La independencia como ficción

Porta Intemperie

En un libro que ya es famoso entre los académicos Doris Sommer (1991) plantea su interpretación de lo que llama “romances fundacionales”. Jugando con el significado de la palabra romance en inglés que remite tanto a la novela rosa como a las relaciones amorosas, Sommer encuentra en textos románticos como Amalia de José Mármol (publicada en folletín entre 1851 y 1855) o María de Jorge Isaacs (publicada en 1867) relatos basados en “el amor natural heterosexual y en los matrimonios, que proveen una figura aparentemente no violenta de la consolidación de los conflictos a partir de la segunda mitad del siglo XIX”. Apelar a estas relaciones tenía como objetivo que las élites letradas conquistaran los corazones de los ciudadanos fomentando intereses comunes (como el amor) antes que la utilización de la fuerza.

En las interpretaciones de Sommer el éxito de un proyecto nacional estaba relacionado, en las novelas, con el éxito de las relaciones amorosas. Cuando esto no sucedía, cuando estas relaciones fracasaban, se debía a que los conflictos de los Estados-nación emergentes no permitían construir un proyecto común. Así, para citar un ejemplo, las luchas entre unitarios y federales impidieron que Amalia y Eduardo pudieran ser felices en la novela de José Mármol. Esta lectura alegórica de los “romances fundacionales” resulta muy productiva a la hora de comprender el trabajo de la ficción en los procesos de imaginación de la nación.

Pero qué relación puede haber entre esta lectura, que bien podría circunscribirse al siglo XIX, y dos novelas históricas publicadas una en 1963 y otra en 1968 en Uruguay. Por qué un escritor como Eliseo Salvador Porta, nacido en el departamento de Artigas, encara la tarea de escribir dos “romances fundacionales” en pleno siglo XX. En este trabajo intentaré dar respuesta a estas preguntas partiendo de una reflexión de Stathis Gourgouris, que introduce la cuestión de la interpretación de los sueños en el psicoanálisis de Freud y afirma que la nación es una forma histórica porque “no puede hacer más que reemplazar su estado onírico por una interpretación del mismo.” y en ese sentido “[s]i una nación sobrevivirá como un sueño o no depende de cuanto tiempo pueda sostener su propia interpretación como un síntoma sensible de su existencia”. Una reflexión de este tipo permite comprender no sólo la publicación de las novelas históricas de Porta sino las continuas celebraciones de Centenarios y Bicentenarios como parte de los intentos de los partidos que gobiernan el Estado por mantener una interpretación de sus sueños o proyectos de nación.

Así la celebración del actual Bicentenario del proceso emancipatorio en la Banda Oriental establecida por el Estado para el período 2010–2015 aparece como un contexto indicado para republicar las novelas históricas de Eliseo Salvador Porta juntas. Porque toman como materia narrativa el proceso que va de 1811 a 1820 liderado por José Gervasio Artigas, y porque fueron publicadas en un contexto histórico distinto al presente que tuvo también centenario (de la muerte de Artigas, en 1950) y bicentenario (de su nacimiento, en 1964). Ambos festejos sirvieron de estímulo, como el actual, para la creación artística mediante diferentes premios y eventos. Fue precisamente a raíz de cierto malestar con los festejos oficiales de 1950 que Eliseo Salvador Porta escribió su ensayo Artigas.Valoración psicológica, publicado en 1958.

Pero un nuevo clima de festejos generó las condiciones para que aparecieran sus dos novelas históricas: Intemperie (1963), premiada por el entonces Ministerio de Instrucción Pública, y Sabina (1968), ganadora del primer premio de un concurso organizado por El País en el bicentenario del nacimiento de Artigas en 1964. Ambos textos tuvieron un éxito importante, con tres re-ediciones en vida del autor en el caso de Intemperie y ediciones póstumas en ambos casos. Además Porta dejó unos apuntes para una tercera novela que titularía 1815 cuya primera publicación parcial fue hecha por Hugo Fontana en el semanario Brecha en 1987.

2. Narrar la nación: las novelas históricas de Eliseo Salvador Porta

¿Cuáles son los motivos que llevan a Porta a escribir dos romances fundacionales? ¿En qué consistió ese proyecto literario al que Porta dedicó los diez últimos años de su vida? Una carta del escritor fechada en Tomás Gomensoro el 28 de junio de 1958, enviada al profesor de historia Ariel Dieste –radicado en la capital de Artigas– ofrece una primera clave:

si me hubieran satisfecho los homenajes que se tributaron a Artigas, no habría escrito ese ensayito donde defiendo su esencial filantropía; no su eficiencia en tal o cual menester (legislador, gobernante, militar, etc.) sino «la excelencia de su devoción (sic)»

La carta tenía como objetivo anunciar a Dieste que un ensayo suyo sobre Artigas iniciaba ese día un viaje desde el norte del país hasta Montevideo para su publicación. Con cierto desencanto, Eliseo Salvador Porta, instalado en el departamento de Artigas, a casi 600 km de distancia de Montevideo, rechazaba la fiebre de conmemoraciones oficiales que se tributaron a Artigas en 1950 con motivo del centenario de su muerte, y proponía su versión –un Artigas “cristiano”, deslumbrado por la historia de San Francisco de Asís– al margen de las versiones políticas y militares que le antecedían.

El ensayo Artigas. Valoración psicológica recurría a la ficción mediante un diálogo con Don Plácido, el maestro rural creado por Porta en De aquel pueblo y sus aledaños (1951), su primer libro de cuentos. En ese diálogo el autor exploraba la psicología del héroe nacional en función de una vertiente cristiana (San Francisco de Asis) y otra literaria (El Quijote de la Mancha). El libro, independientemente de la importancia que pudieran tener sus hipótesis, abre el proyecto novelístico de Porta compuesto por Intemperie, Sabina y 1815 desde esta mirada crítica al héroe de bronce no exenta de algunas paradojas.

El diseño del proyecto narrativo

Pero además de las críticas a los festejos de 1950, estas novelas históricas tienen otros objetivos que Porta expresa de este modo en una carta que enviara al crítico Arturo Sergio Visca:

[Mis novelas históricas] son, como el cuadro ingenuo de los 33 orientales de Blanes, algo destinado a dar apoyo al concepto de Patria por parte de estudiantes y gente común. No están escritas para los críticos, con los cuales mis relaciones son mínimas con satisfacción para ambas partes. Yo me las entiendo directamente con el lector anónimo que compra y agota mis libros en las librerías. (En Da Rosa: 108).

Porta persiguió entonces un fin pedagógico para nada ingenuo, como no lo fue el cuadro de Blanes, y al mismo tiempo uno económico, cuyos resultados fueron buenos dentro de los modestos límites del medio, al menos para el caso de Intemperie.

Pero Blanes no fue la única continuidad que Porta estableció con el siglo XIX. Su relación con el proyecto narrativo de Eduardo Acevedo Díaz también aparece en la carta a Eladio Dieste: “En fin, el género [la novela histórica], inexistente desde Acevedo Díaz, merecía un esfuerzo.” En este breve pasaje Porta establece una línea directa con Acevedo Díaz. De hecho su trabajo se sitúa en el vacío de diez años (de 1811 a 1821) que el narrador no aborda, entre Ismael (1888) y Nativa (1890). Porta retoma la historia donde Acevedo Díaz la había dejado con las herramientas y características de su propio estilo.

Además de estas líneas de continuidad que Porta establece con el siglo XIX me interesa destacar también su compromiso con el arte y su concepción de su relación con la historia. En una carta dirigida a su amigo Ariel Dieste escrita en 19644, un año después de la publicación de Intemperie, Porta afirma:

Pude, en la novela, procurar acercarme más a Artigas, pero no era ese el propósito, sino más bien levantar una imagen de la emigración, plástica, colorida. Además si el personaje es próximo su perfil no admite muchos retoques. Ellos sólo son posibles con las figuras casi míticas del lejano pasado […] Es asombroso lo poco que se trabaja a favor de la patria. Los escritores están en deuda con ella: hubo episodios, propósitos, sacrificios, y apenas se ha recogido eso en el arte. Este debe ir, paralelamente a la historia, dando su versión.

Para Porta no se trata de hacer una crónica o un documento sino de escribir la historia desde una postura estética. Con sus novelas pretende pagar una deuda con “la patria” y asumir una tarea, en cierto sentido mesiánica, que los otros artistas no han asumido. Y para Porta esa tarea no es para nada servil a la historia sino que es otra “versión” de la historia. Esto queda expresado claramente al hablar de su representación de la “redota” como “plástica, colorida”. No se trata de reproducir la historia sino de dialogar con ella y ofrecer una versión distinta.

La novela histórica como forma literaria está ligada al nacionalismo desde sus orígenes a comienzos del siglo XIX, desde Walter Scott hasta hoy, momento en el que aún parodiando la nación y las formas narrativas decimonónicas, sigue desarrollándose como un género literario específico. Basta leer la obra de Tomás de Mattos (especialmente ¡Bernabé, Bernabé! de 1988) o de Amir Hamed (especialmente Troya blanda de 1996) para ver las posibilidades que ofrece el género para la parodia y la re-escritura. Pero en el siglo XIX y al parecer para Porta también, una de las funciones de la novela histórica fue familiarizar a la comunidad imaginada con el pasado histórico a través de la reconstrucción de sus mitos de origen. Por esa razón Porta, enmarcado por nuevos festejos alrededor de Artigas, elige la novela histórica como forma para sus intenciones de narrar el nacimiento de la nación.

Intemperie: la novela de la “redota”

Hay dos tramas relacionadas en los diez capítulos de Intemperie. La primera es la historia de “la gente de Balta Ojeda”, caudillo vinculado a Artigas. Y especialmente el amor entre Quela y Altivo. Altivo es parte de los peones que trabajan para “El Capataz” en la estancia y Quela (Ezequiela) una mestiza que es “sobrina” del mismo. La historia de Quela es narrada en el capítulo II. Es hija ilegítima de un español y una indígena. El español es dueño de la tierra que El Capataz trabaja. Este criará a Quela junto a su esposa discapacitada, un personaje que permanece sin nombre durante toda la novela. La segunda trama es la que relata los hechos históricos en el período que va de julio a diciembre de 1811 en el que se produce el éxodo o “redota”. Para construir esta trama el narrador recurre a veces explícitamente a documentos históricos que son citados en el cuerpo del texto y explicados en nota a pie. Lo cual, a veces, entorpece en parte la ficción.

Hacía referencia en el apartado anterior a la resistencia de Porta al centenario de la muerte de Artigas en 1950 que dio lugar a su ensayo publicado ocho años después. Sin embargo, es necesario señalar que el propio ensayo no consiguió superar la idea, muchas veces estimulada por distintos gobiernos e historiadores, de un héroe romántico, un individuo preclaro que arrastró tras de sí a un pueblo todavía en ciernes, al que unió con su liderazgo natural. Intemperie corre el mismo riesgo al monumentalizar a Artigas.5 Un pasaje al comienzo de la novela ya muestra esta tendencia:

Cabalgaba derecho, con la nuca y la espalda en una línea, de suerte que la cabeza se destacaba neta de los hombros, con una nitidez estatuaria [a tal punto que] el sacudimiento del trote no la alcanzaba (27)

Sin embargo, a pesar de esta representación monumental y de pasajes en los que es descrito como patriarca, es posible recoger en la novela un desplazamiento fundamental respecto a la reinterpretación de Artigas en el campo de la historiografía de los años sesenta. Según Ana Frega (1998) se trata de un cambio en el centro de la argumentación, que va de lo político (abundante en la visión tradicional) a un énfasis en lo social. Este desplazamiento, iniciado por los historiadores Petit Muñoz y Pivel Devoto, se hizo central en los sesenta, y se consolidó a partir de los festejos del bicentenario del nacimiento de Artigas.

Un ejemplo de esta transformación puede ser la publicación del libro El pueblo reunido y armado (1967) de Agustín Beraza. El libro toma su título de un documento firmado por Artigas en 1812. Según la reseña del libro que José Pedro Barrán hiciera en el semanario Marcha en enero de 1968, Beraza invierte la lectura tradicional del Éxodo que postula a Artigas como conductor del pueblo, proponiendo un Artigas conducido por el pueblo. De esta forma Barrán sostiene que Beraza sin “despreciar” al héroe “pasa de una historia de héroes a una historia de pueblos, mucho más auténtica e inclusive más enaltecedora del propio caudillo que surge como el conductor de un pueblo consciente, y no como el pastor de un rebaño” (29), cuestionando así la visión de la historiografía tradicional sobre el héroe.

Intemperie recoge en parte estas transformaciones aún cuando en algunos pasajes recurra a metáforas de la antigua interpretación, lo cual es propio de un momento de transición a una nueva. La selección del Éxodo no es arbitraria sino que representa el espacio utópico en el que “independientemente de la desigualdad y la explotación que en efecto puedan prevalecer en cada caso, la nación se concibe siempre como un compañerismo profundo, horizontal” (25) como propone Benedict Anderson. Precisamente este es el sentido que la novela va generando capítulo a capítulo desde que se produce la retirada de Artigas en el capítulo VII hasta el final. En ese proceso, ricos y pobres, negros, indígenas y europeos comparten el alimento, el mate, el fuego, las payadas:

La comunidad aumentó entre los individuos y los grupos, y la conciencia de un mismo destino se afirmó en todos, cualesquiera fuesen los motivos particulares que en cada uno hubiesen primado en los comienzos (117)

En los fogones el pueblo se une, una “figura” reiterativa en el relato nacionalista:

Todo el mundo se reúne en los fogones.

Por la noche su atracción es irresistible. Arden enormes, como si muchos hogares familiares se hubiesen sumado y refundido, para que allí se acrisolara la unidad de un pueblo.

En torno a ellos nadie se siente desamparado y solitario. (128–29)

Y Artigas es representado, como se propone desde la nueva historiografía, el líder en cuyas manos el pueblo pone su destino. Un líder excepcional que logró unir al pueblo en su diversidad étnica:

Contadas veces la historia puso tan completamente la suerte de un pueblo en manos de un hombre; y poquísimas ese pueblo comprendió negros africanos, indios americanos y blancos descendientes de europeos (123)

La construcción de la nación en movimiento, relatada en Intemperie, encuentra su final a orillas del Río Uruguay. La carreta de la heroína de la novela cruza el río:

Detrás entran al agua otras carretas y jinetes que integrarán esa tanda.

El cruce del río continúa.

Durará todo ese mes, con el cual concluye el primer año de la Patria. (159)

Este cruce del río cierra la novela y termina de consolidar la “Patria”. Es muy significativo que el relato termine aquí e igualmente lo es que Quela y Altivo se separen. En el reparto de género que permanentemente propone la novela, la mujer tiene un rol pasivo. Quela sigue las órdenes de Altivo que, confinado a la lucha política, debe ir a la guerra. En el mismo capítulo de cierre ambos quieren casarse pero el padre Santiago Figueredo, párroco de Florida, nombrado por Artigas “Capellán del Ejército Patriota” (149) los rechaza y sus razones son elocuentes: “¡Ustedes también, Virgen Santísima! ¿Pero no ven los imposibles en que andamos? Todo nos falta en esta vida errante: ni fe de bautismos, ni libros, ni nada. ¡No!, ¡no! Paciencia, paciencia; y nada de malicias, que Dios los está mirando.” (150).

Uno de los líderes del grupo Asir, Washington Lockhart, reseñó Intemperie para el semanario Marcha en agosto de 1964. El título –“Un documento más que una novela”– expresa bien cuál es su perspectiva y su cuestionamiento a la novela. Para Lockhart, “el protagonista principal es el pueblo que tomó conciencia de sí en el Éxodo, cuya minuciosa descripción ocupa la parte principal de la novela. En realidad apenas si podemos llamarla una novela pues el amor entre Altivo y Quela […] no se conjuga muy bien […] con la atmósfera épica en que está inmersa”. Para Lockhart las dos tramas a que hacía referencia al comienzo del apartado no parecen estar unidas ni resueltas bien desde el punto de vista estético. Si bien es cierto que el balance entre una y otra trama se resuelve a favor de la historia de la “redota”, es posible leerlas juntas si pensamos Intemperie como una alegoría de la nación algo paradójica. Al mismo tiempo que el pueblo se unía en el éxodo cruzando el río hacia Argentina, que por cierto pone en cuestión la nacionalidad que el liderazgo de Artigas viene a representar en la novela, el amor de Quela y Altivo no puede concretarse. En parte porque todavía el pueblo no está asentado en su territorio y es necesario seguir luchado para conseguir ese objetivo.

Sabina: más ficción

Si Intemperie era más un documento que una ficción es posible decir que Sabina invierte esta relación privilegiando la ficción sobre la historia. La novela está dividida en dos partes: del capítulo I al IX la primera, del X al XX la segunda. Desde el punto de vista de la ficción no hay ninguna continuidad con la novela anterior salvo la cronología de los hechos históricos. Altivo, Quela, El Capataz y demás “gente de Balta Ojeda” desaparecen para dar lugar a la familia Aguirre, de origen español e hidalgo, que regresa del Ayuí a su estancia destruida por la guerra contra los portugueses y los porteños. El relato se inicia con el cumpleaños número 18 de Sabina por el que todos la saludan. El último en hacerlo es Balta, su nombre es Baltasar Chávez, un peón que es cabo de Artigas y “es como de la familia” (10). Su historia de amor también se ve interrumpida por las luchas de la independencia y sufre un drástico corte al fin de la primera parte.

A diferencia de Intemperie Artigas no es representado en Sabina. Ni siquiera su voz escuchada por Altivo desde la puerta del rancho que le servía de cuartel general en el capítulo VIII de Intemperie. Es nombrado y se analizan sus acciones pero no es parte de la ficción. En su lugar cobra protagonismo Rivera, pero no en una versión monumental como Artigas en Intemperie sino como parte de la ficción. Porta parece haber recibido el mensaje que Lockhart le había enviado desde las páginas de Marcha. Aunque no desaparecen los documentos ni la voluntad de consignar las fuentes y los datos “históricos”. En Sabina son incorporados a la novela: el historiador deja paso al narrador. El procedimiento por el que las tramas de la historia y la ficción se mezclan son similares en ambas novelas, Altivo estaba con las fuerzas del caudillo Balta Ojeda y ahora Balta aparece como parte de las fuerzas que acompañan a Rivera.

Otro aspecto a destacar es el interés de Porta por los grupos étnicos que componen las fuerzas artiguistas y el pueblo en ciernes. Ya en Intemperie se ocupa de los afrodescendientes a través de los bailes que Altivo observa durante el éxodo en el capítulo VIII. Otro tanto ocurre con la presencia de los charrúas en Sabina que salvan a la heroína de una enfermedad contraída en Montevideo y son representados por Chibí que acompaña a Balta en varios pasajes de la novela. En el caso de los afrodescendientes de Intemperie es posible afirmar que Porta construye el punto de vista de Altivo en base a los relatos de viajeros que sólo ven en los bailes lascivia y falta de moral. De igual forma el charrúa aparece como un soldado aguerrido pero también como “un buen salvaje” que vive en contacto con la naturaleza.

Creo que la advertencia de Lockhart fue tomada por Porta con mucha seriedad al punto que el final de la novela está centrado en la historia de Balta, a diferencia de Intemperie en la que el Éxodo pasa a un primer plano en los últimos capítulos. La trama de los hechos históricos empieza a debilitarse a tal punto en favor de la ficción que los últimos tres capítulos relatan exclusivamente la persecución de Balta al teniente argentino Farías. La escena final de esta persecución es vertiginosa y mantiene al lector en vilo hasta que se resuelve. Como afirmaba al inicio de este apartado, Porta ha dado paso al narrador minimizando la historia.

En julio de 1968 Alberto Paganini reseña la novela en Marcha señalando el “valor creativo” de Porta al “continuar un género literario que un maestro [se refiere a Acevedo Díaz] pareció llevar a sus últimas consecuencias”. Y agrega: “Y si Porta no es dueño de la animación suprema que Acevedo Díaz supo imprimir a muchas de sus escenas, posee en cambio un sentido de la proporción y un cuidado meticuloso de la frase que no siempre abunda en las obras de nuestro primer novelista” (31). Con otra perspectiva pero en sentido similar Arturo Sergio Visca, integrante de los dos jurados que dieron a Porta el primer premio, agregaba desde El País en mayo de 1968: “Creo que Sabina supera notoriamente a Intemperie en la construcción argumental [En esta] el hilo anecdótico se desenvuelve con poco rigor, los personajes se unen y separan un tanto azarosamente y el conjunto no es del todo nítido. En cambio en Sabina, la trama es simple pero precisa y desenvuelta con ritmo narrativo adecuado” (En Visca, 1972: 350). Al juzgar por estas dos citas la crítica recibió con entusiasmo la segunda novela histórica de Porta señalando aspectos del estilo (economía, precisión, ritmo) relacionados con una búsqueda estética que había quedado algo opacada en Intemperie.

1815: apuntes para una novela

La tercera novela histórica que Porta no pudo concretar fue presumiblemente escrita en los últimos tres años de su vida. El lector podrá apreciar en estas páginas que estos apuntes siguen las líneas estéticas trazadas en las dos novelas anteriores. Otra vez el centro del relato lo ocupa un personaje subalterno, Martín Olivera. Se trata de un mulato, hijo de Joaquina, una esclava violada por su amo Don Fernando Olivera quien la embaraza y la obliga a trasladarse desde Montevideo a una estancia suya fuera de la ciudad. Martín es criado por un viejo gaucho de la estancia y su madre. Se une al cuerpo de caballería de Rivera y acompaña toda la gesta artiguista desde la Batalla de las Piedras hasta el momento en que Artigas se exilia en el Paraguay en 1820.

Se trata de un texto que Porta no terminó por lo que desconozco cómo hubiese podido solucionar algunos problemas. Es curioso por ejemplo que toda la gesta artiguista aparezca representada rompiendo con la continuidad histórica que había establecido entre Intemperie y Sabina, y pese al título que había elegido para el texto. O el peso que le da a la historia del padre de Martín. Por otro lado queda claro que seguiría utilizando el contrapunto entre la historia y la ficción, aunque el peso de los documentos es menor, tal vez porque esperaba insertarlos más adelante. Otra vez Porta, como en sus novelas realistas sobre el campo uruguayo, intenta dar un panorama de todos los grupos sociales poniendo especial énfasis en los grupos subalternos: esclavos e indígenas. Y particularmente describir sus reacciones ante la revolución artiguista.

En este proyecto de novela ya no hay una historia de amor que vertebre el relato sino violaciones. Tal vez sea posible atribuir este cambio a que se busca representar la derrota del proyecto artiguista. O quizás responda a la violencia política y al clima de resquebrajamiento del Uruguay liberal que marcan la década de los sesentas del siglo pasado. Lo cierto es que el proyecto narrativo de Porta parece sufrir algunos cambios aunque es difícil saber si estos se hubiesen plasmado en una edición definitiva a su cargo. Habría que concentrarse más en el proceso creativo de Porta para poder establecer algunas hipótesis que exceden este trabajo.

Nación, historia y ficción

Hacia fines de los sesentas había muchas cosas en juego en Uruguay. Una de ellas fue la apropiación de Artigas por parte de la izquierda, en un sentido amplio, que asumía la interpretación de los hechos adaptados a sus propios fines como ya lo habían hecho los sucesivos gobiernos o el Ejército. Entre las organizaciones que tomaron a Artigas en su discurso como eje de las reivindicaciones están la CNT o el Partido Comunista Uruguayo, que a través de un grupo de historiadores marxistas (Lucía Sala, Nelson de la Torre y Julio Rodríguez) fue uno de los más activos renovadores de las interpretaciones sobre Artigas. Los cañeros de Bella Unión surgieron también por estos años. Su historia fue “local” pero adquirió carácter nacional e incluso internacional. Los “cañeros” también se apropiaron de Artigas para difundir sus reclamos.

Lo hicieron con sus varias veces repetido “éxodo” invertido y dentro de fronteras –desde el norte a Montevideo– promoviendo los ideales artiguistas del reparto justo de la tierra y proclamando la necesidad de que los más “infelices” –según las palabras de Artigas– fueran los más privilegiados. El hecho concreto del “Reglamento provisorio de la Provincia Oriental para el fomento de la campaña y seguridad de sus hacendados”, apropiado y reinterpretado por los cañeros, fue central también en las revisiones historiográficas de los años sesenta y, por supuesto, en la mirada de un narrador comprometido con el país como Porta, que había escrito dos novelas que ponían en escena los problemas del campo (1953 y 1956), un ensayo sobre la reforma agraria (1961) y otro sobre la revolución (1969).

Para Anthony D. Smith el trabajo de un nacionalista con el pasado es similar al de un arqueólogo que define el lugar y el tiempo históricos de una comunidad para establecer luego sus nexos con el presente. La analogía de Smith con la arqueología está relacionada con su análisis del caso mexicano por el papel central de esa disciplina en la restitución del pasado de los pueblos originarios y sus lazos con el presente de la nación. Es posible plantear que, para el caso uruguayo, ese rol lo cumpla la historia. El hecho mismo de que Porta establezca un diálogo con ella desde la literatura muestra el papel central que la disciplina ha tenido en la construcción de la nación. El diálogo con la historia que Porta establece en los años sesentas le da más valor a su búsqueda estética. Pero no hay nada en sus novelas que establezca un diálogo entre el pasado que narran y el presente, como algunos escritores y críticos establecen en las novelas históricas que surgieron en la postdictadura uruguaya. Eso le correspondió en los sesentas y le corresponderá hoy a los lectores.

Este texto fue publicado como prólogo al libro Intemperie, Sabina y apuntes para una novela inédita (Montevideo: Banda Oriental, 2011). Edición, prólogo y notas de Alejandro Gortázar.

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