Una cultura de y para todxs

Luisi

Paulina Luisi. Fuente de la fotografía: Wikimedia Commons.

 

La colección de libros que trabajamos con la Biblioteca Comunitaria Paco Espínola de Paso de la Arena tiene varios hallazgos importantes: los cuatro tomos de las Efemérides uruguayas (1956) de Arturo Scarone, que registra hechos históricos desde el 1 de enero de 1730, fecha oficial de la creación de Montevideo, hasta 1950; el tomo I de los Escritos selectos de Andrés Lamas, los Cuentos completos de Carlos Reylestextos humorísticos de Peloduro y dos libros de Juan José Morosoli, entre otros.

No sería un problema, y creo que para muchos lectores tampoco, reconocer los nombres de estos grandes hombres de la literatura y las ideas en Uruguay. Sin embargo no sería tan fácil, creo, dar cuenta de las escritoras que aparecen en la colección. Siempre se podrá decir que lo que hizo que estos hombres se hicieran conocidos es la calidad de su literatura y no la homosociabilidad más o menos cerrada del campo literario o el conjunto de discursos y prácticas que sitúan a la mujer en el lugar del objeto pasivo (modelos para cuadros o esculturas, musas inspiradoras) y no de la productora de arte.

En esta colección, con excepción de Paulina Luisi, de quien se recuperaron obras fundamentales para la historia del feminismo en Uruguay, y de Delmira Agustini, el resto de las autoras difícilmente aparezcan en un lugar de destaque entre los grandes autores uruguayos. Pese a las condiciones siempre adversas, las mujeres escritoras y lectoras estuvieron presentes en la historia cultural uruguaya desde muy temprano en el siglo XIX, muchas veces bajo el amparo del paternalismo de los hombres, otras reproduciendo estereotipos de mujer-esposa-madre, en no pocas ocasiones como mujeres libres y luchadoras, a veces a contracorriente de la cultura hegemónica.

Feministas en todas partes

La lucha por la igualdad del movimiento feminista en Uruguay logró que la mujer uruguaya pudiera votar por primera vez en las elecciones de 1938. Según Sapriza un titular de la revista Mundo Uruguayo expresa la reacción de la cultura hegemónica ante el hecho del voto: “Las mujeres votan, ¿qué más pueden pedir?”. En 1946 se aprueba la ley N.º 10.783 que declara que hombres y mujeres “tienen igual capacidad civil”, que abría nuevos espacios de negociación con la cultura hegemónica.

En ese marco se inscribe la obra y la praxis de Paulina Luisi, que desarrolló su actividad y militancia tanto en el ámbito nacional como en el terreno internacional en la Liga de Naciones.

El libro La mujer uruguaya reclama sus derechos políticos, edición al cuidado de Luisi, reúne las intervenciones de un acto feminista realizado el 5 de diciembre de 1929 en el “Salón de Actos Públicos de la Universidad”, así como un anexo con documentos entre los que se destacan el Programa de la Alianza Uruguaya de Mujeres y el Programa del Consejo Nacional de Mujeres.

El discurso de Luisi recordaba un evento realizado el 25 de abril de 1917 en el mismo lugar, en el que 52 mujeres reclamaron “participar en la vida política de la nación”. Decía Luisi que ya no era un grupo reducido, que “la conciencia de la mujer uruguaya se ha despertado” y afirma: “La mujer de 1929 no tiene recelo en defender sus convicciones y en reclamar resueltamente los derechos que le corresponden y la participación que le pertenece en la vida nacional” (30). En más de 10 años las mujeres organizadas sentían y celebraban un avance significativo y el discurso de Luisi daba cuenta de la lucha de las mujeres en el escenario mundial y su lugar en la política.

La lista de oradoras da cuenta de un importante número de mujeres profesionales del derecho y la medicina: la propia Luisi (Doctora en Medicina), Carmen Onetti (Profesora de Secundaria), Leonor Hourticou (Maestra), Cristina Dufrechou (Maestra), Elisa Barros Daguerre (Doctora en Medicina), Elvira Martorelli (Abogada) , Laura Cortinas (Escritora), Luisa Machado Bonet de Abella Escobar (Escribana), Adela Barbitta Colombo (Periodista), Br. Olivia de Vasconcellos (Estudiante de Derecho), María Inés Navarra (Doctora en Medicina). Otras dos publicaciones relacionadas con el ámbito profesional de la medicina en las que las mujeres participan o son autoras son: Primera Semana Nacional de Defensa contra el cáncer (1930), en la que participa la Dra. Luisi entre siete hombres, y Insuficiencia cardíaca aguda del lactante (1938) de la Dra. María Luisa Saldún de Rodríguez.

Finalmente, los dos tomos de Otra voz clamando en el desierto (1948) de Paulina Luisi, como ella misma anuncia en su prólogo, recogen distintos trabajos suyos en “cuarenta años de lucha contra la Reglamentación de la prostitución y los regímenes de represión contra las mujeres prostitutas”, bajo el pretexto de “Lucha y profilaxis de las enfermedades venéreo-sifilíticas” (XVII). En el capítulo III la autora explica el abolicionismo y su lucha contra la reglamentación de la prostitución:

Nuestro deber de mujeres conscientes de nuestra misión en la humanidad, está en poner en juego todos nuestros esfuerzos para combatirla. Mientras no nos sea dado destruirla, hemos de empeñar todas nuestras energías para disminuir por lo menos sus efectos, facilitando la rehabilitación de las infelices que dieron un mal paso, e impidiendo por todos los medios a nuestro alcance la extensión del mal (41-42).

Esta reflexión, humanista y radical, que se negaba a aceptar la trata de personas y la conversión de la mujer en mercadería, disputaba el espacio público con los discursos higienistas pero también con los católicos. En 1947 un columnista de El Bien Público argumentaba contra la prostitución pero desde el lugar de lo indecoroso de su exhibición pública y fundamentalmente para reclamar al Estado que le dejara a la Iglesia la tarea de “redimir” a las mujeres que se entregaban al vicio (26 de octubre de 1947). El feminismo contemporáneo, con otras referencias teóricas y otros problemas en el horizonte, sigue debatiendo la prostitución en términos de abolicionismo o reglamentación.

En Montevideo hay (mujeres) poetas

En el acervo digitalizado aparece la poesía escrita por mujeres en Uruguay en un período largo de tiempo que va de 1898 a 1950. La muestra se abre con Aleteos: primeras poesías (1898) de María Herminia Sabbia y OribeOro viejo(1910) de Esther Parodi Uriarte de PrunellLos astros del abismo (1924), edición póstuma de Delmira AgustiniConciencia del canto sufriente (1928) de María Adela BonavitaTrilogía de la maternidad (1937) de Maruja Aguiar de Mariani; y, finalmente, tres libros de Graciela Saralegui LeindekarHilera de tréboles (1942), Sombras sin sueño (1949) y Mares vegetales (1950).

La poesía de Sabbia y Oribe, deudora de una estética romántica, está dedicada a sus padres y recibe el apoyo, a través de textos que anteceden sus propios textos, de intelectuales hombres como Eduardo Acevedo Díaz o Carlos Roxlo. La investigadora María Bedrossián la señala entre un conjunto de autoras desconocidas o poco estudiadas que escriben y publican entre 1890 y 1910:

Entre la fidelidad a lo oficial y su “saberse” escritora –no olvidemos que son de las primeras en probar la escritura– cada una irá ilustrando aspectos de la evolución de su propia obra en lucha o en alianza con la cultura masculina. Con sentimientos impregnados de modestia, de duda, de insuficiencia, de autosupresión y culpa irán diciendo de soslayo sus verdades.

En una clave algo distinta pueden leerse los poemas de Parodi, sonetos en su mayoría, en los que aparece una voz poética rebelde y provocadora:

Yo desprecio la Vida, yo desdeño a la Muerte
y aunque me siento débil sabré sentirme fuerte
para adornar tus sienes con las flores del Mal (“Pesimismo”, 6)

Como sostiene Bedrossián las poetas encontraron la forma de hablar “de soslayo” y algunas apostaron a más. La poesía de Parodi y la de Agustini abren un espacio en el encuentro con el amante y con su propia sexualidad, un poco más abierto. Ya no se trabaja solamente desde la fragilidad o el rol asignado a los sentimientos, sino de una experiencia en el cuerpo:

No bebas con Musset ni con lord Byron,
ni vayas por Verlaine a la taberna;
mi copa—que es de carne—la tallaron
mis manos para ti. Es ella eterna. (Parodi, “Bebe en mi copa!…”, 28)

Los brazos de mi lira se han abierto
Puros y ardientes como el fuego; ebrios
Del ansia visionaria de un abrazo
Tan grande, tan potente, tan amante
Que haga besarse el fango con los astros. . .
Y otras cosas más bajas y sombrías
Con otras más brillantes y más altas!… (Agustini, “Primavera”, 33)

El sentimiento, una cierta idea de transparencia y sinceridad, se sustituyen aquí por una plena conciencia del lenguaje poético (los brazos de mi lira, las flores del mal), una mirada crítica sobre el mundo de los escritores hombres (Musset, Byron, Verlain) y una conciencia del cuerpo como medio para expresarse (la copa de carne, el abrazo amante).

Ese decir “de soslayo” aparece también en la poesía de María Adela Bonavita, que en 1928, patrocinada por un grupo de amigos y amigas, publica Conciencia del canto sufriente con el espaldarazo del poeta Pedro Leandro Ipuche, que escribe el prólogo. En la poesía de Bonavita el diálogo con el amante (La Sombra, que para Ipuche es la sombra de dios, es parte de su “anhelo metafísico”) esconde resistencias más o menos veladas, y también reivindicaciones, más o menos veladas. En el poema “El Reflejo” (36-38), la sombra del amante “absorbe todos los colores de mi rayo de luz”, pero no todos “no Aquel… Inefable y Lejano!” (37). Más adelante en “El Alma”, la voz poética vuelve a “la Sombra”:

Es en vano que me busque en la Sombra.
No me encuentro.
No me entiendo en la Sombra (45)

Sea dios o el amante, la Sombra no ofrece a la poeta el reflejo, la capacidad de encontrarse allí con una imagen reconfortante de sí misma, por eso su “mirada se desvía” hacia su interior para hallar su verdad.

La vida de Bonavita fue breve. Nació en 1900 y murió a los 34 años. En 1956 su hijo Luis Pedro Bonavita publica Poesías (1956) en la editorial Asir. El texto reúne toda la poesía escrita por María Adela, maestra sin título, educadora, que dedicó sus esfuerzos a los niños del ámbito rural en San José.

Aperturas

La muestra de poesía escrita por mujeres no se acaba en las autoras analizadas, pero ya ponen de relieve la enorme diversidad de posiciones que asumen las mujeres a la hora de tomar la palabra e ingresar al mundo (masculino) de la literatura. La recuperación de este material en dominio público abre más posibilidades para comprender las realidades de las mujeres en distintos espacios, la historia de sus luchas, de sus victorias y fracasos, y las estrategias desarrolladas para llegar al punto en el que está hoy el colectivo. Ojalá las obras encontradas y puestas a disposición ayuden a seguir construyendo memorias históricas más amplias y democráticas.

 


El texto fue publicado originalmente en autores.uy el 29 de setiembre de 2017.

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¿Quién le teme a la educación sexual?

ed sex

Hace unas semanas la Administración Nacional de Educación Pública (ANEP) presentó un nuevo material sobre educación sexual que encendió un fuerte debate público. En 2014 una publicación elaborada en conjunto por el Ministerio de Desarrollo Social (MIDES), la ANEP y el Colectivo Ovejas Negras fue objeto de otra controversia. Cuando se creó en 2006 la Comisión Técnica para introducir la Educación Sexual en la ANEP, la diaria publicó un artículo de la Dra. Silvana Darré en el que analizaba un debate que, por aquel entonces, cumplía 100 años en Uruguay. Parece que la situación, pese a los avances logrados en materia legal en torno a la diversidad sexual, no cambió mucho. Por esa razón publico nuevamente aquel texto para que el espesor histórico de este debate no se pierda entre columnas de opinión y posteos indignados de Facebook.


 

En 1906 Paulina Luisi propuso a la Dirección de Instrucción Pública el primer proyecto sobre educación sexual en Uruguay: “Hace ya trece años, en 1906 fui tildada de revolucionaria y anarquista, por haberme atrevido a proponer a alguna de las autoridades de la entonces Dirección de Instrucción Pública, la introducción de algunas nociones de enseñanza sexual en los programas de las escuelas normales y de tercer grado. Ni entonces ni ahora he cejado en mis esfuerzos. Es que ni las alabanzas me ensoberbecen ni me arredran las censuras” (Conferencia dictada en la Universidad de la República bajo el título “Plan y métodos de Enseñanza Sexual” (1919) y publicada en Anales de Instrucción Primaria y Normal, el 4 de abril de 1922).

Estas palabras de Paulina Luisi muestran hasta qué punto el interés y los debates que suscita la educación sexual en la enseñanza pública en el Uruguay no son nuevos. No se trata de un tema innovador, ni siquiera revolucionario. Es un debate que viene de lejos y que tuvo diferentes expresiones a lo largo de los últimos cien años. Tenemos una gran experiencia en confrontar y criticar iniciativas, pero más aún en derogarlas y sepultarlas en el olvido. Esto sucede hasta que algún acontecimiento irrumpe en la escena pública y la educación sexual sale a relucir como si pudiera funcionar como un antídoto frente a problemas diversos.

Si se analizan los diferentes modelos propuestos en 100 años con relación al tema -algunos de los cuales fueron llevados a la práctica en forma exitosa- y los debates que motivaron, puede arribarse a una primera conclusión: la educación sexual tiene poco que ver con el sexo y mucho con la política. O las políticas: demográficas, sanitarias, científicas y religiosas.

¿100 años no es nada?

Con el anuncio de una nueva propuesta que se dará a conocer en la enseñanza pública en junio, conviene tener en cuenta algunos puntos que han estado presentes en los debates del los últimos 100 años.

Cualquier asunto puede ser incluido dentro de la categoría de educación sexual. Esto no sucede sólo si se comparan las distintas iniciativas históricas –lo que sería esperable si se comparan las propuestas de 1920 con las actuales- sino en un mismo período. Los interlocutores parten de ideas o supuestos muy diferentes. Mientras que unos piensan que se trata de educación para la salud, otros piensan en dar respuesta a problemas sociales, algunos lo hacen en términos de derechos ciudadanos y otros creen que la educación sexual es sinónimo de incitación al sexo y la promiscuidad.

Lo rescatable es que ya sabemos que estamos frente a una problemática que da para malos entendidos, confusiones y ambigüedades. Y aunque resulte insólito, cuando el tema se delimita en forma clara las posiciones encontradas muestran más afinidades de lo que estarían dispuestas a reconocer.

Las enfermedades de transmisión sexual consideradas incurables, no fueron a lo largo de la historia uruguaya un motivo suficiente que justificara la implementación de programas o planes de educación sexual en la enseñanza pública. Las políticas sanitarias fueron desplegadas por otras vías, como la creación de instituciones, la promulgación de leyes, reglamentos y prácticas de vigilancia hacia las poblaciones consideradas en riesgo.

También por medio de campañas de publicidad masiva, que pueden ser consideradas “educativas” en términos generales. El discurso médico ha ejercido una autoridad de saber en temas relativos a la salud y la enfermedad de la población, cuya legitimidad social parece incuestionable.

Médicos y docentes

Los docentes en general no han estado legitimados socialmente para hacerse cargo de la educación sexual o lo han estado en el marco de planes muy específicos. Veamos algunos ejemplos. El primer debate que se produce en el Uruguay en la década del 20 tiene como protagonista a Paulina Luisi, que si bien era maestra, obtenía su legitimidad como médica. Los programas de escuelas rurales y urbanas de 1949 y 1957, dan un lugar relevante a la figura del médico escolar.

El texto publicado en el año 2000, con el titulo Escucha, aprende, vive constituye una iniciativa valiosa, pero como herramienta pedagógica está aislada de un programa específico y parece eludir la figura del docente como mediador fundamental. Sólo dos iniciativas a lo largo del siglo legitimaron a la figura del docente en forma directa: el Plan de Clemente Estable (1930-1970) y el Programa Nacional de Educación de la Sexualidad (1990-1995).

El debate público

Cuando se instala el debate sobre la conveniencia o no de la educación sexual, se observan tres posiciones. Una posición es la que comprende a quienes defienden las iniciativas. Este sector –con pocos portavoces- se percibe avanzando en un terreno peligroso, se considera abanderado del progreso, tal vez revolucionario. Supone que la gran oposición vendrá de los sectores más conservadores de la iglesia católica.

Otra posición agrupa a los que se oponen a las iniciativas, que se perciben a sí mismos como virtuosos defensores de la democracia, los derechos de la familia y los valores. Son los que pueden poner en palabras los aspectos más temidos del asunto: la anomia, el cambalache, las perversiones y las orgías.

La tercera posición, que es la más numerosa, se muestra ausente y alejada de la controversia específica. Desde esta última perspectiva la educación sexual constituye un tema menor, alejado de la “gran política” y que no justifica por lo tanto enfrentamientos de ninguna clase.

Una vez que se instalado el debate a nivel público, la educación sexual pasa a constituir un territorio óptimo para la disputa entre intereses variados, como si se tratara de un tablero en el que diferentes jugadores colocan sus fichas. Esta convergencia de intereses políticos, demográficos, científicos, religiosos, produjo en los últimos dos debates (1995 y 2000) un desplazamiento significativo de sentidos que hace olvidar muy pronto cuál era el foco del problema.

Así en lugar de discutir sobre cómo se implementará la educación sexual, el escenario pasa a estar ocupado por discusiones sobre la laicidad en la educación pública, la conveniencia de que el Estado subsidie a las instituciones confesionales, si Artigas había recibido más influencias de los franciscanos que del pensamiento liberal, o si la homosexualidad constituye una enfermedad, un crimen o una opción. Es conveniente advertir que desviar el foco de la controversia hacia cualquier otro asunto constituye una estrategia política en sí misma.

¿Comenzar de cero?

La educación sexual como formulación ha convocado múltiples sentidos distantes unos de otros. Para los que debatían a principios del siglo XX, la educación sexual significaba educación de la voluntad y el carácter, para poder controlar a los instintos peligrosos. Para otros, era instruir en el valor de la castidad. También era sinónimo de prevención de la sífilis. Unos años después, va a significar el conocimiento de la vida en sociedad de las hormigas o la reproducción de las algas. A mediados del siglo XX supone vigilar de cerca la aparición de graves desviaciones sexuales, que no se definen y que a las docentes les resultaba difícil detectar.

Con las distancias esperables, los sentidos que aparecen en las propuestas realizadas entre 1990 y el 2000 en el ámbito de la educación pública, cambian sustancialmente respecto de los planteos anteriores en tres sentidos. Porque comparten definiciones amplias sobre la sexualidad que no la restringen a la reproducción y al modelo animal, porque se fundamentan en un conjunto amplio de saberes y disciplinas y porque ya no apelan a Verdades reveladas para justificarse.

Esas propuestas lograron (desde estrategias distintas) formular y fundamentar sus modelos de educación sexual sin apelar a una Verdad, sino construyendo desde una posición de incertidumbre, que no por casualidad es la base de la construcción de conocimientos en la actualidad. Sería interesante retomarlas, desenterrarlas, para no comenzar siempre de cero. O con la ilusión de comenzar de cero aún cumpliendo cien años.

Cuestiones de agenda

Hay un último aspecto que resulta interesante retomar con vistas a un futuro debate y se trata de las derivaciones posibles que puede tener el tema. La educación sexual es tanto un territorio capaz de convocar múltiples sentidos, como un escenario de enfrentamientos para diversos actores sociales que siempre lleva a otro lado. Es en ese punto en que los defensores de las iniciativas quedan aislados, solos y las iniciativas mismas son enterradas.

La dinámica de la controversia, que hace olvidar muy pronto el tema de la educación sexual, prosigue sin embargo por otros carriles. Y lo hace no sólo por la intención expresa de quienes intentan avanzar en el tablero marcando la “agenda”, sino con la participación de la mayoría interesada por la “gran política” uruguaya.

Silvana Darré


Silvana Darré es Psicóloga (Universidad de la República). Doctora en Ciencias Sociales (FLACSO Argentina). Magíster en Poder y Sociedad desde la problemática de Género por la Universidad Nacional de Rosario. Especialista en Psicología En Educación por la Universidad Nacional de Rosario. Autora de Políticas de género y discurso pedagógico. La educación sexual en el Uruguay del siglo XX (Montevideo, Trilce, 2005).