El teatro de la diáspora africana en América Latina y el Caribe

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Dos cofundadoras del TEN: Arinda Serafim e Marina Gonçalves, ensayando la obra O imperador Jones (Foto: José Medeiros). Fuente: Escuela de teatro de San Pablo

 

En junio de 1995 Marvin A. Lewis publica el artículo “Tipos/clasificación y géneros de la literatura afro-hispánica”, que representa un intento de organización de una serie (literatura afro-hispánica), un balance del conocimiento producido sobre la misma y el planteo de una agenda de problemas de investigación. El uso del nosotros mayestático en el artículo de Lewis, no es solamente una coartada para un “yo”, sino también la marca de una cierta comunidad interpretativa —“los que hemos dedicado esfuerzos serios al estudio de esta literatura [afro-hispánica]”— que Lewis contribuyó a crear junto a otros investigadores.

Como profesor emérito de español en la Universidad de Missouri, fundador de la Afro-Latin American Research Association (ALARA) y co-editor de la revista Afro-hispanic Review entre 1986 y 2005, Lewis ha contribuido a crear un campo incipiente de estudios dentro del latinoamericanismo en los Estados Unidos que se dedica a la literatura y la cultura afro-hispánica. Una comunidad interpretativa que implica también una red de investigadores fuera de los Estados Unidos. De hecho la revista América Negra, en la que se publica el artículo, pertenece a la Universidad Javeriana de Colombia y ese número está especialmente dedicado a la literatura afroamericana y afrocolombiana.

Para Lewis existía un déficit en el análisis del teatro y el ensayo afro-hispánico, por oposición al interés por la poesía y la narrativa. Por tal motivo su artículo repasa la poesía y el drama de algunos autores de ese conjunto que define como “literatura afro-hispánica”. En la sección dedicada al teatro Lewis recurre a tres casos nacionales: Uruguay, Colombia y Ecuador. El problema que Lewis planteó no parece estar solucionado pese al triple esfuerzo de enseñar, investigar y publicar obras que el latinoamericanismo académico viene desarrollando desde sus orígenes pero principalmente desde su boom en los años sesentas del siglo XX (Remedi: 90).

El texto de Marvin Lewis se publica en un momento en el que los estudios sobre la literatura escrita por afrodescendientes en América Latina y el Caribe se consolidan en los Estados Unidos a través de una incipiente institucionalidad (institutos específicos en algunas universidades) y un conjunto de espacios de encuentro, debate y producción científica (congresos, revistas y otras publicaciones). A su vez este proceso a pequeña escala se inscribe en un proceso más general de transformación del campo académico norteamericano durante los noventas, en el que se diseminaron múltiples discursos teóricos y disciplinarios: los estudios culturales, el postoccidentalismo, el postmodernismo, el subalternismo, el postcolonialismo, el feminismo, los queer studies, entre otros. Por lo tanto el artículo es el testimonio de una agenda compartida con otros investigadores dentro de los estudios afro-hispánicos e incluso de una comunidad interpretativa más amplia que incluye el Caribe. La situación actual de esta comunidad interpretativa es en parte el resultado de las prácticas e investigaciones planteadas en los noventas por lo que parece necesario evaluar sus resultados veinte años después.

Los estudios afro-hispánicos

La emergencia del campo de los estudios sobre la literatura afro-hispánica en Estados Unidos se produce en los años setentas del siglo XX (Tillis, 21). Por esos años comenzó a configurarse un corpus de obras y autores afro-hispanoamericanos que tuvo como correlato su traducción y difusión en el ámbito editorial norteamericano. Con esta proliferación de “objetos” comenzó también a definirse un conjunto de problemas, una serie heterogénea de herramientas teóricas y de análisis que fueron delimitando ese campo. El ámbito universitario norteamericano fue la condición de posibilidad de estos discursos, aunque su importancia e impacto es marginal si se piensa que apenas 4 ó 5 universidades son el epicentro del fenómeno en un total de 3.000 universidades en todo el territorio. Desde los setentas y en las décadas siguientes unas pocas universidades crearon cátedras de literatura “afro-hispánica”, organizaron congresos, simposios, seminarios, publicaron tesis y editaron revistas especializadas.

Es imposible analizar el surgimiento de los estudios de literatura afro-hispanoamericana en los Estados Unidos sin el aporte de un conjunto de académicos (locales y residentes) cuya acción hizo posible este campo de estudios. Me refiero a investigadores como Marvin Lewis, Stanley Cyrus, Josephat Kubayanda, Miriam De Costa Willis, Richard Jackson, Shirley Jackson, Edward Mullen, William Luis, entre otros (Tillis, 21). Una lista que se agrandó con una nueva generación: Abriel Abudu, Lesley Feracho, Dina De Luca, Debbie Lee Di Stefano, Christopher Dennis, Dawn Duke, Linda Howe, M’bare N’gom, Martha Orjeda, Jerome Branche, Dorothy Moby, Dawn Stinchcomb, Emmanuel Harris, Aida Heredia, Emmanuel Olivella, Cristina Cabral, Marco Polo Hernández Cuevas, Mario Chandler, Ana Beatriz Gonçalves y Elisa Rizo entre otros (Tillis, 26).

El investigador Antonio Tillis toma como “marco paradigmático” la publicación, en 1979, del libro Black Writers in Latin America de Richard L. Jackson (Universidad de Nuevo México) en el que ya se plantea la existencia de un número importante de académicos interesados “en la experiencia de los negros en América Latina” (Citado por Tillis, 22). Aunque este creciente interés no es monopolio de académicos afro-americanos, es importante señalar que su ingreso a las universidades luego de la caída de las leyes segregacionistas (las “Leyes de Jim Craw”) en 1964, fue un factor decisivo. Este proceso desató una violencia inusitada, fundamentalmente en el sur de los Estados Unidos, y fue producto de las luchas por los derechos civiles que los afro-americanos libraron durante las décadas de los cincuentas y sesentas del siglo XX. Uno de los resultados fue la promoción de políticas afirmativas que establecieron cuotas para afro-americanos en las universidades. Otro factor decisivo fue la migración de intelectuales latinoamericanos a Estados Unidos, exilados por las dictaduras militares o por razones económicas, que también aumentaron el plantel de universitarios interesados en la literatura afrohispánica.

Una de las principales características de estos primeros discursos críticos es el interés por la experiencia de los escritores afro-hispanoamericanos que implicó dejar de lado la literatura hegemónica —de escritores blancos— en las respectivas sociedades nacionales. Este movimiento se acompañaba con un interés entre militante y académico de comenzar a construir un espacio común de la diáspora africana en las Américas que unía a estos escritores con sus propios trabajos y los de sus colegas: autores como Stanley Cyrus (Granada) o Ian Smart (Trinidad y Tobago) provenían del Caribe, es decir, eran ellos mismos migrantes en los Estados Unidos. El resultado del trabajo de estos investigadores fue la recuperación y puesta en valor de escritores que en la mayoría de los casos eran marginales en sus literaturas nacionales cuando no silenciados o tratados con indiferencia por la crítica. Esta mirada en conjunto permitía advertir los desafíos y problemas comunes a la diáspora africana en las Américas.

Pero la obra de Richard Jackson no fue la única en contribuir a la conformación de este espacio institucional y discursivo. El propio Antonio Tillis menciona conferencias, congresos y otras publicaciones que durante la década del 70 contribuyeron a este objetivo. Hay que destacar la creación de dos publicaciones periódicas que abrieron espacios para la aparición de textos literarios y artículos que fueron creando una importante masa crítica. Los caribeños Cyrus y Smart, luego de obtener sus doctorados y comenzar su carrera académica en la Universidad de Howard (una universidad exclusiva para afrodescendientes creada en 1867), crearon en Washington el Afro-Hispanic Institute y la revista Afro-Hispanic Review en 1982. La misma pasa a ser editada en 1986 por Marvin Lewis y Edward Mullen y traslada su sede a la Universidad de Missouri en Columbia (Prescott, 150. Nota al pie 2). Actualmente la revista es publicada por la Universidad de Vanderbilt en Tennessee y dirigida por otro investigador, William Luis, formado en los años setentas.

La otra revista es Callaloo. Journal of African Diaspora Arts and Letters fundada en 1976 por Charles Henry Rowell en la Southern University (Baton Rouge) como herramienta para publicar autores afrodescendientes marginados en el contexto de la segregación del sur de los Estados Unidos. Al cambiar de sede al año siguiente a la University of Kentucky la revista pasó a publicar escritores negros a escala nacional y finalmente en 1986 pasa a tener el subtítulo actual “revista de las artes y las letras de la diáspora africana”. Desde ese año cambió dos veces de sede, primero a la University of Virginia y finalmente desde el 2001 en Texas A&M University. Sin embargo Antonio Tillis se equivoca al incorporar la revista Callaloo a los estudios “afro-hispánicos”. La revista tiene un objetivo doble: publicar literatura de descendientes de africanos en Estados Unidos y la diáspora africana, así como su crítica.

Callaloo: las artes y las letras de la diáspora africana

La revista Callaloo se ubica en una intersección entre los “American Studies” y el “latinoamericanismo”. La conexión se da por la vía del panafricanismo que caracteriza cierto sector del movimiento social negro en Estados Unidos, que estableció lazos políticos concretos con las luchas anticoloniales en África y las luchas de los movimientos negros en toda América Latina. El concepto de “diáspora africana”, cuya circulación en la academia norteamericana es reciente, recoge para algunos autores el panafricanismo de principios del siglo XX representado por W. E. B. du Bois como uno de sus referentes más importantes (Gomez, 2004). Las ideas panafricanistas surgieron hacia fines del siglo XIX con autores y activistas de distintas partes del mundo: Sylvester Williams (Trinidad), W.E.B. du Bois (EE.UU.), Marcus Garvey (EE.UU.) y Jean Price-Mars (Haití). Los dos primeros fueron los que idearon los Congresos panafricanos, que se desarrollaron en torno a la figura de Du Bois, entre 1919 y 1945 (Decraene, 1962: 13-20).

Callaloo se publica ininterrumpidamente desde 1976 y es dirigida desde su inicio por Charles Rowell. Cuando en 2002 Rowell publica Making Callaloo. 25 years of black literature esta idea es reforzada por el prólogo de Percivall Everett, un escritor afroamericano que valora la revista y a su director, situando su aporte en las letras nacionales. Dicho objetivo es reconocido por su editor cuando afirma que los autores norteamericanos son el “el primer compromiso” de la revista. Un compromiso que debe definirse con la literatura, con la estética y las artes de los afrodescendientes, que incluye a los norteamericanos y también a la diáspora. Por esa razón la antología es una antología de la producción literaria publicada en los 25 años de la revista. La literatura y el arte son la prioridad de de la revista aunque progresivamente incorporará también la crítica y la reflexión.

Sin embargo una segunda línea editorial de la revista fue la inclusión, como sostiene Rowell, de la “African diaspora”, es decir, toda la producción artístico-cultural de “people of African descent outside the African continent” (xx). Aunque esto es cierto a partir de los ochentas, la revista atendía al inicio la visibilización de la literatura escrita por afrodescedientes en el sur de Estados Unidos e inmediatamente después su interés se amplía a nivel nacional. Luego aparecerá esta variable diaspórica que es la que interesa para este trabajo. Pero es importante considerar las líneas editoriales de la revista que Rowell plantea a nivel nacional: además de atender a los géneros ficción y poesía, debía apuntar a la diversidad humana (mujeres, LGTB) y de la producción literaria difundida (diversidad humana y variedad artística). No se trata de que las obras estuvieran comprometidas “con la lucha”, “sino con la creación en el género que eligieron trabajar con elegancia y elocuencia.” (xxiii). Finalmente, la libertad. La revista debía ser “un foro libre y abierto para la escritura excelente, creativa y crítica” (xxiii).

Dentro del interés por la diáspora africana, América Latina recibe un espacio destacado, especialmente el Caribe: las Antillas menores (Caribe holandés), Haití (los números 2 y 3 de 1992) y Puerto Rico (el número 4 de 1992). El interés por los países hispano-hablantes es escaso o nulo (apenas Puerto Rico y Cuba) y se destaca el interés por casos como Brasil y en general el Caribe. Una buena parte del interés de la revista está centrado en la literatura escrita en inglés aunque es notorio el esfuerzo por la traducción de otros idiomas al inglés. En una editorial de l994 (número 2, Spring) Rowell repasaba el staff de la revista a raíz de algunos cambios y logros obtenidos ese año. Entre los profesores y alumnos que lo ayudaron a gestionar la revista Rowell destaca a John R. Keene, Jr., quien fuera Managing Editor, por su destreza en lenguas extranjeras —francés, portugués, español y alemán— “habilidad que ya puso en buen uso en nuestro esfuerzo por mantener relaciones editoriales con autores, académicos y artistas visuales de toda África y su diáspora” (363). También señala a Carrol F. Coates por sus “excelentes traducciones” del francés al inglés así como a VèVè Clark —especialista en teatro haitiano— por la misma tarea y fundamentalmente por su participación en números especiales como el dedicado a Haití. En esa ocasión la académica fue guía de Rowell en el viaje que este realizó con el fin de reunir material para la revista.

Los artículos académicos y los textos literarios publicados en la revista son muy variados. Dentro del segundo grupo se destaca la publicación y traducción de textos como “Madrugada, Me Proteja! Monólogo em um ato” de Cuti (Luiz Silva), traducido por Phyllis Peres y Sortilégio: Mistério Negro de Abdias do Nascimento, traducida por A.N., en el número dedicado a la literatura afro-brasileña (Vol. 18, N° 4, Otoño 1995); o las obras de autores haitíanos publicadas en los dos números dedicados a la isla en 1992: Anacaona de Jean Métellus, traducida por Carrol F. Coates, además de una entrevista al autor de Mohamed B. Taleb-Khyar en el primer tomo y Kaselezo (a play) de Franketiénne, traducida por Paulette Richards.

En el primer grupo se destacan artículos en los números especiales citados, promoviendo no solamente los textos traducidos sino interpretaciones de obras o períodos dentro de casos nacionales: el número especial sobre Brasil en el que aparece la obra de Abdias do Nascimento publica a su vez un artículo de Leda Martins, “Uma Coreografia Ritual: As Trilhas dos Orixás em Sortilégio” que proporciona una interpretación posible del texto. Algo similar ocurre en el número dedicado a la obra de Marysé Condé, una escritora de Guadalupe (Caribe francófono) y docente de la Universidad de Virginia, en el que se publica el artículo “Reading Maryse Conde’s Theatre” de Christiane P. Makward. Finalmente, en los dos números especiales sobre Haití se publica un artículo de VèVè Clark, docente y colaboradora de la revista, quien repasa las principales tendencias del emergente nuevo teatro haitiano en “When Womb Waters Break: The Emergence of Haitian New Theater (1953-1987)”. La política editorial de la revista, orientada principalmente a la literatura escrita por afro-americanos, también incluyó la publicación de teatro: dos obras de Rita Dove —colega del director de Callaloo en Virginia—, una en Vol. 14 N° 2 y otra en Vol. 17 N° 2, y las obras de Dominic A. Taylor y Mark R. Green en el número especial dedicado a escritores emergentes varones (Vol. 21 N° 1) por citar dos ejemplos.

La revista Callaloo introduce la idea de la diáspora africana y con ella se diferencia del lingüístico que propone la Afro Hispanic Review, incluyendo en su perspectiva el Caribe neerlandés, anglófono y francófono aprovechando las habilidades del equipo docente de su Universidad, estudios sobre Brasil, Puerto Rico, así como casos nacionales poco estudiados como la Guyana Inglesa o Suriname. La presencia del teatro es marginal en la revista y se destacan la poesía y la narrativa. El eje central es la literatura afro-norteamericana y la diáspora latinoamericana una línea importante pero lateral, fundamentalmente centrada en el Caribe anglófono, como lo demuestra la antología Making Callaloo. 25 years of black literature publicada por Charles Henry Rowell en 2002, en la que apenas diez autores de un total de cincuenta y siete, nacieron en el Caribe o Brasil.

Una revistas especializada en teatro: Latino American Theater Review (LATR)

Una de las revistas especializadas en teatro es LATR, dirigida por Woodyard y fundada en 1967. En primer lugar la idea de América Latina implícita es amplia: durante toda su historia la revista publicó artículos sobre Brasil y el Caribe en tanto región y también sobre países francófonos como Haití. A partir de la segunda mitad de la década del setenta del siglo XX, coincidiendo con el momento de inicio de los estudios sobre la literatura de los afrodescendientes latinoamericanos, LATR publicó sus primeros artículos sobre las representaciones del negro en el teatro latinoamericano.

Así lo indica el texto de Colin M. Pierson (The City University of New York) publicado en 1976, cuyo tema son las obras teatrales de Henrique Coelho Neto (1864-1934), quien introdujo en el teatro brasileño a los africanos y su cultura con obras como O Relicário (1899) y O Diabo no Corpo (1905) (1976: 58). Pierson concluye que el aporte más duradero de Coelho Neto fue introducir el tema de la “subcultura” africana en Brasil y convertirlo en un tema apropiado para el teatro (1976: 62). Dos años atrás Pierson había publicado su tesis doctoral The post-romantic drama in Portugual and Brazil en la Universidad de Nueva York. En 1980 la revista publica dos artículos relacionados a los afrodescendientes “La fiesta del mulato de Luisa Josefina Hernández” de Kristen F. Nigro y “Religious Syncretism in Contemporary Brazilian Theatre.” de Virginia A. Brownell-Levine (Vol. 13, N° 3). El primero analiza la obra La fiesta del mulato (1971) de la mexicana Hernández. La investigadora conoce la obra a través de su traducción al inglés (The Mulatto’s Orgy), que apareció en el libro de William I. Oliver Voices of Change in the Spanish American Theater (Austin: University of Texas Press, 1971. 222-55). El artículo analiza, entre otros aspectos, la historia y la construcción de este personaje mulato, sus relaciones con indios y mestizos, y con el sistema judicial colonial que lo castiga por sus excesos.

También tuvieron un lugar las representaciones del sincretismo religioso que Virginia A. Brownell-Levine (Universidad de Miami) propone como una de las variantes temáticas del teatro brasileño entre 1965 y 1980. Brownell-Levine recorre las obras História de Oxalá. Festa do Bomfim (1957) y Três Mulheres de Xangô (1958). En ambas, afirma la autora, “one observes the harmonious coalescence of Christian and Afro-Brazilian religious elements” (116). Luego menciona un número importante de obras de autores brasileños contemporáneos que representan este sincretismo religioso: Aruanda (1947) de Joaquim Ribeiro; Filhos de Santo (1949) de José de Morais Pinho; Além do Rio (1957) de Agostinho Olavo; O Castigo de Oxalá (1961) de Romeu Crusoe; Sortilégio (1951) de Abdias do Nascimento (obra publicada en la revista Callaloo en 1995 en su idioma original y traducida al inglés por A.N.); Vereda da Salvação (1964) de Jorge Andrade; Orfeu Negro de Ironides Rodrigues y O Processo do Cristo Negro de Ariano Suassuna. A su vez destaca la importancia del Teatro Experimental Negro, liderado por Abdias de Nascimento y del Teatro Popular Brasileiro en la empresa de representar ese sincretismo religioso (116). En este trabajo no se interpreta la cultura africana en Brasil como una “subcultura” a la que un autor blanco le da estatuto de arte (Pierson) sino que se ofrece una interpretación del sincretismo religioso como una unión armoniosa entre cristianismo y elementos religiosos afro-brasileños.

Otros dos artículos se dedican al caso brasileño y están dedicados al grupo Teatro Arena de São Paulo fundado en 1953 y a su director Augusto Boal, director artístico de 1956 a 1971 y creador del teatro del oprimido. El primero, publicado en 1987,“Acting into Action: Teatro Arena’s Zumbi” de Margo Milleret, analiza la obra Arena Conta Zumbi de 1965. Para Milleret: “The company’s new communicative goals, a reaction to political events of the mid sixties, simply gave renewed value to an ancient function of the theatre: ritual celebration” (18). La autora destaca la obra porque, entre otras características, representó un punto de quiebre para el grupo que, según Boal, pasó de querer reflejar la realidad a querer transformarla (21). Por esa razón utiliza el personaje de Zumbi, un negro cimarrón que lideró una prolongada resistencia contra el imperio portugués en el siglo XVII.

La investigadora traza paralelos entre elementos de las obras y el contexto político de Brasil. Por ejemplo cuando analiza la utilización de expresiones como “peligro negro” o “el negro es un peligro para nuestra tradición” que, según la autora, refieren a expresiones como “rojos” o “comunistas” utilizados por los conservadores para “discredit social reformers and frighten the middle class into accepting a military coup” (23). Finalmente concluye que: “Zumbi was a success in 1965 because it integrated both the political and artistic concerns of its creators into a play and a performance ideally tailored to the intellectual resources and political needs of its audience” (26). Posiblemente este artículo derive del trabajo que su autora había publicado en 1986, Teatro de Arena and the Development of Brazils National Theatre, en la Universidad de Texas en Austin.

El segundo artículo se pubica en 1996, casi diez años después, “The Muses of Chaos and Destruction of Arena conta Zumbi” de Robert Anderson de la Universidad de North Carolina. Es una nueva interpretación que toma como antecedente el trabajo de Milleret y considera bibliografía y fuentes no trabajadas por su antecesora (los textos del propio Boal por ejemplo). Anderson afirma que la primera crítica enfatiza los motivos estéticos o políticos del desarrollo de Arena pero que su objetivo es analizar cómo la obra Zumbi “destroyed existing theatrical codes” (17). El autor analiza las fuentes literarias e históricas utilizadas para la obra por Boal y Gianfrancesco Guarneri, entre ellas la novela de José Felício dos Santos Ganga-Zumba (1962), cuyas “conexiones intertextuales” con Zumbi son altas, aunque la obra teatral tiende a “la economía que corresponde al modo dramático” (18) y pasa a analizar la forma en que la obra destruye el código teatral, tal como lo plantea Boal por esos años: “separation of character and actor, unity of narrative point-of-view, eclecticism of style and genre, and use of music and song” (16-17). Anderson concluye que la popularidad de la obra, aún en dictadura, “stems from the renewing and empowering nature of the sacrificial ritual, the celebration of which was made possible by the shift in theatrical codes” (26).

El caso del Teatro Negro Experimental de Brasil

A partir de esta primera exploración sobre el marco en el que surgen en los Estados Unidos los discursos críticos sobre el teatro de la diáspora africana en América Latina y el Caribe, analizaré el caso de Brasil y Uruguay. El Teatro Experimental Negro de Abdias do Nascimento me permite unir el análisis de las dos publicaciones en las que profundicé: Callaloo y LATR. El interés por Brasil como objeto de estudio está ligado a la decisión del gobierno federal de EE.UU. de orientar la financiación al estudio de zonas poco frecuentadas (Remedi 109) a partir de Ley de Educación para la Defensa Nacional de 1958 (y que los departamentos de estudios hispanoamericanos aprovecharon para obtener fondos creando programas de estudios del portugués y de literatura lusófona, y cambiando sus denominaciones por Departamentos de Español y Portugués.)

La obra de Abdías do Nascimento y el Teatro Experimental Negro (TEN) se analiza en dos textos ya mencionados: uno de Brownell-Levine, publicado en LATR en 1980 y otro de Leda Martins, publicado en Callaloo en 1995. El propio Abdias do Nascimento define el Teatro Experimental do Negro (TEN) con estas palabras: “Fiel à sua orientação pragmática e dinâmica, o TEN evitou sempre adquirir a forma anquilosada e imobilista de uma instituição acadêmica. A estabilidade burocrática não constituía o seu alvo. O TEN atuou sem descanso como um fermento provocativo, uma aventura da experimentação criativa, propondo caminhos inéditos ao futuro do negro, ao desenvolvimento da cultura brasileira. Para atingir esses objetivos, o TEN se desdobrava em várias frentes: tanto denunciava as formas de racismo sutis e ostensivas, como resistia à opressão cultural da brancura; procurou instalar mecanismos de apoio psicológico para que o negro pudesse dar um salto qualitativo para além do complexo de inferioridade a que o submetia o complexo de superioridade da sociedade que o condicionava. Foi assim que o TEN instaurou o processo de revisão de conceitos e atitudes visando à libertação espiritual e social da comunidade afro-brasileira. Processo que está na sua etapa inicial, convocando a conjugação do esforço coletivo da presente e das futuras gerações afro-brasileiras”. (2004, versión digital)

En el primero se propone una interpretación del sincretismo religioso como una relación armoniosa entre la Iglesia Católica y la religiosidad africana, la obra Sortilégio de Abdias do Nascimento se engloba en esta interpretación. La revista Callaloo publica Sortilégio en su idioma original y su traducción al inglés. Además incorpora un artículo de Leda Martins en el que se analiza la obra citada tangencialmente en el artículo de Brownell-Levine. El resultado es una lectura que cuestiona la “fusión armónica” de ambas religiones. La obra, afirma Martins, fue escrita en 1951 y estrenada por Nascimento en 1957 después de varios problemas de censura (1025) y dramatiza “el rito de pasaje de Emanuel, de negro asimilado y aculturado a un individuo reintegrado a los valores culturales afro-brasileros” (1026). Emanuel se sitúa en un espacio de confluencia y mediación que lo va transformando, se “confronta con sí mismo y con los signos de blancura que hasta ese momento lo hechizaban” (1027) y concluye reforzando no la idea de un sincretismo armonioso sino de una sociedad hegemónica que niega la religiosidad afro-brasileña con la que Emanuel debe encontrarse, pero para proponer una cultura negra de “cruzamientos, intersecciones, fusiones, desvios, desorientación, fisuras, rupturas, confluencias, multiplicidad y ambigüedad, origen y diseminación” (1030).

La distancia entre ambos textos no solamente está signada por los quince años que las separan, sino por un cambio en el marco interpretativo desde el que se leen las obras. La crítica a las ideas de integración armoniosa y a las formaciones nacionales a partir de miradas de género, etnia o clase que empiezan a circular en los noventas en el latinoamericanismo de los Estados Unidos, y que se difunden también entre los académicos reunidos en torno a Callaloo, hacen imposible una lectura como la propuesta por LATR en 1980. Pero además de esta nota de contexto es importante señalar la gran diferencia de estrategias editoriales. En 1980 la revista LATR publica el artículo de Brownell-Levine para una comunidad especializada bajo el supuesto del conocimiento implícito de la obra y su autor. La revista Callaloo publica la obra en su idioma original, la traduce y además indica una lectura sobre la experiencia del TEN a través de un artículo, mostrando además un interés por el caso brasileño muy distinto al de LATR.

Conclusiones

Como sostiene Remedi (2011) uno de los pilares fundamentales de los estudios latinoamericanos en Estados Unidos fueron los estudios hispánicos (51). Esta línea hispanista se benefició de la financiación pública y privada, de los intereses comerciales y las políticas públicas orientadas a los asuntos internacionales de los gobiernos federales. Sobre su influjo se crearon además de las publicaciones estudiadas, revistas como Gestos o LATR —especializadas en crítica teatral— o revistas como Afro Hispanic Review, a la que no pude acceder en esta etapa de la investigación. La revista Callaloo presenta una situación liminar porque proviene de los estudios sobre los afro-norteamericanos aunque progresivamente fue incorporando el concepto de diáspora africana que trajo consigo el interés por zonas de América Latina y el Caribe desatendidas por la crítica.

Considerar el marco interpretativo del panafricanismo, como discurso internacionalista del movimiento social negro en Estados Unidos, solidario con la situación de la diáspora africana en el Caribe y luego expandido a toda América Latina, Asia y África, sustentando en relaciones políticas y personales, no es nada despreciable. El panafricanismo surge en los Estados Unidos y aparece como concepto y como práctica política en la obra de W.E.B. Du Bois, un intelectual afroamericano que lideró el movimiento social negro durante las primeras décadas del siglo XX. En su ensayo The souls of Black folk (1903) Du Bois planteaba que “El problema del siglo XX es el problema de la línea de color, la relación de las más oscuras hasta las más claras razas de hombres en Asia y África, en América y en las islas del mar”. Para Gomez, Du Bois es el “arquitecto líder del constructo que hoy llamamos la diáspora africana” (177). Si bien en su artículo no hay ningún elemento que permita identificar este tránsito de la idea del panafricanismo a la de diáspora africana, dejo planteado en este artículo la riqueza del cruce entre los estudios afro-americanos y los latinoamericanos en Estados Unidos, que amplía la mirada sobre zonas poco estudiadas y supera el criterio lingüístico de los afro-hispanistas.

Por último, el diagnóstico de Marvin Lewis en 1995 sobre la marginalidad del teatro en los estudios literarios sobre los afrodescendientes de América Latina y el Caribe, sobre su interés de publicar fuentes y análisis académicos, parece haber dado en el clavo, aunque también es cierto que su propio trabajo y el trabajo de sus discípulos y colegas en Estados Unidos han revertido esta situación en la actualidad. No menos importante resulta el relevamiento (incompleto) de las revistas que podría ayudar a relativizar el juicio de Lewis, al menos para el caso de las revistas consultadas para este trabajo. Quiero señalar que la opción por los casos nacionales de Cuba y Brasil, en detrimento de casos menos significativos o menos “redituables”, repercute en la capacidad de establecer mapas más completos de la cuestión y hacer comparaciones que podrían enriquecer las diferentes perspectivas teóricas y críticas expuestas en este trabajo. El acceso limitado a la bibliografía, fundamentalmente a la publicación de las tesis y estudios de muchos de los articulistas mencionados, es otra variable a tener en cuenta. En esta primera aproximación queda planteado un marco general y algunas líneas sobre las que profundizar en futuras investigaciones.

Alejandro Gortázar

El texto completo fue publicado en el libro compilado por Gustavo Remedi Horizontes y trayectorias críticas. Los estudios del teatro latinoamericano en Estados Unidos con el título “Los estudios latinoamericanos en Estados Unidos y el teatro de la diáspora africana en América Latina y el Caribe (1990-2010)”

 

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