la ideología liberal.

Modos de producción del yo

El primer contraste que surge con los relatos autobiográficos hispanoamericanos es el silencio de estos últimos respecto al pasado africano y a cualquier recuerdo de la trata. En el caso de Molina apenas una mención respecto al origen de su padre, nacido en un barco negrero que venía de Bahía y en el caso de Manzano el silencio absoluto. En las dos autobiografías publicadas en el espacio anglosajón, al tratarse de relatos de ex esclavos de origen africano, la existencia de capítulos introductorios relatando “los usos y costumbres” de las zonas de donde provenían, así como la captura y el viaje hacia América aparecen como momentos fundamentales del discurso.

Un aspecto central y común a los relatos autobiográficos es el proceso de aculturación y la mimesis con el mundo blanco a la que son sometidos los ex esclavos y los negros libres (como Molina). Mientras Molina y Manzano son obligados a convertirse al catolicismo, incluso por ley son los amos quienes están obligados, los casos de Equiano y Baquaqua son distintos. En el caso de Baquaqua hay dos situaciones relatadas: la primera tiene que ver con su contacto con el catolicismo, cuando él y otros esclavos son obligados por su amo portugués a hacer la señal de la cruz y decir unas palabras “cuyo significado no sabíamos” (1988: 274 y 2001: 45); la segunda es su contacto con el cristianismo, específicamente con el misionero de la Iglesia Bautista, Reverendo Judd en Haití, que lo sacó de la bebida y “de todo otro vicio” (2001: 58).

En contraste con la imposición de su amo portugués de orar y hacer la señal de la cruz, su “conversión” a la Iglesia Bautista parece una elección tomada libremente. La conversión de Equiano al cristianismo se produce en Londres, cuando otros sirvientes le hacen notar que si no es bautizado no podrí ir al cielo. Por tal motivo pide para ser bautizado (Equiano, 2004: 62) y su amo se lo niega hasta que accede en febrero de 1759 (63). Equiano es formado en la iglesia protestante y cuando en 1775 pasa por Cadiz conoce un cura católico con quien discute sobre religión. Como en el texto de Baquaqua, Equiano contrasta el catolicismo con su opción religiosa: “él decía que había estado en Inglaterra, y que toda persona allí leía la Biblia, lo cual estaba muy mal” (2004: 210). Otra vez su “conversión” a la religión está relacionada con intereses individuales y es contrastada en el relato, con la verticalidad del catolicismo español o portugués.

También la educación es una decisión personal de Equiano, quien decide, luego de convertirse al cristianismo, “trabajar para sí mismo” y conseguir dinero para “obtener una buena educación” (78). Sus primeras lecciones las tiene a bordo del barco Atna con el cura del capitán quien “me enseñó a escribir, y me dio nociones de aritmética hasta la regla de tres”. Allí también conoció a Daniel Queen, un hombre de unos cuarenta años “con quien comía a bordo del barco, y que le gustaba vestir y atender al capitán”. Con este hombre tuvo una relación muy cercana y le eneseñó “a afeitar y arreglar el pelo un poco, también a leer en la Biblia, explicándome varios pasajes, que yo no comprendía”. Tuvo con él una relación en la que lo amó casi “con el afecto de un hijo” (79).

A diferencia de Manzano que tuvo que robar la letra, de Molina que no tuvo otra opción que aprender o de Baquaqua que no escribe ni aprende a escribir aunque se adaptó rudimentariamente a las lenguas con las que tuvo contacto (portugués e inglés, al menos), Equiano aprende por una decisión personal y un cálculo de interés: lo ve como parte de su esfuerzo individual por ascender socialmente.

Costanzo (1990) relata el caso del esclavo jamaiquino, Archibald Monteith, cuya autobiografía fue publicada en 1864 en Alemania y 1865 en Gran Bretaña, que estuvo como sirviente de la casa durante ocho años hasta que su amo lo envió a la escuela. Según Costanzo fracasó porque “los blancos no infundían en los esclavos el valor de una educación cristiana”. Por suerte, afirma Costanzo, Monteith aprendió a leer gracias a una mujer blanca y recibió por ello las burlas de otros esclavos por querer leer (125). Como en el caso de Molina, la intermediación blanca, movida por la piedad cristiana, es fundamental para la educación. Sin embargo, no parece haber testimonios de otros negros (esclavos o libres) que se hayan burlado de las capacidades de Molina. No ocurre lo mismo con el mundo letrado al que quiso pertenecer.

Antes de relatar su bautismo en Londres, Equiano coloca una escena de mimetismo en su autobiografía. En el capítulo dos comienza haciendo referencia al miedo que tenía a los europeos: “ya no los veía como espíritus, sino como hombres superiores a nosotros; y luego tuve el más fuerte deseo de parecerme a ellos: asimilar su espíritu e imitar sus modales”, a tal punto que “desee largamente ser capaz de leer y escribir; y para ese propósito tomé cada oportunidad de ganar instrucción” (62. Énfasis mío). Otra vez el relato de Equiano parte de sus intereses y no de una imposición. No es obligado a imitar a los ingleses, él decide imitarlos porque los cree hombres superiores. En el caso de Baquaqua la imitación es también una imposición como en Manzano, aunque la referencia a la señal de la cruz y las palabras que no entiende, es la única que evidencia una escena de imitación colonial.

Mimesis colonial

El caso de Oludah Equiano está relacionado con Manzano y Molina en un aspecto central vinculado con la mimesis colonial. Como dobles disciplinarios son a la vez copia y amenaza (Bhabha) y por lo tanto generan desconfianza del mundo letrado blanco. Equiano ha tomado la palabra y ha escrito la narración de su propia vida. Aún así se cuestiona su autoría e incluso algún contemporáneo sugirió que había sido ayudado por “algún escritor inglés” en la compilación del material o en la corrección del texto, ya que “estaba suficientemente bien escrito” (xxxvi).

Según Shelly Eversley el texto de Equiano tuvo nueve publicaciones entre 1789 y 1794, en las que el autor fue agregando noticias, cartas y reseñas de su libro. En estos anexos es que se publica una nota del Monthly Review de junio de 1789 (página 551) en el que un crítico anónimo inicia la reseña afirmando: “We entertain no doubt of the general authenticity of this very intelligent African´s story; though it is not improbable that some English writer has assisted him in the compilement, or, at least, the correction of his book; for it is sufficiently well-written.” (xxxvi)

Cuál sería la reacción del lector-letrado de fines del siglo XVIII al encontrar en el interior del libro la ilustración de un hombre negro, vestido como ellos, con un manuscrito en la mano. La reacción de desconfianza que tiene su contemporáneo se parece a la que décadas después muchos letrados montevideanos tuvieron con Jacinto Ventura de Molina.

La diferencia radica en la burla sistemática de la que fue objeto el montevideano, frente a la desautorización y el trato condescendiente de un crítico. Al parecer las burlas fueron frencuentes en la vida de los africanos sometidos a la esclavitud. Según Costanzo en su autobiografía Archibald Monteith relata cómo su casamiento autorizado legalmente y llevado a cabo en una iglesia, siguiendo el ritual cristiano, fue “estropeada por una multitud” que se reía y se burlaba de ellos por casarse de esa forma (126).

Frente a la megalomanía del montevideano, Equiano no quiere demostrar heroísmo o coraje, aún cuando se presenta como único y original, utiliza su propia historia como “emblema para el desarrollo de todos los sujetos modernos” ¿o de todo sujeto moderno? (VII). Por tal motivo, dice su prologuista Reid-Pharr, desprecia la esclavitud pero está más interesado en mostrar la transición que experimentó del mundo antiguo -apegado a la tradición y estático- a “los modos de vivir dinámicos y motivados por el progreso que él creyó eran típicos de las sociedades modernas” (VIII).

No se trata, como en Molina, de un hombre que reclama un trato especial por los méritos alcanzados junto a un tutor que lo cobijó y lo hizo quien es. La historia de Equiano, sugiere Reid-Pharr, “detalla los esfuerzos, las frustraciones, y las concesiones no de un simple esclavo, un marinero, o incluso de un hombre liberado, sino, y fundamentalmente, de un moderno intelectual (negro)” que, a diferencia de Molina, se encuentra en la “más paradójica realidad de que la misma sociedad que lo reprime también lo provee con las herramientas con las que resistir la opresión, las herramientas con las que deberá rehacerse y rehacer la sociedad misma” (XX). El individuo emprendedor del capitalismo que Equiano encarna, no se queja de lo que ha perdido y prueba que el más reprimido de los sujetos -un esclavo- puede verse obligado a cambiar permanentemente, cambiar de ambiente, viajar y adaptarse a las nuevas condiciones rápidamente (XI). En este aspecto reside tal vez una diferencia sustancial con Manzano y Molina, quienes en algunos momentos aprovechan su lugar de víctimas indefensas, de indigentes o de personas sin ninguna ambición.

Tanto Molina como Equiano son autores especialmente ambiguos, sus textos están llenos de tensiones o contradicciones. En Molina al lado de las fórmulas de captatio benevolentiae encontramos sus gestos de grandeza, su insistencia en su excepcionalidad como “letrado negro” y su pertenencia a la cultura española. Algo similar ocurre con Equiano. Según Marren (1993) su texto “es un registro de su intento por crear (…) un lenguaje en el que él pudiera hablar con autoridad dentro de la cultura inglesa [pero] como un miembro típico del grupo esclavizado” (96).

La autobiografía de Equiano vive, según Marren, en esta tensión o contradicción. Siguiendo a Orlando Patterson en su idea de que “desde el punto de vista de un orden social dado” un hombre liberado y un esclavo ocupan un mismo entre-lugar “marcado por la ambigüedad, la ambivalencia y la contradicción” (96). Algo similar ocurre con Molina, aunque no sea un hombre liberado sino un hombre libre. Su actuación como abogado del grupo Congos de Gunga hacia 1830 lo muestra en esa frontera entre los blancos y los negros, entre la ciudad letrada y la cultura de los iletrados, porque es quien puede articular la demanda del grupo en el lenguaje jurídico de los blancos.

Por último, quiero destacar un elemento que la editora del texto de Equiano, Shelly Eversley, menciona fugazmente: los abolicionistas norteamericanos utilizaron el texto de Equiano como “la primera justificación para el fin de la esclavitud” (xxiv). Lo cual ayuda a pensar por qué razón el texto de Manzano tuvo la misma suerte y fue sucesivamente recuperado por los cubanos y los latinoamericanistas mientras los textos de Molina permanecieron inéditos y casi completamente desconocidos en Uruguay.

Mientras las historias de Equiano y Manzano mostraban el relato de esclavos que alcanzaban su libertad y se convertían en ciudadanos modelo para el pensamiento liberal, Molina ataca la esclavitud desde el punto de vista del catolicismo. Su justificación de la igualdad se basaba en el Nuevo Testamento, como afirmaba en sus Glorias de la Santa Caridad: “(…) aunque gracias a Dios [los negros] somos hombres como ellos redimidos con la Preciosísima sangre de mi Señor Jesucristo” (M, I, f 19v). Con una argumentación así, no se podía esperar que los liberales tibiamente abolicionistas de las primeras décadas del siglo XIX uruguayo recuperaran sus textos o apenas los mencionaran en sus argumentaciones. La historia de Equiano sin embargo muestra un sujeto que necesita el capitalismo central, un individuo emprendedor, que logra su objetivo en base al mérito y al esfuerzo. Así sus negocios aparecen ligados indisolublemente a la obtención de su libertad y ser un ciudadano libre.

Bibliografía consultada

Costanzo, Angelo. “The narrative of Archibald Monteith, a Jamaican Slave”. Callaloo 13-1 (Winter, 1990. 115-130.

Equiano, Oludah. The interesting narrative of the life of Oludah Equiano or Gustavus Vassa, the african. New York: The Modern Library, 2004 [1789].

Eversley, Shelly. “A note on the text.” The interesting narrative of the life of Oludah Equiano or Gustavus Vassa, the african. New York: The Modern Library, 2004 [1789]. Oludah Equiano. Xxiii-xxiv.

Marren, Susan M. “Between Slavery and Freedom: The Transgressive Self in Olaudah Equiano’s Autobiography”. PMLA Vol. 108, No. 1 (Jan., 1993). pp. 94-105.

Reid-Pharr, Robert. “Introduction.” The interesting narrative of the life of Oludah Equiano or Gustavus Vassa, the african. Oludah Equiano. New York: The Modern Library, 2004 [1789]. VII-LX.

 

 

 

 

África entre dos orillas

 

Nació en una familia tradicional. Carmen Platero y sus hermanas se encargaban de las tareas del hogar, como tender y levantar la mesa. Un día de 1959 encontró debajo de su plato la convocatoria a inscripciones de la Escuela de Teatro de la Provincia de Buenos Aires publicada en un diario de La Plata. Su madre la había puesto ahí porque intuía que no culminaría sus estudios de derecho. Y así fue que comenzó un largo periplo. El mes pasado habló sobre discriminación y arte en el Centro Cultural de España, en el marco de las II Jornadas Internacionales de Literatura y Arte Afro 2017, organizadas por Graciela Leguizamón. Allí anunció la publicación de su libro Tango con acento en la ó, en el que sugiere que Carlos Gardel tenía un pasado familiar afro.

“Mi trayectoria empezó de un modo muy especial para lo que era mi entorno familiar –recuerda–. La idea era que yo fuera una profesional como mis abuelos, aquello de ‘m’hijo el dotor’ [el abuelo de Carmen, Tomás Braulio Platero (1857-1925), primer escribano afrodescendiente en Argentina, tuvo una destacada trayectoria gremial y política, y fue uno de los fundadores de la Unión Cívica Radical]. A pesar de que éramos muchos, mi padre nos quería a todos profesionales, nos quería a todos con una carrera. Estábamos predestinados para el derecho, otro hermano y yo. Cuando éramos niños, yo mimaba el teclado del piano y mi hermano, con una aguja de tejer de mi madre, dirigía la orquesta que yo protagonizaba con el piano. Llegué a la Facultad de Derecho en La Plata, empecé a rendir materias, y cuando llegué a Procedimientos Penales dije: ‘Esto no va para mí’. Yo en principio quería estudiar psicología, porque era la materia que más me había quitado el sueño en secundaria, o si no, filosofía. En mi casa me decían que no, porque me iba a morir de hambre, que no era posible. Entonces mi madre se desesperó porque vio que yo daba vueltas y empezaba a andar en mucho baile, mucha fiesta, mucha joda, pero nada de estudio, no daba señales de volver a terminar la universidad. Nosotras, por ser cinco mujeres, siempre teníamos la obligación de tender la mesa, levantar los platos después de comer, toda esa historia, y un día, cuando levanto mi plato me encuentro con un aviso del periódico, que decía: ‘Se abre inscripción para la Escuela de Teatro’. Era una cosa rarísima, porque en esa época que una madre tradicionalista como era la mía, y con una formación muy especial, me dijera ‘andá a estudiar teatro’…

–¿Pero te veía alguna inclinación hacia la actuación?

–Sí, ella ya sabía. Mi madre tuvo una visión muy especial para darse cuenta de por dónde iba la cosa con nosotros. A una hermana le eligió la carrera de letras. Bueno, no le eligió, le sugirió. Le dijo: “Por favor, letras”. A mí, actuación. A Susana, que ya no está en este mundo, canto. A otra hermana, profesorado de francés; al otro, arquitectura; al otro, derecho… Pero los dos varones y yo abandonamos a mitad de camino. Uno de mis hermanos se convirtió en un excelente investigador y ahora está escribiendo la historia de nuestra cuarta abuela, María Clara de la Rosa, que fue rematada como esclava en Montevideo en 1771. Por eso yo no sé qué tengo con Uruguay, un vínculo visceral: adoro este país y adoro a los negros de este país. No sé cómo son los demás, pero tengo con los negros una relación muy especial.

–Entonces empezaste a estudiar teatro…

–Sí, estudié cuatro años la carrera de actuación en la Escuela de Teatro de La Plata, dependiente del gobierno de la provincia de Buenos Aires. Tuve una gran suerte, porque en aquel momento todas las grandes obras se hacían en el Teatro Argentino de La Plata, por ejemplo Orfeo y Eurídice, de [Christoph Willibald] Gluck, y nosotros tomábamos clases ahí, porque no teníamos un espacio específico para las clases, y entonces nos usaban de muchedumbre, pero era un aprendizaje maravilloso, porque nos daban indicaciones grandes maestros del canto, directores de ópera… Fue una formación exquisita, muy intensa. Me pareció que cuatro años era muy poco, así que me vinculé con otros buenos maestros, con Augusto Fernández, Carlos Gandolfo, Darío Fo –que pasó por Buenos Aires–, Renzo Casali, un ítalo-argentino, gran maestro de teatro, con el que estudié dirección, puesta en escena y dirección de actores… También me formé con [Carlos] Bresler, que era un gran director de teatro; con él trabajé perfeccionamiento actoral y análisis de texto teatral. Hice también un año de perfeccionamiento de la voz: me puse en las manos de la doctora [Ethel Wells Achard de] Píccoli, del hospital Rawson de Buenos Aires, como conejillo de Indias, para que me estudiaran la garganta, y aproveché para que me enseñaran a manejarme con la voz. Gracias a eso y a un curso para terminar de preparar mi voz para actuar, auspiciado por el Fondo Nacional de las Artes, después de seis años de estudio me sentí preparada para enfrentarme al público.

–¿Cómo fueron tus primeros trabajos?

–Era “Muchedumbre cuarta”, como decía mi marido. “Caramelos, frutillas, bombones” fueron mis primeras palabras en el teatro. Me fui a un teatro muy especial, teatro de investigación, que hacía un grupo muy importante de Buenos Aires, Fray Mocho. Fui a pedir trabajo, eran comunistas y me dijeron: “Acá hay que empezar de abajo”. Me dieron una cajita con dulces y me hicieron vender entre función y función. Yo pensé: “Seis años me preparé, no voy a vender caramelos”. Con el tiempo me casé y me dije: “Yo no quiero abandonar la casa, a mis chicos, ni a mi marido. ¿Qué hago?: unipersonales”. No tenía que comprometerme con nadie para ensayos, ni hacer un gran despliegue, ni salir, porque ensayaba cuando quería; era una trabajadora independiente. Todo lo que busqué me funcionó, empezaron a dejarme usar las salas por chauchas y palitos. Sin embargo, aunque me recibían bien en las salas, no tenía éxito porque nadie me conocía. Yo era la que se arriesgaba y decía “puedo”, “yo sé que voy a funcionar bien”, pero tenía poco público, convocaba a críticos para que dijeran algo de mí, pero no arrancaba. En todas mis obras cantaba tangos, milongas y candombes, y decía poemas. No era un espectáculo al estilo tradicional; cantaba lo que contaba, había una especie de fusión entre el canto y la poesía.

De La gran histeria argentina a Calunga Andumba

–Estaba haciendo mi espectáculo Tango con voz de mujer, y en ese momento se estaba estudiando la posibilidad de estrenar una gran obra, que se llamó La gran histeria nacional [1972], de Patricio Esteve. Entonces me dijo el que sería director de esa obra: “Mirá, mucho no me gustó [Tango con voz de mujer], pero me gustó tu trabajo. ¿Vos no querés protagonizar una obra que vamos a montar acá?”. Como yo tenía hijos muy chiquitos, no me animé a decir que sí, le dije que algún día lo conversaríamos. Habían pasado meses de aquella conversación, y un día vino mi hermana y me dijo: “Carmen ¿cómo no nos dijiste que vos ibas a protagonizar La gran histeria nacional?”, y me mostró que estaba ya el anuncio… Así empecé mi carrera.

–Entonces medio que te empujaron.

–La obra fue un éxito. Era una sala chica, sólo para 120 espectadores, pero estaba constantemente llena. Sé que el mío fue un muy buen trabajo, un trabajo muy digno, con mucha responsabilidad y hecho con mucho amor. Tenía que hablar y cantar, que eran mis dos pasiones. No estuve mucho tiempo allí porque tuve algunos problemas que no vienen al caso, no quiero hablar de ese tema. Me bajé, di los diez días reglamentarios y me retiré. Después pasé al teatro San Martín, con El círculo de tiza caucasiano [de Bertolt Brecht], pasé de ser cabeza de ratón a ser cola de león. Y después ya todo lo que hice me costó un huevo, pero nunca sentí dolor por todo eso; no sé si será que soy muy africana o que soy naturalmente esotérica, pero pienso que todo lo que sucede es porque tiene que suceder y que estamos para lo que la naturaleza dispone para cada uno. No me arrepiento de lo que hice, no lamento haber perdido esa oportunidad, porque al mismo tiempo brotó en mí y en mi hermana Susana la idea de meternos a trabajar directamente sobre la cultura afroargentina, el teatro afroargentino. Entre 1970 y 1972 empezamos a cantar, a hacer recitales. Susana [que era contralto y se había formado en canto lírico] cantaba negro spirituals como los dioses, era una cantante brillante. Se había formado en Chicago para aprender a cantar los negro spirituals y vivió en una casa donde la dueña cantaba mientras barría. A ella le tocó estar allá cuando murió Martin Luther King [en 1968] y estuvo todo el día prendida al televisor viendo cómo la mujer dueña de casa lloraba y cantaba, en ese espectáculo que fue para ella ver el entierro de King. Todo eso que ella me relataba y que vivíamos las dos, de lo que no se había hablado nunca en casa. No sé si fue el dolor que traían mis mayores, que tienen que haber sabido: mi padre era un hombre culto, mi abuelo era un hombre culto, pero no se hablaba de la esclavitud en mi casa, nunca se habló.

–¿Cómo fue que decidieron hacer el espectáculo Calunga Andumba [sobre la esclavitud y la afrodescendencia en Argentina, estrenada en 1976]?

–Estábamos sentadas alrededor de una mesa y, de pronto –yo no sé si fue algo que nos fue dictado en forma simultánea–, las dos pensamos: “¿Qué estamos haciendo que no nos dedicamos de lleno a esto?”. Porque ya hacíamos cosas, y yo ya estaba convencida de que el tango era un brazo de la música negra. Mi hermana Sara traducía artistas negros del francés al español, estábamos muy metidas. Entonces empezamos a preparar el espectáculo [que se iba a llamar Afroamérica 70], lo armamos y fuimos a la Dirección de Cultura de la Nación, pedimos fecha y espacio. Volando nos dijeron que sí, e incluso nos hicieron cambiar la fecha, porque nosotras queríamos estrenar en diciembre y el hombre nos dijo: “No, chicas, diciembre no, porque la gente está en otra cosa, así que vamos a estrenar antes o después”. Pero cuando leímos el libreto ya terminado estaban [el cubano Nicolás] Guillén, [el peruano] Nicomedes Santa Cruz, [los uruguayos Carlos] Páez Villaró y [Rubén] Carámbula, y nos preguntamos: “¿Y los autores argentinos? ¿Dónde están? ¿No tenemos un autor argentino?”. No había ni uno. Suspendimos. Fuimos a la Dirección de Cultura y dijimos: “Disculpen, señores, hemos tenido un grave problema técnico”, un verso total.

–¿Y qué hicieron?

–Empezamos a trabajar en serio durante dos años, a encontrar mucho material. Encontramos a los que eran objetivos, a los tibios y a los que odiaban a los negros. Y material del Archivo de la Nación. Tuvimos que ir a buscar material de archivo porque queríamos denunciar lo que pasaba en Argentina.

–En un país que se imaginaba “sin negros”.

–Exactamente. Queríamos denunciar la negritud y la esclavitud argentina, entonces nos fuimos a buscar actas de venta, actas de liberación, episodios históricos de Córdoba, de Buenos Aires, cómo era la esclavitud, cómo marcaban a los esclavos, dónde los remataban. Hicimos un espectáculo con diferentes situaciones, como cuadros pero con voz y canto. Era una historia contada y cantada de la negritud argentina, desde la colonia hasta ese momento actual. El historiador Reid Andrews, que escribió Los afroargentinos en Buenos Aires [1980], había estado en mi primer espectáculo, y en su libro me enteré, muchos años después, de lo que habían dicho los dueños de la sala de nosotras, que nos habían criticado porque “estas negras… ¿qué se creen estas negras de mierda?”, y qué sé yo.

–¿Cuál fue la reacción de la crítica en aquel momento?

–La crítica habló maravillas; la poca crítica que fue, porque nadie nos daba bolilla. Pero La Nación dijo que, si bien los negros habían dejado una impronta en la historia social y política de Argentina, nuestro país no era el lugar más apropiado para hacer algo así, debido a que había muy poca presencia negra; el verso de siempre. Fue a ver el espectáculo una periodista de Clarín, con quien todavía estoy en contacto porque es una mujer maravillosa, e hizo una crítica excelente. Pero en general los críticos no iban. Muy poco. Al punto tal que [Emilio] Stevanovich, que era el crítico más temido por todos los actores argentinos, nos pidió perdón después de ver el espectáculo nuestro; escribió: “Perdón, Susana y Carmen Platero, por las omisiones y los egoísmos de esta pluma”, o una cosa así. A pesar de ser un tipo que tenía audiciones de jazz y adoraba a los negros, a nosotras no nos fue a ver. Mis colegas no me fueron a ver, los dramaturgos no me fueron a ver. Fue un vacío.

–¿Y con el público tuvieron un buen vínculo?

–Era relativo el vínculo con el público. El público iba y se subyugaba al ver algo que no esperaba. No tenían la menor idea, entonces se asombraban y preguntaban. También pasó que nuestros primeros espectadores, que no fueron muchos, eran en la mayor parte antropólogos e historiadores.

Cómicos de la legua

En 1976, año del último golpe de Estado en Argentina, después de aquella primera puesta de Calunga Andumba Carmen Platero se fue del país junto a su marido y sus cuatro hijos. La primera etapa de su exilio fue en Madrid, hasta 1979, y luego estuvo hasta 1984 en Costa Rica: “En los dos lugares difundí la música, el arte y la cultura afro en cuanto lugar me permitían trabajar”, cuenta. En el ambiente teatral de Costa Rica dejó una huella, formando a artistas como Claudio Taylor McKenzie, también destacado bailarín, coreógrafo e investigador en el terreno de la danza afrocaribeña y contemporánea.

–¿Cómo fue la experiencia del exilio?

–El exilio no se lo deseo a nadie, es horrible, pero en aquel período me acerqué a una organización no gubernamental para pedirles un subsidio, porque quería levantar una pequeña salita de teatro, y siempre digo que mi corazón está acá pero también en Costa Rica, que es como mi segunda patria porque me abrió las puertas y el alma. Me dieron mucho espacio para trabajar, me permitieron poner una sala de teatro, me preguntaban qué quería hacer. Me tomaron mucho cariño. Me ayudaron el Teatro Nacional, la Comedia Nacional, esa organización no gubernamental que estaba con asiento allí, y el Banco Popular y de Desarrollo Comunal, que por primera vez le dio un préstamo a una actividad teatral, para abrir la sala Platero.

–¿Qué obras hiciste en Costa Rica?

–El primer espectáculo para niños, hecho con gran dedicación y gran respeto por los chicos, fue el nuestro, el Teatro Platerito, en el que trabajábamos mis cuatro chicos y yo. Me dieron una salita que se llenaba de criaturas sentadas en el suelo, porque no teníamos sillas. También trabajé dos o tres años en una comunidad marginal, Limón [de donde es oriundo el mencionado Taylor McKenzie], que tenía la mitad de su población negra. Llevé a Limón, por primera vez, a la Universidad de San José. Los directores de teatro y los formadores de actores no iban a Limón, porque había cuatro o cinco horas de viaje desde la capital y nadie se quería quedar, no era un lugar con grandes comodidades ni nada. Ahí pusimos una maravillosa obra que se llamó Los patís, que es el nombre de una comida típica, como las empanadas nuestras.

Comedia Negra

–Volví del exilio en 1984. Ahí volvimos a atacar con nuestro trabajo, y en 1987 fundamos la Comedia Negra de Buenos Aires. Ya tenía una visión muy clara de lo que quería. Todo lo que habíamos hecho antes lo volcamos allí. La hicimos nosotras dos [Carmen y su hermana Susana, que había estado exiliada y realizando actividades culturales en África], a pulmón prácticamente.

–¿Cómo era el grupo?

–La Comedia se formó con actores afro: Pepe Gares, de acá [de Uruguay], que estaba en el grupo de música, y unos parientes de Pepe, Betty Delgado, que era su mujer, Miguel Ríos, que es otro afrouruguayo que trabajó como actor con nosotros, Walter Barboza, Susana y yo por Argentina, un bailarín y actor de Perú, y una bailarina y actriz de Brasil. Armamos un equipo maravilloso. Todos estaban viviendo ahí. Además, había gente muy tradicional de la negritud argentina, como Érido Bella, pariente de los Murature, que eran tradicionales en Argentina porque ellos han sido, por herencia familiar, los encargados de la custodia del Congreso de la Nación. Eran los últimos en irse. Hay muy poco registro, hay fotografías en el teatro, en el estreno, pero de pronto, cuando se estaba empezando a poner un poco denso y empezaban a salir críticas (“África en Buenos Aires”, etcétera), ya ahí la cosa empezó a cambiar, las instituciones nos empezaron a tirar de la cuerda y a decirnos que no en muchas ocasiones.

–¿Por el racismo?

–Creo que sí. ¿Qué te puedo decir? En un momento pedí para hablar con un funcionario muy importante y no me quería recibir. Yo quería una sala céntrica, no por una cuestión de vedettismo, sino porque pensaba que la obra no tenía que verse a escondidas, o en el teatro extramuros, o en el teatro off. Porque al teatro off ya se sabía quiénes iban: iban investigadores, la gente que sabe de teatro, que ama el teatro profundamente, pero no el gran público, que nosotros queríamos que se enterara de lo que planteábamos. Pero me decían que no. “¿Y yo qué voy a hacer?”, me dijo otro funcionario, y yo le contesté: “Dennos un lugar para ensayar. Dennos una escuela que no tenga horario vespertino y nosotros vamos, ensayamos y dejamos todo como está”. Y él: “¿Qué le digo yo a una directora de una escuela? Que va a ir un grupo de la negrada a hacer ‘taca, taca, taca’. ¿Eso quiere usted, que yo le diga eso?”. Yo le respondí: “Usted diga lo que quiera, pero yo necesito un lugar para trabajar”. Nunca me dieron un lugar. Lo cierto es que conseguimos, para el estreno, una sala en San Telmo. Hicimos la versión definitiva de Calunga Andumba, con una escenografía muy pobre; no teníamos para fotos ni para filmar, nunca había plata para nada.

–¿Y qué pasó después?

–Teníamos que salir de ahí e ir a un lugar más espacioso, más céntrico. Yo dije: “Si no me dan el lugar o no me atienden para ver qué es lo que quiero, voy a ir enfrente de esta oficina, voy a poner una carpa y me voy a encadenar a la reja”. Ahí me atendieron; era gente de teatro que me conocía muy bien, que veníamos de historia, incluso funcionarios que habían sido compañeros míos en la puesta de obras de [Eugène] Ionesco, de [Nikolái] Gogol. Me dieron una sala al 5200 de Córdoba, al fondo de todo me mandaron, una perversidad que no tenía nombre. Se nos llenó el día del estreno, pero después ¿quién iba a ir a una sala así?: no había micros directos para ir, y tuvimos que ir abandonando de a poco.

–¿Cómo subsistió la Comedia?

–Por amor. Nadie se olvidó de aquello, porque no se volvió a hacer nunca nada así. Fue un año de gran furor porque nosotros remamos, remamos y remamos. Pero llegó un momento en que no se pudo más, no tenía frutos y no tenía fin.

–¿No estás cansada de todas esas dificultades?

–No, mi sueño es armar una Compañía de Teatro Afro-Rioplatense, con actores argentinos y uruguayos.

 

Entrevista de Alejandro Gortázar, publicada originalmente en la diaria, el 7 de agosto de 2017.

Una crítica de la crítica (II)

 

colonizacion

Colonización (1989) de Nelson Ramos

 

Hoy terminé de trabajar a las 5 de la tarde. En el ómnibus, de vuelta a casa, leí en mi celular la respuesta de Fabián Muniz a mi “crítica de la crítica”. Son las 2 menos cuarto de la mañana y redacto esta pequeña introducción al texto que sigue pensando en las condiciones en las que trabajamos los intelectuales en este país.

En mi caso, como en el de muchos otros trabajadores y trabajadoras, el punto de partida es el pluriempleo. Una vez un profesor me preguntó, medio en broma medio en serio, si yo quería volverme rico, mientras yo le contaba que tenía que conseguir otro trabajo para poder pagar las cuentas. El hombre tiene una dedicación total que le permite cobrar el triple de su sueldo de Grado 5, es decir, unos 100 mil pesos. Si hará falta hablar más sobre las condiciones de nuestro trabajo.

Cuando llegué a casa Majo, mi esposa, estaba cocinando. Maite, mi hija grande, miraba la televisión, y Ainara, la más pequeña, dormía. Quería contestarle a Fabián Muniz inmediatamente. Pero mi hija pequeña hizo un poco de fiebre, la bañamos juntos (mi hija grande, mi esposa y yo) y le dimos un poco de novemina. Hace una hora y poco, Ainara se despertó sin fiebre y con hambre. Maite y Majo dormían. Le di una mema y volvió a la cama. Entonces pude terminar mi respuesta:

1. Todo mi punto es no trasladar el debate que Bloom generó en las universidades norteamericanas en los noventa. Son otras condiciones para la producción de conocimiento y otras batallas políticas, que hasta el día de hoy tienen sus consecuencias en Estados Unidos. Me da la sensación de que si uno recorre las revistas académicas del sistema norteamericano hoy, el Portal Timbó de la ANII lo permite, la postura hegemónica no es el estudio de la literatura latinoamericana, y que aún en ese marco estrecho, la “escuela del resentimiento” no es el punto de vista que prevalece. Pero estaría bueno entrarle a ese tema, como no.

Lo único que quise hacer notar es que mi trabajo no es una prueba del “lento ingreso del “idealismo” social en las investigaciones literarias uruguayas”, sino parte de un discurso que existe en Uruguay casi desde la salida democrática y que abarca la obra de investigadores e investigadoras con distintas perspectivas, que combinan en sus análisis cuestiones estéticas y de justicia social. Y agregué que no es la postura dominante actual en la Facultad en la que trabajo. Nada más.

Para encuadrarme en el discurso que Harold Bloom forzás las cosas y reducís mi libro a “un trabajo de “rescate” de un figura intelectual que, debido a su raza, tuvo difícil la concreción de sus metas como artista y como intelectual, y por lo tanto, aunque sus textos no tengan valor estético e intelectual (ni hayan sido planificados como “obra”) es necesario inventar esa “obra”, inventar un “autor”, hacerle una biografía resaltando todo lo víctima que fue, todo lo mal que la sociedad lo trató, para justificar que sea necesario mostrar y exponer esta obra. Esto es, a todas luces, abandonar los criterios estéticos por criterios de justicia social”.

Lo forzás porque interpretás que “inventar” un autor es algo poco más que pecaminoso, cuando hago referencia a ese asunto en los términos de una operación que el discurso crítico hace todo el tiempo y sobre el que autores como Foucault se han ocupado en varios textos capitales como La arqueología del saber o El orden del discurso.  Pero además por razones históricas. La idea de una obra y un autor nunca había sido elaborada en torno a Molina, aunque sí en torno a autores como Pérez Castellanos o Larrañaga. Esto fue así por la sencilla razón de que se producían más manuscritos que obras impresas en ese período histórico en el Río de la Plata, por lo que el valor de las obras de estos autores consagrados se fue construyendo después de muertos.

La obra de Larrañaga por ejemplo, la fuimos conociendo por etapas, todavía hoy algunos de sus textos permanecen inéditos. Y eso tiene que ver con que la institución literaria no estaba instalada en Montevideo en el siglo XVIII y en los inicios del siglo XIX. Era difícil imprimir, había un “mercado” del libro más bien escaso, la cultura colonial se implantó tardíamente, entre otras cosas que se explican en mi libro. En ese sentido, en 2008, cuando Acree, Borucki y nosotros publicamos nuestras antologías estábamos “inventando” un autor, que se sumaba a otros del mismo período.

Y lo reducís porque mi trabajo está muy lejos de ser nada más que una biografía en la que se resalta “todo lo víctima que fue, todo lo mal que la sociedad lo trató”. No me negarás que hay varias cuestiones “puramente” literarias en mi libro como la escritura autobiográfica, lo qué significa escribir en el siglo XIX en Montevideo, los modelos retóricos que Molina utilizó, sus lecturas de la Biblia, en fin.

Además afirmás, con mucha seguridad, que Molinase daba cuenta a la perfección que utilizaba dos tipologías textuales distintas cuando escribía un poema o cuando redactaba una carta al Gobierno para solucionar un menester político”, cosa que no negaría bajo ningún concepto. Pero después te despachás con esta frase: “Creer que no se puede evaluar estos dos textos con criterios distintos (el primero estético, el segundo ético) es desconocer la teoría literaria desde Aristóteles hasta la Modernidad”.

Me gustaría que me mostraras en qué parte de mi libro afirmo que no se puede evaluar un texto con dos criterios distintos, e incluso me apunto para discutir en otro momento cómo se fue construyendo históricamente la idea de que uno puede separar de un texto lo estético, de lo ético, de lo político, de lo libidinal, y de tantas otras cosas que un artefacto literario pone en juego.

2. Me señalás un error de José Manuel Barrios y mío como coordinador del libro que publicamos en 2008: no supimos distinguir entre una décima y un soneto. Es un error grave, lo digo sin ironía. No me ocupé de la poesía de Jacinto Ventura de Molina en mi tesis y en aquel libro de 2008, me resultó super interesante que utilizara una oda de Arriaza para desearle feliz cumpleaños a uno de sus protectores, Joaquín de la Sagra y Périz. Porque eso mostraba cómo copiando y enmendando el modelo retórico neoclásico que venía de España, Molina se las arreglaba para obtener los favores de un protector. Quiero decir con esto que a vos te parecieron bellas las décimas de Molina, incluso te parece que se pueden comparar con Hidalgo. ¿En qué sentido hay un criterio de “justicia social” en mi lectura y hay criterio “puramente estético” en la tuya?

Para resumir mi postura: no me interesa solamente el valor de una cosa en sí, me interesa entender también cómo fue que se le dio ese valor en un momento y lugar determinado, y muy particularmente el valor que se le da en tanto mercancía, es decir, la literatura en el marco del capitalismo. Me es muy difícil pensarlo de otra manera. Pero entiendo que existen posiciones y lecturas de la teoría literaria que plantean una continuidad entre Aristóteles y nosotros. No hay espacio para ese debate, pero también me resulta interesante hacer el ejercicio de pensarlo.

3. Te confieso que cuando leí esta frase: “Pienso que si se utiliza el término “aculturación” hay que ser preciso con los alcances del término”, quedé un poco sorprendido. En mi libro dedico unas cuántas páginas a discutir el concepto de aculturación, tal como surge en la antropología norteamericana. De hecho analizo también las críticas del concepto que realizan tanto Fernando Ortiz como Ángel Rama, así como su pertinencia en el caso de la mimesis colonial y del caso particular de Molina. Eso es entre las páginas 89 y 98 de mi libro. Tu forma de precisar el concepto a partir de un manual que Ildefonso Pereda Valdés publicó en los años setenta me parece una manipulación de la discusión, hubiera preferido escuchar tus argumentos para no considerar a Molina un aculturado.

No solo pasás por alto eso sino que insistís en trabajar con una noción lineal y evolutiva de aculturación, cuando muchos autores desde los años sesentas hasta acá han cuestionado esa idea como el propio Rama o García Canclini, para nombrar dos. Luego concluís: “Creo que el caso negro en Uruguay siempre fue de “acomodación” y nunca llegó a ser “asimilación”: que se mantenga vivo el candombe, los cultos religiosos afrobrasileños o que en su momento Ventura pudiera conseguir el lugar para realizar bailes para negros dan cuenta de esto”. Acá me parece que la discusión se complica porque estábamos hablando del proceso de aculturación de Molina, que vos insistís en llamar “educación”, y ahora de otros procesos culturales (religión, candombe, salas de nación), que en parte trabajo en el capítulo 4 de mi tesis y que prefiero llamar productos de un proceso de transculturación.

Cuando defendés el uso del concepto de educación, al que no me resisto a usar si se entiende dentro del proceso más general de aculturación, afirmás que “es importante distinguir el proceso colonizador de los católicos, por un lado, y de los protestantes, por otro. Estos últimos fueron realmente salvajes en su aculturación y destrucción de los pueblos no europeos”. Para fines descriptivos me parece interesante hacer una separación entre la esclavitud en hispanoamérica y la esclavitud en el ámbito anglosajón, de hecho lo hago en el capítulo 3 de mi libro. Pero vos hacés una valoración entre un “colonialismo bueno” y un “colonialismo malo”, que me parece peligrosa ética y políticamente, discusión en la que sencillamente no voy a entrar.

4. Insistís en que “tan mal no andábamos” en Uruguay, cuando como te escribí, el proceso de abolición de la esclavitud se parece a la mayoría de los procesos de abolición de la esclavitud en Hispanoamérica, y es el resultado de las relaciones conflictivas que las élites tuvieron con el problema. Tomás una cita de mi trabajo: “la esclavitud y los significados que la cuestión étnico-racial tenían en la sociedad montevideana no cambiaron sustantivamente con la Constitución” y luego afirmás casi como una cuestión de principios un “matiz” sobre la Constitución y la construcción de una república liberal “como un salto cualitativo radical en todo lugar donde surge”. Me gustaría que encontraras un pasaje en el que yo afirme lo contrario. Lo que digo en la cita es que no hubo un cambio sustancial en los afrodescendientes con la Constitución en sí misma.

En 1872, apelando a la Constitución, los letrados afrodescendientes reclamaban la igualdad que se consagraba en los papeles y en la práctica los convertía en ciudadanos de segunda. Y repito lo que escribí en el texto que inició este debate, la Ilustración brinda las herramientas para pensar en sus propios límites. La Constitución y la ley no alcanzaron para superar la esclavitud y las categorías raciales instaladas en la colonia, pero fueron uno de los escenarios de la disputa política en la que los afrodescendientes, en distintos momentos de la historia del Uruguay, lograron arrancarle algo a la cultura dominante que los negaba.

Al lado de esta discusión, decir que yo digo en mi nota anterior que los padres de Molina “no podían ser brasileros, entre otras cosas, porque eran esclavos, cuando en el libro dice que eran libre la madre y liberto el padre” es un juego de niños, porque a lo que estoy haciendo referencia es a que fueron originalmente esclavos. Todo está explicado en el libro, pero lo repito por las dudas: ambos llegaron de África por Brasil, una de las rutas posibles en el tráfico. Su madre escapó de los portugueses en Colonia del Sacramento y por eso fue liberada; y su padre fue comprado por el español José Eusebio de Molina en territorio de la Banda Oriental, venido de Brasil, y fue liberado porque le salvó la vida a su amo en una acción militar. Ambos fueron liberados en territorio español.

Al terminar con la “crítica cuatro” volvés a insistir en que no es racismo lo que ocurre cuando le piden explicaciones a Molina y otra vez tengo que decirte que en ningún lado yo escribí que fuera racismo, sino que estaba tratando de mostrar las dificultades de ejercer la ciudadanía en el siglo XIX, cosa que no se resuelve solamente apelando a un principio de igualdad ante la ley “que se va puliendo y mejorando con el tiempo”.

5. Sinceramente es difícil saber con quién o qué estás discutiendo, porque en ningún momento en mi libro comparo la situación de Estados Unidos respecto a los afrodescendientes con la situación uruguaya, y tampoco lo hice en mi texto anterior. Pero insisto en que la cuestión de la excepcionalidad uruguaya no corre para discutir la esclavitud como tal. No entro en esa discusión, no hay barbaries más buenas que otras.

Sin lugar a dudas hay un desacuerdo entre los dos respecto a que “el proyecto moderno y civilizatorio occidental tiene por propósito luchar, en la medida de lo posible, contra la destrucción de cualquier pueblo sobre cualquier otro pueblo”, pero no se trata de una discusión ontológica, sino política. Otro debate interesante, para alquilar balcones. Mi pregunta en ese sentido es cuándo, en qué momento histórico, en qué práctica concreta vos ves encarnada esta lucha por la no destrucción de los pueblos. Y qué tan importantes son en términos de impacto sobre la vida de los pueblos latinoamericanos, en relación a los imperialismos de España, Francia, Inglaterra o Estados Unidos.

En el antepenúltimo párrafo volvés a repetir que es mejor definir quién pasó peor en el siglo XIX si los canarios o los esclavos “para recalcar lo innecesario que es crear víctimas para analizar la producción letrada solo por el hecho de su procedencia social”. Y luego sacás el ejemplo de Felisberto Hernández: “Advierto que esta práctica, en un tour de force que habría que evitar pero que abierta la canilla podría suceder, habilitaría la posibilidad de que alguien analizara la obra de Felisberto Hernández teniendo como principio analítico el hecho de que Hernández padre fue un canario y el pueblo canario fue esclavizado en Uruguay. Eso es un hecho histórico indiscutible, pero Felisberto Hernández trasciende su contexto o la historia de su pueblo para escribir literatura. Y estoy seguro de que Jacinto Ventura, bien abordado, hace exactamente lo mismo”.

Como me imaginé que la cosa venía por el lado de la “trascendencia” de la literatura, escribí la coda en mi post anterior: “Pienso que es imposible entender un artefacto textual sin las tramas de significación que lo hacen posible, tanto en el momento en que es producido por un sujeto -singular-, en un determinado espacio y tiempo concretos; como en el proceso de selección, de ingreso o exclusión, dentro de una tradición de lectura o de una lectura de la tradición”. En mi definición de la literatura no hay, ni creo que haya nunca, lugar para la trascendencia.

Pero te repito que política y éticamente me resulta altamente reprobable que insistas en minimizar la esclavización de los africanos y sus descendientes en Uruguay, trayendo el ejemplo de los canarios. Eso me parece mucho más grave que el simple hecho de que tengamos posturas antagónicas en términos teóricos respecto a la literatura. Esta diferencia de concepción de “lo literario” es algo que para mi es evidente, y creo que para vos también, desde antes de que leyeras mi libro y lo reseñaras para Brecha. Es bueno que lo hayas hecho porque eso permite que se expliciten los puntos de partida de cada uno. Pero no creo que se pueda avanzar mucho más. 

Una crítica de la crítica (I)

 

 

El viernes 18 de agosto salieron dos notas sobre mi libro Cultura letrada y etnicidad en los manuscritos de Jacinto Ventura de Molina (1817-1840) en el Semanario Brecha: “Lágrimas negras”, firmada por Fabián Muniz (lamento no poner aquí el link, pero Brecha no comparte en internet todo su material); y “Anverso y reverso del archivo” de Martín Palacio Gamboa (que no está en la versión digital para lectores, pero que el autor me autorizo a publicar aquí). Agradezco al semanario por el espacio que le dedicó a mi libro y a los autores de los textos por sus lecturas críticas.

Pensé mucho en escribir estos párrafos luego de leer la nota de Fabián Muniz. Como crítico o investigador uno puede pasarse la vida entera sin discutir nada o casi nada con personas. Pero siempre digo que los investigadores en literatura no trabajamos exclusivamente con textos, trabajamos con personas que escriben textos. Eso es particularmente importante cuando trabajamos con fenómenos contemporáneos. En ese sentido, cuando es posible construir conocimiento con esas personas, está bueno hacerlo. Por eso me decidí a escribir los párrafos que siguen.

 

Crítica uno: “idealismo social”

La reseña de Muniz empieza con una cita de Harold Bloom que básicamente ironiza sobre la presencia de un idealismo que estaba de moda en los años noventa en las universidades norteamericanas, en el que “todos los criterios estéticos y casi todos los criterios intelectuales han sido abandonados en nombre de la armonía social y el remedio a la injusticia histórica”, que el crítico bautizó como “escuela del resentimiento”. Luego agrega que esta tendencia (un monocultivo, dice Muniz) no es predominante en la Universidad, y dice “todavía no”.

Como sea, tomé nota de que Muniz me ubica dentro de un movimiento de “lento ingreso del “idealismo” social en las investigaciones literarias uruguayas”, que en verdad existe desde hace muchos años y hoy está precisamente en desuso en la Facultad de Humanidades, dado que la mayoría de los profesores del Instituto de Letras, y de muchos otros intelectuales uruguayos en distintos lugares de poder dentro del campo intelectual, coinciden más o menos con las ideas de Bloom (y Muniz) respecto a esta “escuela del resentimiento”.

Cada uno lucha con los fantasmas que quiere, pero no creo que sea tan fácil trasladar el debate norteamericano de los años noventa a la situación actual, al menos en el campo de las letras. Me siento identificado con esa línea de pensamiento que articuló, en los noventa, el pensamiento latinoamericano de los setenta con las “modas” del pensamiento metropolitano. Me formé en ese pensamiento, del que he tomado distancia todas las veces que sentí que no me servía para entender los fenómenos que investigaba o no coincidía con las lecturas que proponía. Tomé nota también de mi “idealismo social”, y me quedé con las ganas de saber en qué sentido mi trabajo puede ser leído como “idealista”, según los parámetros de Muniz o de Bloom.

 

Crítica dos: rescatar al artista olvidado

El crítico se equivoca al considerar a Molina un “artista olvidado” y al señalar como un error que nunca me proponga “justificar el valor individual de la obra de Ventura de Molina”. Molina no es un artista olvidado, es un intelectual formado en el siglo XVIII, que nunca se propuso ser un artista, como muchos de los considerados “primeros escritores” uruguayos, como Pérez Castellano o Larrañaga. Imponerle a una época como el comienzo del siglo XIX, la lógica de las esferas autónomas de la modernidad es un despropósito. Desde este punto de vista, el valor de Molina, como el de Pérez Castellano o el de Larrañaga, está en las páginas que escribió (historia, viajes o ejercicios retóricos o poéticos) lejos de los parámetros estéticos que empiezan a construirse a partir del romanticismo en el Río de la Plata. En tal sentido mal podría yo partir de este supuesto en mi investigación y luego forzar una interpretación de Molina como “artista olvidado”. Eso está suficientemente explicado en mi libro y en todas las cosas que escribí desde el 2003 sobre este autor.

Al final de la reseña, luego de estas dos observaciones, Muniz desarrolla tres críticas a mis hipótesis que parten de supuestos discutibles o, a veces, errores. De modo que quiero contestarlas.

 

Crítica tres: las cosas por su nombre

Dice Muniz que:

las posturas monárquica y antiartiguista de Ventura de Molina, en el fondo, no serían decisiones individuales sino posturas adquiridas por “aculturación” de quienes fueron amos y patronos del licenciado negro. Gortázar siempre habla de “aculturación” en lugar de hablar lisa y llanamente, de “educación”, que, como cualquier otro muchacho de la época, fue lo que recibió Ventura de Molina. A lo largo del libro se sigue insistiendo en que toda decisión de Molina es, en el fondo, “mimesis” de un negro a las formas de cultura blancas como estrategia de supervivencia o de “tretas del débil”: Molina termina siendo un títere de su época

Cabe aclarar que utilizo el concepto de aculturación para referirme al proceso, que el propio Molina relata, en el que su tutor español lo separa de sus padres biológicos, ambos africanos, para evangelizarlo y alfabetizarlo. Este viejo concepto de la antropología, que remite a procesos de culturas que se imponen sobre otras, tiene su discusión a partir del concepto de transculturación del cubano Fernando Ortiz y las adaptaciones de Ángel Rama en América Latina. Por otro lado aparece el concepto de Homi K. Bhabha de “mimicry” que señala cierta capacidad de acción a partir de la idea de copia en el contexto colonial. Todo mi intento desde el comienzo del libro hasta el final, es señalar que a partir de un proceso de aculturación, en términos teóricos pero también concretos, un sujeto (Molina) puede construir un discurso propio, desarrollar prácticas y tácticas en un contexto hostil, e incluso entrar en conflicto con el poder y salir “ganando”.

Resulta problemático llamar a este proceso “educación”, salvo que Muniz piense que sacarle un hijo a una pareja de sirvientes descendientes de africanos y alfabetizarlo en el contexto de dominación colonial española sea “educación”. Resulta aún más problemático decir que Molina la recibió “como cualquier otro muchacho de la época”, porque precisamente un aspecto singular en la trayectoria de Molina es que su educación en un momento histórico determinado (fines del siglo XVIII) se convirtió en un proyecto colectivo en el que participaron muchos amigos de su tutor español. La mayoría de los “muchachos” de su época recibían educación en las escasas escuelas de primeras letras y nada más, salvo por supuesto que perteneciera a una familia adinerada o hiciera su carrera en la Iglesia, y que fuera blanco, por supuesto. El proceso de aculturación es un fenómeno mucho mayor que la educación, que incluso la comprende, y está implícito en la idea de colonización.

Crítica 4: racista pero no tanto

Para Muniz “muestro y demuestro” que los otros intelectuales se burlaban de Molina por cuestiones raciales, pero en el proceso de “vigilancia epistemológica” que desarrollo me lleva “a exagerar en las evidencias de racismo”. Y menciona el hecho de que Molina tuviera que luchar por su ciudadanía, dado que “nació en Río Grande del Sur y de padres brasileños, por lo que resulta obvio que le pidan una carta de ciudadanía, dado que no nació en “territorio del Estado”.

El pasaje tiene varios problemas, pero primero lo primero. Cometí un error al citar el artículo 7 de la Sección II en la Constitución de 1830, porque Molina en verdad recurre al artículo 8, que define la ciudadanía legal, en la que Molina está comprendido. Pero mi error condujo a Muniz a otro error, porque no puede decirse que Molina sea hijo de “padres brasileños”, no solamente porque no eran ciudadanos sino esclavos, ni nacieron en Brasil, ni Brasil existía, sino que era un territorio colonial de Portugal. Pero lo que está mal es que de ese error, que detecto gracias a Muniz, se desprenda que yo leo un “acto de racismo”, cuando en verdad mi argumentación en esas páginas tiene que ver con la concepción limitada de la ciudadanía que aparece en nuestra primera constitución, y que relaciono también con las tensiones dentro de las élites criollas respecto a la esclavitud, lo que me lleva a la siguiente crítica de Muniz.

 

Crítica cinco: como el Uruguay no hay

Afirma Muniz:

El autor, en cierto punto, termina siendo injusto con Uruguay al exaltar su racismo, siendo que, en comparación con el resto del mundo, nuestro país demostró ser de avanzada en derechos sociales: abolió teóricamente la esclavitud en 1830, mientras que otros países importantes lo hicieron mucho después.

En este punto Muniz está equivocado. El proceso de abolición de la esclavitud en América Latina tuvo dos momentos, desde el punto de vista legal, que fueron: el momento de la libertad de vientres, que no termina con la esclavitud, sino que libera a los hijos de esclavos y termina con el tráfico, mientras la institución esclavitud seguía en pie porque los Estados no podían hacerse cargo económicamente de liberar la “propiedad” de las clases dominantes; y el momento de la abolición propiamente dicha. Casi todos los países hispanoamericanos pasaron por estas dos etapas. El propio Uruguay no solamente no terminó con el tráfico en 1830, porque a pesar de la ley se seguía traficando con esclavos, sino que no la abolió sino hasta la Guerra Grande. Producto de ese hecho particular es que Uruguay tiene dos fechas de abolición: una en 1842 por el gobierno de la Defensa y otra en 1846 por el gobierno del Cerrito. La demostración de “avanzada” de Uruguay puede ubicarse en el batllismo, tal vez en el caso de Varela, pero no para el caso de la esclavitud.

De todas formas Muniz critica también mi “antieuropeísmo o antioccidentalismo”, haciendo referencia a la esclavitud como fenómeno histórico que se remonta a “los cartagineses y los árabes”. La verdad es que no entiendo el punto de esta aclaración. En primer lugar porque no me reconozco en un antioccidentalismo o antieuropeísmo, si en una crítica a la idea de “modernidad” y “civilización” (como sinónimo de cultura) que desconoce el colonialismo y la destrucción de pueblos no europeos como un eje del proyecto occidental.

Todo lo que podemos hacer en contra de las categorías cognitivas del colonialismo europeo será, al menos en el caso de criollitos blancos como nosotros, en la lengua que trajo el conquistador. El gran legado de la ilustración europea es, creo, darnos las herramientas para explorar incluso los límites de nuestra racionalidad.

Por otra parte, no entiendo en qué sentido el hecho de que los árabes fueran los primeros esclavistas, modificaría un ápice la responsabilidad de Europa en la sangría que generó en África, a partir de la introducción masiva de esclavos africanos en América, con las muertes que se produjeron en la travesía y los millones de seres humanos arrancados de su lugar de origen y traídos aquí como mercancías. Es esa esclavitud, históricamente situada, la que impacta en América Latina, y la que termina teniendo que ver con la historia de Molina.

Por último, Muniz me señala no “citar jamás” un texto de Néstor Hormiga de 2011 del que no menciona el título, que por cierto desconocía, y que según él “demuestra que desde 1830 en Uruguay fueron peor tratados que los negros, casi como esclavos, los canarios de Lanzarote y otras islas, que comenzaron a ingresar en grandes aluviones, traficados con contratos precarios, a trabajar en los saladeros”. Y concluye: “Esto último habría sido útil para aclarar que desde 1830, “tráfico” y “patronato” no sólo referían a la relación blanco-negro”.

Suena un poco raro, política y éticamente, ponerse a discutir quién era peor tratado en 1830. Más allá de la torpeza del argumento, estoy de acuerdo en que se podría incorporar toda una serie de relaciones de poder conflictivas para complejizar la relación blanco-negro en Uruguay, como el género o, por qué no, la situación de los asalariados, entre otras posibilidades. Es una linda agenda para futuras investigaciones, siempre y cuando no se trate de desvestir a una víctima para tapar a otra. Desde mi punto de vista se debe partir de un rechazo universal a cualquier forma de explotación del hombre por el hombre. Pero entiendo que en eso consiste mi “idealismo social”.

 

Coda

Al final de la nota Muniz termina “extrañando” en mi libro “la obra misma de Jacinto Ventura de Molina, sin tanta necesidad de ponerla en contexto”. Es raro que extrañe la obra de Molina porque hay dos antologías publicadas en Montevideo: una de los investigadores William Acree y Alex Borucki (2008); y otra elaborada bajo mi coordinación y en co-autoría con José Manuel Barrios y Adriana Pitetta (2008), disponible en el portal Colibrí de la UdelaR.

Este libro es el final de un proceso que comenzó en 2003, y que dio tres productos distintos: una primera aproximación ensayística en 2007 (El licenciado negro, publicada por Trilce), la antología que mencioné antes, y la tesis en cuestión. El objetivo fue dar un contexto adecuado a las prácticas escriturarias de Molina, porque sin ese contexto, sin las tramas de significación que las constituyen, tendrían poco sentido.

Pienso que es imposible entender un artefacto textual sin las tramas de significación que lo hacen posible, tanto en el momento en que es producido por un sujeto -singular-, en un determinado espacio y tiempo concretos; como en el proceso de selección, de ingreso o exclusión, dentro de una tradición de lectura o de una lectura de la tradición.